26 diciembre 2013

Capitulo 73 Locura

Desparramada en un cómodo sillón, leía tranquilamente al calor del solcito que entraba por la vidriera. Jonathan silbaba bajito mientras acomodaba los últimos libros en llegar. Había pasado un mes, el primer mes de mi negocio, y no me podía quejar. Si bien no podía decir que era una empresaria, tampoco estaba en bancarrota. Simplemente las cosas iban normales, y eso era bueno.
-¿Cuál puedo leer ahora? –Jonathan se plantó delante de mí, con un libro en cada mano.
-No leas más, pará un poco.
Negó con la cabeza y dejó sobre la mesa el libro que tnía en la mano izquierda, sin hacerme caso. Desde que habíamos abierto, Jontahan llevaba decenas de libros leídos en su afán de “ser un chico culto” y digno de trabajar en una librería. Leía sin descanso y a veces cualquier cosa, como libros de cocina cuando no sabía ni pelar una papa.
No tenía quejas con él, siempre estaba con una sonrisa, trabajaba bien, y los clientes lo adoraban, pero él sentía pánico cada vez que le pedían que les recomendara un libro. Por eso leía sin parar.
En cuanto a mí, podía decir que mi vida era muy cómoda. Mi sueño de vivir entre libros y discos, leerlos, escucharlos, dejarlos, escuchar otros, en fin, retozar todo el día entre ellos, se había cumplido. Sin embargo, extrañaba levantarme bien temprano, preparar café durante horas, escuchar chismes y los gritos de Cris.
-Hola bestia, hora de clase.
Sonreí al ver a George con la guitarra al hombro. Desde que abrí la librería, venía gustoso a dame “clase” aunque más charlábamos que otra cosa. Él había dejado sus habituales rezongos, siempre estaba contento, ya que lo dejaba escuchar discos. Para mí no era un problema ni me molestaba, sabía que era ordenado en esas cosas, y dejaba todo en su lugar.
-Sentante. –me puse de pie y le señalé el sillón. -¿Querés tomar algo?
-No, así estoy bien.
Agarré un banquito y me senté frente a él, con Violeta entre las manos.
-Quiero casarme.
Lo miré, tratando de saber si había escuchado bien y si era él quien había hablado.
-¿Cómo? –pregunté al fin.
-Que me quiero casar. Me voy a casar.
-Es muy lindo eso que decís, Georgie. –le sonreí con ternura. -¿Empezamos?
-Creo que no me entendiste bien. Me voy a casar, es un hecho. Y será lo antes posible.
Otro silencio de mi parte, y otra vez tratar de saber si había escuchado bien, o de ver en su rostro que todo era una broma.
-¿Qué?
-Lo que escuchaste.
-Maldito, la embarazaste.
-¡No es eso! –levantó las manos, protegiéndose la cabeza de un posible guitarrazo.
-¿Y entonces?
-Los padres de Juliet nos hacen la vida imposible. Y ya estamos grandes, así que decidí eso. Si ella está de acuerdo, será muy pronto.
-George, es una locura.
-No, no lo es.
-No tenés dinero. No tenés dónde vivir. Vamos, no tenés ni un pañuelo.
-Una vez me ofreciste dinero…¿eso sigue en pie?
-Para hacer locuras, no.
-Lo ofreciste para que nos escapáramos, ¿querés mas locura que eso?
-La cosa era distinta y…
-La cosa es igual.
Suspiré, negando con la cabeza.
-Dejámelo pensar, por favor. Pero mas que nada, pensalo vos.
-Yo ya lo tengo pensado.
Su voz y su mirada reflejaban seguridad, determinación. Muy a mi pesar, sabía que estaba realmente convencido de lo que iba a hacer.
-Antes de proponerle algo, dejámelo pensar, y ver si te convenzo de que es un delirio.
-Si vos fueras Juliet, y yo Richard, ¿qué dirías?
-No me trates de aflojar por ese lado, Harrison –repliqué, seria-No sabés cómo es mi vida, y yo tampoco sé cómo es la vida de ustedes.
-Lo harías, sí. –sonrió apenas- Pero pese a eso, te haré caso, lo volveré a pensar.



Turbada por la decisión de George, trataba de sonreírle a un cliente bastante pesado.
-Oiga, usted es muy bonita, ¿lo sabía?
-Sí, desde hace rato.
En mi tiempo en la cafetería, había aprendido a olfatear de lejos a los acosadores y viejos verdes, y este era un ejemplar de ellos. Yo, que pensaba que en el mundo de la literatura estaría a salvo, me había equivocado de plano. Y no sólo aparecían viejos, sino también jóvenes, atraídos porque yo era la dueña del negocio y quizás tenía mucho dinero.
Todos eran exprimidos primero, y espantados después: compraban cualquier cosa que les ofreciera, sin concederles ni media sonrisa. Me divertía, ya que cuando aparecían, era mi momento hijo de puta del día.
Jonathan hacía lo mismo, era lindo y atractivo para las chicas que desconocían quién verdaderamente era, y le compraban hasta las sillas. Ambos nos habíamos apodado “las viudas negras”.
-Bien, llevaré todo esto –el tipo señaló la pila de libros sobre el mostrador. Saqué la cuenta.
-Son 500.
-¿Ni un descuento?
-No.
-Está bien, pero notá que pago con gusto, dependientas como vos no se ven todos los días. –sonrió, socarrón. Lo miré con asco.
-Vuelva pronto. –le di el vuelto sin mirarlo.
-Perdé cuidado, lo haré.
-Por lo menos el sacaste 500. –Jonathan lo miró con desprecio.
-Me siento una mafiosa.
-En parte lo sos. –rió.-Emmm…¿escuché bien o George…?
-Sí, escuchaste bien. Y ahí viene la implicada.
Juliet entró apurada, haciendo sonar la campanilla de la puerta al cerrarla. Se apoyó en el mostrador, mirándome con preocupación.
-Mercy no sé qué hacer. George me dijo que te dijo.
-Sí, me dijo. –sonreí. –Y veo que ni esperó a que yo decidiera para decirte todo. A ver, ¿vos querés casarte?
-Sí.
-Ay Dios…¡y yo que esperaba que dijeras que no!
-¿Y por qué? Lo haría ya mismo, pero no tenemos dinero. Y no me quiero casar a escondidas como una delincuente.
-¿Y entonces?
-Entonces es necesario que alguien interceda entre nosotros y mis padres.
La miré, pestañeé y me golpeé la frente con la mano.
-No me digas que Santa Mercy debe interceder.
-Vos lo dijiste, sos una santa.
-So hubieras venido cinco minutos antes, no dirías lo mismo. A ver Juliet, tus padres ni me conocen, ¿qué voy a hacer? ¿Tocar timbre y decir ”Hola mi nombre es Mercy Wells y quiero que dejen casar a su hija con el enano Harrison”?
-Podría ser…
-No. Esto no es un programa de televisión. No sé, pedile a alguna tía o algo…
-Mis tías son viejas.
-Juliet yo no puedo, ni sé qué decirles, no me quiero involucrar en algo que…
-Por favor.

Y así fue que esa misma noche, estaba tocando el timbre de la casa de Juliet, y preparando mi culo para que me sacaran de allí a patadas. Suspiré y miré mis zapatos.
-Mierda, se embarraron.
-No es nada. –murmuró George a mis espaldas. Se retorcía las manos de los nervios que tenía.
Al fin abrieron la puerta y apareció una mujer no muy alta, de cabellos grises enrulados y vestido azul con flores.
-¿Sí? –se inclinó para verme mejor la cara, apenas iluminada por la luz del interior.
-Buenas noches señora, mi nombre es Mercy Wells, soy amiga de su hija.
-¡Ah, si! ¡Mi hija la nombra mucho a usted! Ya la llamo.
-Espere. No venía a hablar con ella, sino con usted y su esposo.
-Mi esposo aún no ha llegado del trabajo, pero pase. –entré con una media sonrisa y la mujer vio a George -¿Qué hace este mocoso acá?
-De ese mocoso venía a hablarle.
Torció el gesto, y lo miró de arriba abajo.
-Que se quede afuera. Hablaré sólo con usted, pero que sea rápido.
George pareció indignarse, pero con un guiño le indiqué que obedeciera y, sumiso, se quedó afuera.
-Bien, ¿qué quiere? –la mujer se sentó en un sillón, frente a mí. Había cambiado totalmente su forma de tratarme. Armándome de coraje, sonreí y me metí en el papel de celestina.
-Verá señora, los chicos me han comentado que se les está complicando el noviazgo.
-Porque yo me opongo.
-Entiendo, su hija es menor, y las madres siempre quieren lo mejor para sus hijas, con toda la razón del mundo. Tienen derecho a opinar y proponer qué es lo que mas les conviene. –sonreí, mentirosa. A decir verdad, me daba asco diciendo eso. –Pero…créame señora, como George no hay.
-Lo dudo. Es un mocoso despistado.
-De acuerdo, digamos que no las tiene todas consigo. –ahogué una risita, de solo imaginarme la cara de George, que seguramente estaba escuchando detrás de la puerta o de la ventana de la sala. –Es un niño casi, pero es una excelente persona.
-Sé que está en una banda de loquitos.
-Sí, lo está, pero yo no diría que están locos. Ya tienen su manager y pronto conseguirán un contrato de grabación en Londres, y ya sabe, cuando se llega a Londres, lo que queda es fama y dinero. Y mucho.
La mujer pareció interesarse, por lo menos se había inclinado un poco o para escucharme mejor. Decidí poner un contrapeso a lo que había dicho, para no sonar tan aduladora.
-Sé que no es muy alentador que una hoja esté con un artista…
-Mmm…puede ser.
-Usted privilegie a la persona. No hay chico más bueno que George, es dulce, inocente, y jamás maltrataría a nadie. Y tengo la certeza de que nunca cambiará, será siempre así.
-No sé, sigue pareciéndome un inútil.
Ok. El tema se estaba complicando y me estaba quedando sin municiones. Decidí echar mano a la “bomba”.
-Señora, vine hasta aquí porque están desesperados, yo soy una desconocida para usted, pero para ellos no, y bueno, quiero impedir una locura.
-¿Cuál locura?
-El casamiento.
-¿Qué? ¿Un casamiento?
-Planean casarse en secreto sino aceptan la relación. Ya les dije, es un delirio, por eso estoy aquí. Como ve, George trató de impedirme que venga pero he venido igual.
-Esto…¡esto es estar mal de la cabeza!
-En sus manos y en las de su esposo está la solución, ustedes pueden cambiar esta situación. Acepten la relación, permítanse conocer a George, ver la belleza de su interior. Les aseguro que no se arrepentirán. De lo contrario, será peor, se casarán y ya no habrá vuelta atrás. Y yo los veo muy seguros, eh.
La mujer se acomodó  y apoyó las manos en el apoyabrazos del sillón. Miró a su alrededor, y después suspiró.
-Hablaré con mi marido. Tal como usted lo plantea, lo acepto. Pero la última palabra la tiene él.
-Comprendo perfectamente. Todo puede solucionarse hablando y poniéndose en el lugar del otro –esbocé una sonrisa de pastora de iglesia y me puse de pie. –Un gusto conocerla.

Cuando salí a la calle, George caminaba por la vereda, nervioso, con las manos en los bolsillos. Llegué hasta él y le sonreí. Escuché un chistido y miré hacia la casa: Juliet saludaba desde su ventana, agradecida.




-Así que tuviste que hacer de casamentera. –Paul miraba despreocupado un par de discos, apoyado en el mostrador. -¿Me regalás estos?
-No. Y sí, tuve que hacer de algo así.
-Bueno, a veces es necesario una mirada desde afuera. ¿Te harán caso?
-Y yo que sé –me encogí de hombros. –No sé cómo es el padre, capaz que manda a todos a la mierda, o lo acepta sin chistar.
-Mercy, podrías ayudarme a mí.
-Ah no Paul, dejame de joder. Tu caso es distinto.
-Creo que Abby me perdonó y no me guarda rencor, pero…Preferiría eso, ¿sabés? Porque creo que le soy completamente indiferente. Preferiría que me odie a que no le importe. Tengo miedo a que esté con otro.
-¿Abby? Para nada. En Londres está muy sola y…¡Ay, ya sé! –grité, saltando -¡Paul! ¿Cómo no se nos ocurrió antes?
-¿El qué?
-¡Andá a verla! Si querés te presto dinero.
-Pero…no sé…
-En la inauguración hablaron.
-Sí, pero de cosas idiotas.
-¡No importa! Hablaron, eso es bueno. Vas a la casa, está sola, no tiene vida social, no podrá poner excusad con que tiene que salir o van a venir visitas….Tocás timbre, abre, se sorprende…
-…y me echa.
-Bueno, puede que sí. ¡Pero no le hagas caso! Le decís que viajaste solo para aclarar todo de una vez: que sea blanco, o negro, basta de grises.
-Mercy, me dirá de todo, me sacará a patada limpia.
-En ese caso…le enchufás un beso.
-Yo no puedo creer que me digas estas cosas.
-Alguien te las tiene que decir. ¡No podrá resistirse! Si te pega después del beso…bueno, convencete y andate. Y sino, vos sabrás, ahí ya no me meto.
-Es la cosa más estúpida que escuché.
-Estúpida o no, te puede ayudar. Pensalo.





Con parsimonia, cerraba las persianas del negocio, y apagaba las luces. Había sido un buen día de ventas y eso se notaba en mi cara. Saludé a Jonathan y caminamos en direcciones distintas, rumbo a nuestros hogares. La calle estaba desierta y un poco oscura, así que apuraba el paso.
-¡Wells!
Me detuve y miré a todos lados.
-¡Wells!
-¿Quién mierda…?
De entre la espesura que formaban cuatro árboles frondosos, salió Anna.
-¿Anna? ¿Qué hacés a esta hora?
-Mercy, tenés que cuidarte.
-¿Qué?
-Que tenés que cuidarte. Se ha resuelto todo, mañana será el último día de Marcia en la universidad, ya lo sabe todo el mundo.
-Pero…¿ya se terminó todo?
-Sí, ¿aún no te mandaron la readmisión?
-No, y tampoco la quiero, no voy a volver a estudiar.
-El caso se resolvió, mucha gente declaró contra ella, y ella tampoco se esforzó en demostrar lo contrario, sólo repartió amenazas. Por eso te digo que tengas cuidado.
-Anna, esto de jugar a “El Padrino” no me gusta nada.
-A mí tampoco. Pero fuiste de gran ayuda.
-Y por eso, por el resto de mis días voy a tener que cuidarme de una psicópata. O en todo caso, irme de Liverpool.
-Tranquila, en una semana se va a Estados Unidos. Pronunció maldiciones contra toda Inglaterra, así que no creo que vuelva.
-¿Y quién me lo asegura?
-Su familia ya encontró un magnate norteamericano para casarla.
-¿Y vos? –dije después de un silencio, tratando de ver si ocultaba algo detrás de sus rasgados ojos.
-Yo, nada. Vivir mi vida en paz, por fin.
-Antes que a mí, Marcia te buscará a vos.
-Ya me buscó. –dijo con un gesto sombrío, y se arremangó las mangas de la camisa que llevaba puesta, para dejar al descubierto un vendaje a lo largo del brazo.
-¿Eso…?
-Sí, fue ella. Varios cortes, casi me desangro. Y eso que es parienta mía.
Antes de que pudiera responderle algo más, me saludó con la mano y  echó a andar calle abajo.




Ya me parecía que mi vida iba demasiado bien. Marcia, otra vez, jodiéndome, y yo cuidándome de todo.
Bufé y me puse el pijama. No podía negar que me daba miedo, pero tampoco me pondría paranoica. Además, sabía que podía confiar en mis flacos pero fuertes brazos para defenderme. Por eso, esa noche me dormí tranquila, y a la mañana siguiente me levanté igual. Claro que esa tranquilidad no duraría mucho.
Lentamente me puse en camino hacia la librería, mientras mordisqueaba una manzana. Había recorrió unas pocas cuadras cuando…
-¡Wells!
Conocía demasiado bien esa voz, así que me giré, demostrando seguridad, aunque estaba algo atemorizada.
Sólo alcancé a ver a Marcia corriendo hacia mí, que me daba un empujón que no esperaba, y después sólo oscuridad.




-Mercy…Mercy…
-Ey, Wells.
-Mercy…John, no habla, ¡y ek puto medico que no viene! Mercy, soy Cris, hola…
-Ni abre los ojos.
-Ay por favor, yo me muero.
-Bué, no te mueras vos también.
-¡John! ¡Que la chica no está muerta!
-Pero no habla, ni siquiera se mueve. Mierda, esto es malo.
-¿Mmmñññfggg? Chocolate…
-¡Mercy! ¿Me escuchás?
-No griten…Quiero chocolate…
-Ey, fea…
-Quiero un pony blanco...
-Cris, me parece que enloqueció.
-Shh…está delirando. Mercy, abrí los ojos, mirá, somos nosotros. ¡Y vos John, llamá de vuelta a ese médico!
Haciendo un gran esfuerzo, abrí los ojos.
-¡No! ¡Me dormí! ¡Ya mismo preparo el café!
Traté de incorporarme, pero John me acostó de vuelta.
-¡Soltame! ¡Tengo que trabajar!
-¿No habrá perdido la memoria? –John miró a Cris, preocupado. Ella negó.
-Wells, no trabajás más para mí.
-¿Por qué? ¿Me echaste? ¿Y qué hago acá? ¿Dónde estoy?
-Es tu casa. Y no te eché, tenés una librería, ¿no te acordás?
La miré arrugando la frente y negué con la cabeza.
-Marcia te empujó y te caíste para atrás, y golpeaste la cabeza contra el asfalto.
-¿Quién es Marcia? Quiero a mi mamá.
Ambos suspiraron, negaron con la cabeza.
-Harmana, ¿en qué año estamos?
-Pff, yo que sé. Quiero chocolate.
-Uy la puta madre, esto es muy grave.
Se escuchó el timbre y John bajó corriendo las escaleras. Cris se puso a revisarme entre el pelo.
-¡Ey, que no tengo piojos!
-Estoy viendo si tenés alguna herida. Parece que no.
John entró seguido de  un médico de blanco guardapolvo. Diez minutos después, ya recordaba absolutamente todo y se me había pasado la gilipollez que tenía. Bueno, en parte.
-Tengo que denunciarla –me puse de pie y me vestí con la bata. –Esto no puedo quedar así.
-Marcia ya se fue, se tomó el tren a Londres.
-Grr…¡casi me mata!
-Digamos que no fue su culpa, te empujó y te caíste. Igual creo que venía con otras intenciones. –Cris se veía preocupada y llena de rabia a la vez. –Según el médico está todo bien, por suerte.
Volví a sentarme en la cama, pensativa. Lejos de asustarme por lo que había pasado, me sentía desconcertada. Había estado incosciente por un accidente, pero igualmente Marcia era un peligro. Ya no era una simple rivalidad escolar, todo iba mucho más allá, y por más que me dijeran que se había ido, en adelante, siempre sentiría inquietud al pensar en ella.


*************
Milagro del Papa Francisco! Aparecí yo! *le tiran con todo*
Bueno, este creo que es el último capitulo del año, y ojo, que ya faltan pocos. No sé cuántos todavía, porque me da vagancia sacar la cuenta XD Pero queda poco trecho.
Espero que este año haya sido bueno, y si no, tengan esperanza con el 2014. Yo tengo fe de que será un gran año (ya veo que me pasa de todo jaja) 
En fin, me voy retirando, después de dejarles este capitulo medio...mmm...medio pavo. Bué, es lo que hay.
Feliz fin de año y feliz comienzo!

03 diciembre 2013

Capitulo 72 Alejandría



-Te estoy mirando, guacha. Te estoy mirando y no vas a poder conmigo.
-Aparte de borracha, loca.
John pasó por detrás mío y sacó del mueble la botella que yo miraba fijamente y a la que le hablaba.
-Estaba haciendo terapia.
-Terapia de shock es lo que necesitás. Esta botella se va conmigo.
-¡Pero es whiskey y del bueno! Aunque sea dejamela para que adorne el mueble, la botella es vistosa.
-No. Y no se discute más.
-Pero…
-Basta Mercy Wells. Mañana es la inauguración, tenés que estar sobria.
-Es que estoy nerviosa por eso, y el cuerpo me pide alcohol, pero estoy resistiendo mirando la botella. Lo leí en un libro, hay que mirar a la botella y putearla como si fuera una persona que nos ha hecho mucho daño. Te sacás las ganas de tomar insultando a todo.
-Hermosa terapia, pero será otro día. Andá a dormir, que mañana temprano llegan tus viejos.
-No son mis viejos.
-Bueno, tu vieja y el marido. Chau, y tranquila. –me dio un beso en la frente y se fue con la botella bajo el brazo.
Subí a la habitación y me senté en a cama. Todo estaba iluminado con la fuerza de la enorme luna llena que había esa noche. Suspiré y me mordí las uñas: nunca antes había sentido tantos nervios. Al día siguiente, comenzaría a dibujarme el futuro, un futuro en el cual no sabía si iba a tenr éxito. Podía salir todo perfecto y en poco tiempo vivir sin preocupaciones, o podía salir todo mal  en dos meses estar endeudada hasta la manija. Pero lo que mas nerviosa me ponía, era que al fin sería independiente. Lo era, sí, pero ahora me haría cargo de absolutamente todo, mis aciertos y mis errores correrían por mi cuenta. Y ese proyecto seria como un hijo para mí, por lo tanto, me sentía como si fuera a parir, nerviosa y asustada.
Me acosté sin desvestirme, total, no dormiría, sólo esperaría a que el domingo llegara y con él, mi nueva vida. Era curioso: había nacido un domingo, los detestaba, y ahora todo volvería a empezar, un domingo.



El timbre sonó, fuerte y seco, sacándome de la ensoñación en la que había entrado. Lejos de sentirme cansada por apenas cerrar los ojos en toda la noche, me levanté de un salto, ajustándome los pantalones y corriendo escalera abajo. Seguramente serían mi madre y Harry.
Sin embargo, cuando abrí la puerta, me llevé una grata sorpresa: una luz me encandiló e inmediatamente escuché la risa de Abby, que cámara en mano se abalanzó sobre mí.
-¡Amiga!
-Eh…Abby…me estás…ahogando…
-¡Ay, bueno! ¿Ese recibimiento me das?
Solté una carcajada  y le di un beso en cada mejilla.
-¿Mejor así?
-Podrías haberme baboseado menos…
-¿Se puede saber qué estás haciendo acá?
-¿Cómo que qué hago? ¡Vengo para asistir  a una importante inauguración! A ver la propietaria –sacó otra foto y siguió riendo –Ojalá esta foto vaya a la tapa del diario, porque te ves hermosa con  esos pelos parados y esas ojeras. Ah, perdón por la hora, pero recién bajé del tren.
En ese momento, me percaté de que eran las siete y media de la mañana. En otras circunstancias, la habría sacado  a patadas, pero ese día era muy especial, agradecía su visita, y ella contagiaba un entusiasmo difícil de evadir.
-¿Ya tenés todo listo? –preguntó mientras se adueñaba de mi cocina y ponía agua a calentar. –Te haré un té, parece que no dormiste. Nerviosa, ¿no?
-Pará de hablar un poco –reí.
-Bueno, es que en Londres estoy sola, hablo con mis compañeros, pero en casa estoy sola y no salgo nunca. Ya me parezco a esas viejas que no tienen con quién hablar y cuando agarran a alguien le dicen todo junto.
-A lo mejor es eso, estás vieja.
-Ay Wells, Wells…al final, ¿tenés todo listo o no?
-Claro. Ayer a la tarde ya estaba todo a punto.
-¿Y el nombre?
-Sorpresa.
-¡Pero Mercy!
-Ay, faltan pocas horas, tratá de aguantar.
De mala gana asintió y se sentó frente a mí, esperando que el agua hirviera.
-¿Y vos? ¿Qué tal? –pregunté al verla pensativa.
-Bien, no me puedo quejar. Buen dinero y todos los días aprendo algo nuevo.
-Genial.
-Extraño mucho, eso sí, ya te dije que me siento un poco sola.
-¿Y Paul?
-Ya empezamos con eso…
-Es que es una pregunta obligada.
-Nada, no pasa nada. Meses que no tengo contacto con él.
-Pero hoy lo vas a ver.
-Y…sí.
-A lo mejor se reconcilian y…¡hola hotel!
-¡Mercy!
-Donde hubo fueegooo, cenizas quedaaan, y entre nosotros hubo una hogueraaaaaa
-Pero cállate de una vez, querés. Mirá que tengo una pava de agua caliente en la mano.
Reí tontamente y le saqué la lengua. Era bueno tenerla al lado otra vez, y algo me decía que sus enojos con Paul pronto terminarían.




Me rasqué la cabeza, tratando de entender en qué lugar de las maletas mi madre había traído toda esa cantidad de comida que había puesto sobre la mesa. Según ella, mi inutilidad en la cocina hacía que comiera mal, por lo tanto era necesario engordarme y para eso todas esas tartas, tortas, panes, arrollados, fideos y demás cosas que salían casi mágicamente del equipaje.
-Pero…¿no será mucho? –me aventuré a decir, aunque sabía que me mandaría al diablo.
-Nunca es mucho cuando de comida se trata, y mas si es para mi hija. Vamos, comé algo.
Miré a Harry, que se encogió de hombros, esbozando una sonrisa.
-Si querés puedo peinarte, ya que tenés el pelo tan largo, podría hacerte…-mi madre tomaba mi pelo y lo enroscaba sobre mi cabeza.
-Mamá, por favor, dejame a mí.
-Pero…
-Pero nada. Es mi inauguración, es mi peinado.
-Ay, como quieras. Pero comé.
Reí y tomé un trozo de tarta, su especialidad. Harry, que había salido a fumar, volvió apurado.
-Un chico te busca.
Sin querer, sonreí. Mi mente tonta imaginaba cualquier cosa, quizás era quien yo esperaba que fuera, pero no, era Jonathan. Mi decepción se hizo patente en mi cara.
-Ya sé que no soy tu príncipe azul, pero podrías disimular. ¿Qué tal está mi jefa?
-Nerviosa. La verdad es que ni puedo…-no continué, Jonathan ya no me escuchaba, estaba muy ocupado metiendo la mano en todas las fuentes y fuentecitas que le ofrecía mi madre.
-Mi mamá irá. –dijo con la boca llena-Está mejor y le viene bien salir. Además el día está hermoso.
Y tenía razón. El día no podía ser mejor, no había rastros ni de viento, ni de nubes, y extrañamente, el sol brillaba en un cielo límpido.


-Para mí que tendrías que atarte un moño. Mirá, esta cinta roja te quedaría bien.
-No, no, suelto es mejor, a lo sumo con una flor en el costado.
Miré a  mi madre y a Jonathan, ambos sostenían mechones de mi pelo e inventaban cosas con él. Si había algo que detestaba, era que intentaran peinarme.
-Me siento mal –dije apenas, contemplando mi palidez en el espejo del tocador.
-Ni que te fueras a casar.
-Callate sino querés que te despida antes de que abra el negocio.
-Yo opino –insistía mi madre- en que el cabello recogido le irá mejor.
-No, opino que mejor será suelto.
-Y yo opino que mejor se vayan.
Callaron y miraron a Cris, ofendidos.
-Cris…-dije temiendo que terminaran peleándose entre todos.
Sin embargo, mi madre y Jonathan asintieron y salieron de mi habitación, sin decir ni una palabra, con cara de dignos.
Suspiré aliviada y volví a mirarme en el espejo. Me moría de preocupación y además, tenia la sensación de que pronto me largaría a llorar como una nena. Cris me puso las manos en los hombros.
-Tranquila, todo saldrá bien.
-¿Y sino?
-Siempre pesimista. Saldrá bien y punto. Bueno, no sé porqué te digo esto, yo estaba igual que vos.
-De vedad me siento como si me fuera a casar. Quizás esto sea peor, lo tengo que hacer sola.
-Seguramente debe ser peor, y sé cómo te sentís. Pero basta, a salir y ponerle el pecho a las balas.
Le sonreí mirándola por el espejo e inmediatamente los colores volvieron a mi cara. Había llegado la hora.



La calle de la librería estaba repleta de gente que caminaba de aquí para allá. Unos trataban, en vano, de mirar hacia dentro de la librería, otros simplemente charlaban. Jonathan no paraba de acomodarse la corbata y mirar que sus zapatos siguieran tan perfectamente lustrados como cuando se los había puesto.
-¿De verdad estoy bien?
-Sí.
-¿La camisa? ¿Tiene arrugas?
-No.
-¿El saco me queda bien?
-Sí.
-¿Hubiera sido mejor otra corbata?
-No.
Por suerte dejó de preguntar cuando vio a su madre. Sonreí al verlo feliz de que su madre estuviera allí. Estaba muy enferma, pero se la veía alegre, acomodando la ropa de su hijo y felicitándolo. En ese momento me convencí a mí misma de que las cosas saldrían bien: gracias a mi locura, estaba haciendo felices a dos personas. Eso valía, ¿no?

Miré hacia arriba. El cartel con el nombre estaba tapado con dos sábanas viejas que había cosido.
-Ay señorita, tanto trabajo para colgar ese trapo, y ahora lo sacarán.
Miré al letrista, él también estaba allí, aparte de las letras se había ocupado de varias cosas más, y para qué mentir, me había encariñado con él y sus constantes “señorita”.
-Bien, creo que es momento. –saqué las llaves de mi bolsillo y me acerqué a la puerta. Jonathan vino corriendo hasta mí. Con una mirada trató de tranquilizarme.
Suspiré y giré la llave. Abrí y encendí las luces, todo estaba perfectamente acomodado, todo estaba listo.
Me paré frente  a la gente y forcé una sonrisa llena de nervios.
-Bien, ante todo buenas tardes. Muchas gracias por estar aquí, realmente no saben lo que significa para mí ver a tanta gente querida dándome su apoyo, y también  a tanta gente que no conozco pero que se ha interesado en llegar hasta aquí. Quiero agradecer a mi madre por ser mi madre, y por haber hecho que yo llegara hasta aquí; a Harry por su apoyo a las dos; a John, mi hermano, por estar siempre a mi lado; a Paul, George y Juliet, mis amigos adorados; a Abby por volver sólo para ver esto; a Cris que me enseñó con su ejemplo cómo ponerse la responsabilidad sobre la espalda, tranquila que seguirás siendo mi jefa; y en especial…en especial a dos personas que estoy segura que les hubiera encantado estar aquí. Papá, Stu….esto se lo dedico a ustedes.-miré apenas hacia el cielo azul que alegraba el día y sonreí, tratando de ocultar unas lágrimas inoportunas y mi voz quebrada. Los que sabían de quiénes hablaba, comenzaron a aplaudir –También agradezco a todos mis amigos y…-levanté la vista y no me quedó otro remedio más que sonreír al ver la amplia sonrisa de Richard entre la gente -…y a Richard.
Vi su cara de sorpresa, quizás igual a la mía, ya que no me explicaba porqué había hecho eso. Traiciones del subconsciente, supongo.
-¿Bajo el trapo? –preguntó Jonathan, ansioso.
-Sí, dale.
Ambos tomamos dos soguitas que colgaban y tironeamos para que “el trapo” cayera y dejara  al descubierto el cartel. Así apareció, grande y en rojo con blancas letras cursivas, el dichoso nombre: Alejandría. Me pareció que se veía hasta glorioso, como habría sido en la antigüedad la famosa biblioteca.
-Con que ese era el nombre, ¿eh? –dijo Jonathan, negando con la cabeza –Jamás lo habría adivinado.
Recién en ese momento me di cuenta de que estaban aplaudiendo y acercándose a mí, felicitándome. Al fin, un buen comienzo.



“Alejandría libros y discos” estaba llenísima de gente. Me sentía orgullosa como una madre con su hijito recién nacido, al verla tan linda decorada y al verla con tanta gente.
-Wells, ¿me regalás esto? –John señalaba un póster de Elvis.
-No.
-¡Pero soy tu hermano!
-Me vas a fundir.
-Sólo es un póster. Ey, fuera de broma, te felicito ¡esto está genial! Me sorprende que hayas hecho todo sola, y tan bien.
-Gracias John, me alegra mucho que lo digas.
-¡Pero claro! Ay, mi pequeña Mercy, cómo ha crecido –simuló que lloraba de emoción y me apretó los cachetes.
-Ya…ya…-me quejé.
-Amarga. Ey, ¿y ese cuadro? Está muy lindo, ¿dónde lo compraste?
-Me lo regaló Stu…-respondí son poder ocultar mi pena.
-Ahh…debí suponerlo, se me hacía conocida esa forma de dibujar y pintar. Se ve bien acá. –me pasó una mano por el hombro y lo miré: su tristeza seguía intacta en sus ojos, y a esas alturas, sabía que seguiría allí por siempre.
-Bestia, ¡esto es genial! ¿Me regalás discos?
-Ni lo sueñes Harrison. Bueno, sólo uno, pero para que se lo regales a Juliet.
-Genial, nunca tengo dinero para comprarle cosas. Si querés, puedo venir a darte clases acá, y escucho música, y me regalás…
-Basta de regalos.
-Ufaa…
Siguió rezongando, a la vez que hablaba con John. Yo miraba hacia atrás, donde Abby y Paul charlaban, lejos uno del otro, pero al menos charlaban.
-Si me abandonás por algo tan lindo, te perdono. Aunque te perdonaría más si me regalás libros.
Reí al ver la pila de libros que Cris traía en las manos.
-No será necesario que te los regale, los pago yo. –ante la sorpresa de las dos, John sacó su billetera de un bolsillo –Mercy, hacé la cuenta.
-Pero…-dijimos ambas.
-Hacé la cuenta.
-Es que se los voy a regalar.
-Wells, hacé la cuenta  y cobrame.
-¡Se los voy a regalar!
-¡Se los voy a pagar!
-Bueno, bueno, bueno –Cris nos miró, harta de los dos –No llevaré ninguno.
-Que siiii –insistimos.
-Hagamos algo. La mitad la paga John, la otra mitad se la regalo.
-Me parece un buen trato. –acordó John.
-Oigan yo…
-Shh… acá se hace lo que yo digo. Acordate de que ya no sos mi jefa. Somos colegas.
-Como quieran…Voy  hasta la caja así contabilizás cuánto tenés que cobrarle a este chico. Ah, gracias John, no era necesario que…
-No es nada, los pago y te los regalo.
-¡Mercy!
-Será mejor que Jonathan me cobre. –John tomó de un brazo a Cris.
Extrañada me giré para ver quién me había llamado y entendí la actitud de John: vi a Richard, sólo un segundo, porque cuando reaccioné, me estaba abrazando. Sí, abrazando. A mí.  Cosas muy raras suceden.
-Te felicito. –dijo soltándome.
-Gra…gracias.
-Es un excelente nombre.
-Sí, la verdad es que se ve bonito en el cartel y pintado en la vidriera. O a lo mejor es porque me siento muy emocionada y veo todo lindo. Como a vos.
-Mmm…la emoción te hace ver mal algunas cosas, pero lo tomaré como un cumplido.
Reí aunque por dentro me puteaba a mí misma por haber metido la pata. Pero quizás podía no considerarse así.
-¿Por qué me agradeciste? Dijo interrumpiendo mi lista de insultos a mí misma.
-Ah porque…bueno…te vi y me dije, “¿Por qué no agradecerle?” Después de todo, me ayudaste a elegir este lugar. –mentí, no tenía idea de porqué le agradecí.
-Pero si eso no fue nada...Bueno, gracias por agradecerme jaja. Llevaré un disco.
-Ok, pasá por caja.
-¿Me lo vas a cobrar?
-Nada es fácil y gratis en esta vida, Starkey.
Asintió riendo y para mi sorpresa, no tomó un disco, sino cinco. Los pagó y cuando iba a envolvérselos, tomó uno, un simple de Paul Anka con su “Put your head on my shoulder” y me lo tendió.
-Este te lo regalo.
-¿Eh? ¿Y entonces para qué lo compraste? –dije haciendo gala de mi bestialidad.
-Para regalártelo.
-¿Y eso por qué?
-No sé, vos sabrás.
Fruncí el ceño y pestañeé rápido.
-Por ahora tomalo como regalo por haberme agradecido y por haberme dicho lindo. Por ahora.
-Estás medio tonto, ¿sabías? ¿O es que tenés mucho ego?
Sólo rió y se encogió de hombros. Después saludó y caminó despacio, charlando con todos los conocidos con los que se cruzaba.
-Qué chico tarado. –dije, pero sin poder ocultar una sonrisa también tarada.

Sí, había sido un buen comienzo.


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Bueno, no tengo nada de perdón, lo sé. Mas de un mes sin subir, y por mas que diga que tuve cero inspiración, problemas personales, y mucho para estudiar, no cuenta como excusa. Espero no volver a tardar tanto, porque la verdad hasta yo me siento mal por tardar así.
Este capitulo me gustó mucho escribirlo, no sé porqué jaja. Les digo que el nombre es un total PLAGIO a una librería que hay en Luján. Si no saben dónde queda Luján, Google Maps, y sino saben qué era Alejandría, Wikipedia. No sean vagas e investiguen, que las quiero sacar historiadoras! XD
Y ahora, casi como para pedir clemencia, les dejo un te-ma-zo que escucho mas o menos quince veces por día. Sino saben quién es Ciro y los Persas, Youtube. Ya les digo, no sean vagas. 
Ahora me voy, esperando no tardar tanto para la próxima. 
saludos!