03 mayo 2015

Capitulo 98 Un vestido y un amor




La tarde no podía ser mejor. Se había dignado a parar de llover, había sol, no había viento, y sobre todo, había feria. Por lo tanto, gracias a mi terquedad, mis cuidadores –Mimi, Cris, John, Richard, Jonathan, y Juliet, que también se había unido– me dejaron salir, no si antes mencionarme acerca de todos los peligros y recaudos que debía tener. A decir verdad, me tenían podrida. Pero valoraba los cuidados que me prodigaban.
Así que por esa feria andaba, de la mano de Richard que pese a que se había disfrazado un poco y se veía viejo y chistoso, a mí me seguía gustando como nunca, porque no sé si era por el embarazo o qué, pero tenía la sensación de que lo amaba más de lo que podría haber imagino hacía apenas unos pocos años atrás.
–¿Querés un copo de azúcar?
–¡Sí! –exclamé como si fuera una nena de cuatro años. Me lo compró y enseguida comencé a devorarlo y a encastrarme los dedos, justamente como una nena de 4 años.
Richard miraba a todos con precaución, yo sabía que últimamente andaba con cuidado y hasta un poco paranoico porque ya le era imposible andar por ahí sin que un montón de idiotas se le tiraran encima. Yo por supuesto que las odiaba pero por otro lado las entendía: si Elvis Presley se paseara por mi ciudad  también correría detrás suyo y le arrancaría unos cuantos pelos.
–¿Qué habrá acá? –señaló hacia un lugar donde la gente se amontonaba.
–Quizás esté Paul y lo hayan rodeado –reí y él soltó una carcajada tan fuerte que, si sus fans lo conocían por la risa, estábamos perdidos. Pero en el lugar no estaba Paul ni nadie parecido, era un hombre que hacía figuras soplando vidrio caliente. Me encantó lo que estaba haciendo, como al resto de las personas.  Hacía unas figuritas raras y frágiles, y también figuras de bailarinas o cisnes. Pensé, en un tremendo desvarío filosófico, que todos éramos como eso: lindos pero frágiles. Después pensé que estar tanto tiempo en cama me había desequilibrado la mente. Richard me abrazó por detrás, concentrado también en los que veíamos, y apoyó sus manos en mi vientre. Fue instantáneo, el bebé dio una patadita suave pero que tanto yo como él sentimos. Nos miramos y sonreímos, sintiéndome la mujer más feliz del paneta. Pero claro, tanta dulzura ya era demasiado, y tuve que arruinarlo todo mareándome como si estuviera en un barco en alta mar. Parecía que mi propio cuerpo me decía “No te ilusiones Mercy, recordá que soy un jodido”.
–¿Estás bien? –me agarró la cara y negué con lentitud.
–Estoy mareada. –respondí, incapaz de fijar la vista en un punto.
–Sentémonos. –me llevó hasta un banco y me hizo sentar.–¿Vamos al hospital?
–Ay no, no es para tanto. Ya se me va a pasar, quizás fue por estar metida en la cama y de pronto salir al barullo de la gente. Si me dejaran salir un poco más…
–No y no, Mercy. No insistas.
Bufé, resignada, y seguí comiendo mi copo, que pronto se acabó.
–Ya me siento mejor.
–¿Segura? Mirame. –lo miré y asintió.–Ya tenés coloradas las mejillas.
–Es que vos me hacés poner colorada. –reí.
Rió y me dio un pequeño beso.
–Más colorada aún.
–Tengo hambre.
–¿Otra vez?
Esbocé una sonrisita pícara. Últimamente me la pasaba comiendo y eso era un milagro. Ya parecía hermana de George.
–Acá no hay nada sano para que comas.
–¿Sano? Dije que tengo hambre, lo sano no alimenta.
Me dedicó una de sus miradas de reprobación, de esas con las que sabía que debía comportarme sí o sí.
–Uff…está bien, algo sano.
–¿Manzana?
–Acaramelada. Por favor, una triste manzana común no quiero, quiero que tenga miel y caramelo y pochoclo y algo más…¡Por favor!
Con visible molestia, fue a comprarme una manzana. Reí bajito al ver su cara y le di un beso en la mejilla.
–Acostumbrate para cuando tengas a tu hijo.
–¿Será molesto como vos?
–No, será peor. Le diré que le pida de todo a su papi. Y yo sé muy bien que…
–Que no podré negarme, no. –rió–No sé si seré un buen padre, la verdad…
Su risa se había esfumado, sólo vi preocupación en su rostro y eso me apenó  y a la vez me enterneció.
–Rich, serás genial. Te adorará.
–Sí pero un chico necesita límites y todo eso y a mí me dará pena regañarlo o ponerle castigos porque se saca malas notas o cosas así.
–A mí también. –asentí–No lo eduquemos y que se encargue la policía.
–Tonta, hablo en serio.
–Ya lo sé, bobi. Pero creo que nos arreglaremos. Mirá, a mi padre se le notaba muchísimo que le costaba decirme “No” a las cosas que pedía o que quería hacer. Yo me daba cuenta ¿y sabés qué? nunca me aproveché de eso. Creo que los niños se dan cuenta que el padre es débil porque los quiere mucho y se portan bien igual.
–Mercy, nunca hablamos de tu papá.
–Ay Rich no me amargues la tarde, veníamos bien. Sólo di un ejemplo, no es que quiera hablar de él. –suspiré fastidiada–Vos lo conociste, ¿qué querés  saber?
–Lo conocí pero nunca hablé más de dos palabras con él. No sé, nunca decís nada sobre él.
–Vos tampoco del tuyo.
–¡Si ni lo conozco! Vamos…¿era bueno?
–Ya te dije que sí.
–¿Y qué más?
–No sé…Siempre amé sus manos, eran grandes y fuertes y parecía que iba a romper todo ni bien lo tocaba, y sin embargo cuando se ponía a hacer música, parecía que tocaba con las manos más delicadas del mundo.
–¿Ves? Cosas así me gustaría saber.
–¿Para qué? No sé si me hace muy bien recordar todo eso. Mejor vamos a casa.






El camino fue tranquilo, me entretuve con mi manzana y no dije ni una palabra más. Richard parecía preocupado, quizás porque pensaba que me había incomodado preguntándome sobre mi padre, así que tomé su mano para demostrarle que todo estaba bien.
–Iré a recostarme.–anuncié cuando entramos–¿Te vas?
–Sí, voy a mi casa a buscar algunas cosas. –me sonrió y yo le correspondí. De a poco estaba trayendo sus cosas a mi casa y si bien eso producía un pequeño caos porque no sabíamos dónde meterlas, era lindo ver lo suyo mezclado con lo mío.
Me acosté y me dormí tan profundo que sólo me desperté cuando escuché un estruendo. Me senté sobresaltada, el ruido provenía de abajo. Tragué saliva, ¿acaso había entrado alguien? Busqué con la mirada si tenía cerca algún objeto contundente. Sobre el escritorio había una linterna, así que la tomé y bajé con sigilo, levantando la linterna, lista para dársela por la cabeza a cualquiera. Casi me parto al medio de la risa que me dio cuando vi lo que ocurría: Richard trataba de armar su batería en la sala, en completo silencio, cosa que no estaba logrando.
–¡Pero la puta madre!
–Ey jovencito, ¿qué palabras son esas?
Dio un respingo porque se asustó y luego bufó, visiblemente enojado.
–Trataba de armar esto pero no, todo se cae y hace un bochinche espantoso, y a la vista está que te desperté.
–No es nada, creo que dormí mucho. ¿La puedo usar?
Se encogió de hombros y me dio las baquetas.
–¡Ay qué emoción, voy a tocar la batería de  Ringo Starr! –di dos o tres golpes, obviamente sin nada de ritmo. –Ey, ¿y esto cómo se toca?
–¿Pensabas que era fácil, no?
–No pero…–di unos cuantos golpes furiosos fingiendo que era un gran solo aunque en realidad era una sucesión de golpes y platillazos que no sonaban, sino que parecía que trataban de huir de mí.
–¡Sos fatal! –reía agarrándose la panza con ambas manos, le caían las lágrimas dela risa.
–¡No te rías de mí, Starkey! ¡Qué culpa tengo de no saber cómo se usa esto, si todavía no me enseñaste! –di otros golpes más y dejé las baquetas–Y bien, ¿me enseñarás? O al menos mostrame algo.
Asintió, se sentó frente a la batería y comenzó a tocar con una precisión que ya el Big Ben querría.
–¡Me encanta! –aplaudí.
–Creo que nuestro hijo estará aturdido. –sonrió.
–Hablando de eso…-me acerqué, lo tomé por lo hombros–Me contó  un pajarito que ya tenés nombres para el bebé.
–Odio a George.
–No fue George.
–Odio a John.
–Acertaste. ¿No pensabas decírmelo?
–Es que no es nada pensado en serio…
–¿De niña o niño?
–De niño, porque será niño.
–Será niña. Lo sé porque me lo dijo. –le saqué la lengua–Como sea, ¿cuáles son esos nombres?
–Tampoco son muchos, en realidad era uno solo.
–¿Y cuál?
–El de tu padre.
Me quedé mirándolo, temblé por unos segundos.
–No.
–¿Por qué?
–Porque no. Rich, ¿otra vez con eso?
–Es que era tu padre, además supuse que…
–Supusiste mal. Quiero tu nombre.
–¿Qué? Para nada. ¿Ves? Ahí aparecen los padres otra vez. No quiero que mi hijo tenga mi nombre porque es el nombre  de mi padre.
–¡Pero será como vos, no como él! Vamos, tu nombre es lindo, a mí me gusta mucho.
–Vos no querés el de tu padre, pues yo no quiero el mío.
–Está bien. ¿Y otro nombre no pensaste?
–Bueno, tengo otro nombre, pero no sé si te gustará…Es algo raro. No, no es raro exactamente, es común pero en versión más rara.
–Cuánta rareza junta. ¿No será Chindasvinto, o Recaredo, o algo de eso?
–Dije nombre, no condena. Me gusta mucho Andrei. Es ruso. Pero si no te gusta no importa porque…
–Me gusta muchísimo. Nunca lo escuché y suena hermoso.
–¿De verdad?
–¡Claro! ¿Y de niña nada?
–Bueno…-sonrió–Sí tenía pensado uno de niña.
–¿Cuál? ¿Cuál?
–Mercy.
–¿¿¿Mercy??? Al final John tenía razón, Richard si es niño o Mercy si es niña. ¿Cómo te va a gustar mi nombre? ¡Es nombre de chica tonta!
–¡Pero vos no sos tonta!
–¡Ya lo sé! Pero es tan estúpido…Mercy, Mercy. Suena a niñita con voz finita. Y además es nombre de hospital. Y los que son condenados a muerte gritan ¡Mercy! y les cortan la cabeza igual, o sea que es un nombre que no sirve para nada.
Otra vez se echó a reír al escuchar mi explicación. Me crucé de brazos.
–Veo que tu negativa está bien fundamentada. –dijo aún entre lágrimas.
–Por supuesto. Te diré el que me gusta a mí: Louise.
–Ey…¡ese es genial! Como que los dos nombres tienen algo de musical y transmiten algo, ¿no?
–Justamente pensé eso cuando elegí ese nombre, como que los decís  y queda algo musical ahí flotando. Es muy de loco esto que estamos diciendo, pero yo lo siento así.
–De todos modos, el de niño podés cambiarlo, elegí cualquiera menos Richard, porque ya te dije que…
–No lo cambio, no. –me abalancé sobre el y le tomé el rostro–Me encanta, y me encantás vos también.
Le planté un beso y él me levantó tanto que casi caímos. Nos separamos todavía riéndonos.
–Andrei Starkey Wells, o Louise Starkey Wells. Suenan perfecto.











–¡Buen día hermana piojosa!
–¡Ay John! ¿Qué te pasa, descerebrado?
–Soy un descerebrado, soy un zombie, y ahora te comerééé. Dame este brazo, oh, qué brazo flaco, moriré de hambre.
Jack nos miraba a ambos, soltó una risita que nos hizo derretir. En brazos de su padre, el pequeño había llegado para visitarme o más bien para entretenerse viendo como su madrina era maltratada.
–Hoy estoy de niñero, Cris tuvo que ir al banco, un asco. Y yo me quedé con él. Le preparo su mamadera y lo cambio, estoy hecho un experto.
–No entiendo cómo la criatura sobrevive.
–¡Ey! Que él hasta parece pasarla bien y todo. Agarralo.
Me lo dio y descubrí que yo también podía hacer alarde de mis progresos en materia de bebés. Lo tomé con total naturalidad y lo acomodé en mis brazos, sin que Jack pusiera una queja.
–¿Cuándo vas a comprar una cama más grande? No entiendo cómo tu futuro marido entra acá, está bien que los dos son unos gnomos, pero tampoco para tanto.
–La semana entrante la traen, y no duerme acá. Aún está en su casa, de a poco está trayendo sus cosas.
–Qué par de raros. Supongo que sabrás que en dos días nos vamos, tenemos un disco que grabar, y notas, entrevistas, y…
–Sí, lo sé. Yo también voy.
–Ja-ja. Aún no entendés que no estarás en MI banda, ¿no?
–Nadie quiere estar en tu banda. Simplemente, voy con ustedes. Debo ir  a probarme el vestido, y hacerme controles, así que aprovecho el viaje. Tranquilo, no te torturaré, serán dos días como máximo y creo que ni me verás.
–Mmm…Bueno, si me pongo serio, te digo que me parece una buena idea, más después de lo que te pasó la última vez que viajaste. ¿Te traigo un té?
–No. Poné música, me aburro.
–Otra buena idea, ¿verdad Jack? Ahora escucharemos la música que tiene tu madrina por aquí.
Comenzó a buscar en mi repisa llena de discos, descartando casi todo.
–¿No tenés nuestro disco? ¿Es posible esto que estoy viendo? ¿No tenés nuestro disco?
–No.
–¡Te odio! Ya mismo te saco mi “hermanidad”. ¿Cómo no lo vas a…?
–Lo tengo John, pero está guardado, para protegerlo.
–Qué tierna…
–En unos cincuenta años, me pagarán una fortuna por él.
–¡Te odio!
Jack otra vez rió y yo con él. Siguió con sus ojos atentos mirado a su padre que se movia y se sacudía mirando mis discos.
–Al fin algo bueno, ¡Lonnie Donegan! Este disco no lo tengo, ¿cómo es posible que vos sí?
–Para algo soy la dueña de una disquería. Ponelo, me encanta.
Puso a andar el tocadiscos y de inmediato Lonnie llenó el ambiente con “Have a drink on me”.
–Ohh sí, Lonnie, ¡el rey! –John se dejó caer en mi cama–¿Escuchás, Jack? Eso es skiffle, eso tocaba tu papi. Y creo que por el portazo que acabo de escuchar, llegó tu mami.
Cris apareció, visiblemente cansada, tirando su saco sobre una silla.
–Oigan, ¿quién les dijo que pueden entrar a mi casa con tanta libertad?
–Hola Mercy. John me dijo que dejaría la puerta abierta para que entrara.
–Y a mí me dejó entrar tu arbusto, que justo se iba.
–Ya. ¿Y qué tal?
–Diez horas para atenderme. –Cris se sentó también en mi cama, agarró a su hijo.–¿Lo cuidaron bien?
–Excelente, estaba a las risas. Amor, tu comadre irá con nosotros a Londres.
–Tengo que hacerme controles y probarme el vestido.
–¿El vestido? ¿Puedo ir? ¡Por favor Mercy, decime que sí!
–¿Pero para q…?
–¡Por favor, por favor, por favor! Quiero ver qué te pondrás.
–Pero amor, no podés. ¿Quién se quedará con Jack?
–Lo llevamos.
–¿Y dónde te quedarás? Mercy no tiene mucho lugar en su casa y tengo entendido que Jonathan también va…
–En tu hotel.
–Cris, vamos a estar grabando, quiero dormir de corrido todas las noches y Jack se despierta cada tres horas.
Me tapé con la manta. Lo que había dicho John sólo presagiaba algo: pelea. Y las peleas entre ellos dos seguramente no eran nada suaves.
–Mejor decí que querés estar solo para aprovechar a estar con todas esas locas que ahora tenés a montones. No me importa, iré igual porque Mercy es mi amiga, y me quedaré en otra parte. Y ahora me voy. –agarró a Jack y se fue, olvidando su saco.
–La cagaste Lennon…
–¿Pero qué dije?
–¿Qué dijiste? Ya me parecía que lo bestia no se te podía ir tan rápido.
Se rascó la cabeza, evidentemente no entendía qué había hecho. Hombres.
Después quitó el disco, me saludó y se fue.








Dos días después, viajábamos en un bondi. Éramos Richard, John, Paul, George, el mánager,  un ayudante, Cris, Jack, Jonathan, y yo. Parecíamos una gran familia yéndose de vacaciones. Bueno, lo de familia estaba por verse…
–Aún no me habla.
–Te jodés, John Lennon.
–Ya sé qué hice mal, pero no era para tanto.
–A ver John, para vos no será para tanto, pero para ella sí. Y para mí, si alguien me lo dijera, también.
–Ustedes las mujeres son muy complicadas. ¿Ahora qué hago?
–No se trata de ser mujer o no. Y no sé, reconquistala.
–¿Eh? ¿Cómo la voy a reconquistar si estamos casi casados?
–Ahí tenés la respuesta.
–¿Cuál?
–Ay Dios, no te das cuenta de nada.
–Pero…no entiendo. ¿Cómo, reconquistarla? Si no se va a ir…
–Já, encima de inútil, inocente. Se puede ir, por supuesto. Te puede dejar, y si lo hace, yo la felicitaría.
Me miró con rencor y se cambió de asiento, para charlar con George y practicar con las guitarras.








Mi madre había hecho una limpieza general y había donado todos los trastos que sobraban en casa, así que sobraba espacio. Jonathan fue a acomodarse en mi habitación, mientras que Cris se quedó en la de huéspedes con su bebé. La veía entre triste y enojada, pero lo disimulaba muy bien atendiendo a Jack.
–Cris, que tampoco es para tanto…
–Claro que lo es. Dejalo, un par de días más y aprenderá la lección. Aunque me dolió lo que dijo, sé que habla sin pensar, pero eso no lo justifica, tiene que darse cuenta. Cambiemos de tema, ¿cuándo vamos por tu vestido?
–Mañana. Hoy voy por los controles, ¿venís?
–No, prefiero descansar, además tu mamá está encantada con Jack, supongo que querrá jugar con él esta tarde.
Asentí y me puse en camino hacia el hospital. No estaba lejos, por  eso mi madre no puso peros a que saliera sola, es más creo que ni se dio cuenta que salí. Me pregunté si cuando tuviera su nieto, me ignoraría de la misma manera, y sonreí al pensar que seguramente sí.  Jonathan, ni bien había dejado su maleta en mi habitación, corrió en busca de Félix, así que sí o sí debía ir sola.
En el hospital me esperaba la misma recepcionista avinagrada de siempre, que me mandó directo al consultorio de Cyril. Cuando llegué, una señora salía de allí, charlando animadamente.
–¡Hola Mercy! –me saludó ni bien me vio–Pensé que vendrías más tarde.
–Estaba sin nada que hacer y vine. ¿Cómo va todo?
–Muy bien. –sonrió ampliamente.
Lo noté distinto, algo en su forma de hablar y hasta de moverse. Señales de que estaba contento, quizás las cosas con Flor estaban en buen camino.
–¿Algún otro susto? –preguntó acomodando la camilla.
–Por suerte, no. ¿Qué tal todo con…Flor?
Me miró de una forma que podríamos calificar como enojada, me lamenté, había sido demasiado directa.
–Perdón, no debí…
–Está bien. –relajó su mirada, sonrió apenas–Estás en tu derecho de preguntar, porque yo te avisé. Las cosas van bien, nos estamos conociendo. Es una buena chica y además, me gusta, eso no lo voy a negar.
–Me alegro mucho.
–¿Y vos? ¿Cómo va esa boda? Tengo entendido que falta muy poco.
–Apenas un mes. Pasa muy rápido el tiempo.
–Y más para una novia. Recostate, te haré un electrocardiograma.
Le obedecí, desabroché los primeros botones de mi camisa con cierto nerviosismo. Los electrocardiogramas siempre me los hacían las enfermeras, nunca él.
–Voy a necesitar que te desabroches todos.
Suspiré, le hice caso y tragué saliva, sintiendo el calor subirme a las mejillas. Me colocó los sensores en el pecho y fue a su escritorio a hacer unas anotaciones. Cuando estuvo listo volvió para quitarme todo.
–Bien –dijo leyendo el papel que arrojaba la máquina–Todo en orden salvo esto.
Lo miré extrañada, luego me senté y miré el electro que mostraba los latidos de mi corazón de forma regular, pero cada tanto había unos picos muy altos.
–¿Eso es malo? –señalé los picos.
–Depende. Para alguien tranquilo y sin problemas, no. Para alguien que se está por casar y que en pocos meses tendrá un bebé…no. Mercy, ¿estás consciente de que el bebé tendrá que nacer antes, ¿no?
–Sí, lo sé. Pero Cyril, me estoy cuidando de todo, apenas si salgo de la cama, como todo el día pero sano, de la boda se está encargando Jonathan y ahora también se sumó la novia de George, todo el mundo me cuida….¿qué más tengo que hacer?
–Es que ya no hay nada más que puedas hacer, eso es lo malo. Por ahora, seguí así.
Asentí lentamente, comencé a abrocharme la camisa. Escuché que lo llamaban por los altavoces.
–Parece que viene alguien grave, tengo que dejarte, mandaré a Flor para que te tome la presión, luego te acompañará con el ginecólogo.
Lo despedí  dándole la mano y se fue corriendo. Al cabo de unos minutos, entró Flor, con una caja de zapatos en las manos. Me saludó afectuosamente y abrió la caja, en la que tenía el aparato para tomarme la presión, y una jeringa para extraerme sangre.
– La presión está un poco baja. –dijo mirando con atención el relojito del aparato.
–Qué raro, Cyril me mostró el electro, tenía unos picos como el Everest. Pensé que eso era presión.
–A veces la presión no tiene nada que ver con el corazón, porque  el corazón hace lo que quiere.
–Que me lo digan a mí…
Rió apenas y se puso los guantes y preparó la jeringa. Después se detuvo y me miró.
–Hablando de corazón…Disculpá que sea indiscreta, pero es algo que debo saber. ¿Tuviste algo con Cyril?
Suspiré, sabía que esa pregunta llegaría en cualquier momento, pero no esperaba que fuera cuando ella tuviera una aguja en sus manos, lista para clavarla en cualquiera de mis venas.
–No, nada. Él hubiera querido, pero…
–Sí, me contó, de todos modos quería saberlo por vos. Ya se sabe cómo son los hombres, te dicen que no pasó nada y después te enterás que tiene cuatro hijos. –rió, y luego negó con la cabeza–Eso lo digo porque me pasó.
–Dios…Qué cruel.
–Exacto, fue cruel. Por eso me cuesta confiar, aunque ya sepa que Cyril es un amor de persona. –envolvió una tira de goma en mi brazo, la ajustó y me clavó la jeringa con suavidad.
–Espero que esta vez todo te salga bien, y que yo no tenga que ver más nada con él. Me siento como un estorbo.
–¿Qué? Para nada, vos no tenés la culpa de que él esté como obsesionado. Creo que se le mezcló la curiosidad por un caso raro de de la medicina con el amor. A los doctores les suele pasar, más cuando la paciente es joven. Listo, ya está. En dos días te llamo por teléfono y te digo qué tal salieron estos. Vení que te acompaño con el gineco.
“El gineco”, me esperaba en otro consultorio y Flor me dejó con él porque debía ocuparse de más pacientes. La saludé, rogando para mis adentros que esa chica no me odiara si Cyril seguía con su berretín conmigo.









Félix no dejaba que me diera vuelta para mirarme al espejo. Estaba haciéndole modificaciones al vestido y según él, en una semana o diez días ya estaría terminado. Para mí ya estaba listo, lo veía completo, pero mi opinión no contaba porque yo no sabía nada de esos asuntos..
–Amo este encaje. –repetía Jonathan.
–Y yo la falda, parece que volara. –decía Cris.
Félix no decía nada, sólo metía alfileres por aquí y por allá, me ordenaba que me parara erguida, que flexionara las piernas, que mirara a un lado o a otro. Al fin se puso de pie después de pasar varios minutos en el suelo.
–Listo.
Me giré para mirarme y no pude contener una carcajada que supongo que a todos desconcertó.
–Me veo como una vaca envuelta en una sábana.
Cuando paré de reírme, me miré bien. Por supuesto que la pancita se me notaba y bastante, eso lejos de ser una incomodidad, me encantaba. Y el vestido era más bonito de lo que me imaginaba, lo veía mil veces mejor que en la revista. Era sencillo, sin nada extravagante, ni siquiera tenía cola y no me dejaría poner un tul ridículo en la cabeza. Sólo era un vestido color hueso pero para mí era más lindo que el de cualquier princesa.
–Está hermoso, Félix. ¿Puedo llevármelo así?
–No, no –rió–Todavía falta para que esté terminado.
–Me encanta, es…no sé, me parece precioso y te queda perfecto.
–¿De verdad, Cris? Díganme la verdad chicos, a mí me gusta pero quizás me queda espantoso.
–¡Te ves genial, Mercy! –exclamó Jonathan–Es el vestido ideal. Me da ganas de ser novia.
Félix soltó una risita pero no dijo nada, pasó a explicarme lo que le había puesto al vestido y cómo lo había cortado, y muchas cosas más que no entendía pero me gustaba cómo las explicaba. Cuando terminó, fui a quitármelo con mucha pena, y nos fuimos. Debíamos ir al estudio de grabación a despedirnos, ya que a la noche volvíamos a Liverpool.
–Yo no voy.
Jonathan y yo miramos a Cris.
–Tengo que darle la leche a Jack, además ya pasaron muchas horas y tu mamá pensará que la tomé de niñera.
–Pero si a mamá le encanta…
–Nos vemos después.
Nos quedamos viendo cómo cruzaba la calle y tomaba un bondi.
–¿Qué pasó? –preguntó Jonathan, totalmente perdido.
–Problemas de pareja. Contame de vos, ¿qué pasa con Félix?
–Pues…todo va bien. A ver, aún no somos nada, sólo somos amigos. Pero tenemos muchas cosas en común.
–¿Amigos? Pero si a vos te gusta y a él se le nota mucho también. ¿Qué hacen siendo amigos?
–Mirá quién habla, la que pasó como cinco años siendo “amiga”.
–Tratá de no recordarme todo eso, y menos en un día como hoy. Me siento feliz.
Llegamos al estudio, Grace nos hizo pasar como si fuéramos reyes. Afuera quedó un ejército de odiadas por mí que me miraron como para matarme.
–¡No puedo creerlo! –exclamó  Grace ni bien me vio–¡Cómo ha crecido esa panza!
–Crece todo el tiempo –reí–¿Y qué tal lo tuyo?
–Bien, creo que en un mes ya estaremos mudándonos. Encontramos un departamento muy lindo y amplio, ya lo verás. Vengan. –nos hizo señas de que la siguiéramos al estudio, cuando llegamos Jonathan dio un saltito.
–No puedo creer estar viendo a los Beatles grabando.
–Jona…los ves caminando por la calle y comiendo chupetines, ¿de qué te emocionás?
–Cuando comen chupetines no producen música, ahora sí. Seguro que eso que están grabando será otro número uno. ¡Y yo vi cómo lo hacían!
Grace y otros dos tipos que estaban allí, que calculo serían productores, se rieron de lo que Jonathan decía.
–Otra toma más de “It won’t be long” y les damos descanso.
Comenzaron nuevamente, el tema era muy pegadizo y le ponían mucha garra para tocarlo. Me pareció que lo habían hecho perfecto, pero uno de los tipos dijo que faltaba no sé qué y que la volverían a hacer después. Lo miré con odio, ¿cómo se atrevía?
 Anunciaron que, además del descanso, tenían visitas, pero que no se tardaran mucho.
–Ni que estuviéramos en la cárcel. –se quejó George.
–Este enano está encabronado sólo porque su novia no viajó con él.
George le sacó la lengua a Paul, que lo ignoró y saludó, seguramente por enésima vez en el día, a Grace.
–¿Qué tal, bestia? ¿Y la mini bestia?
–Más respeto con mi hijo o te parto la guitarra en la cabeza. Ah, como estoy todo el día sin hacer nada, practiqué mucho, aunque seguro que ya no te importa porque sos famoso.
–No creas, siempre es bueno saber de los progresos del alumno. –puso cara de solemnidad.
Richard vino hasta mi y me dio un beso.
–¿Qué tal ese vestido?
–Muy lindo, yo creo que te gustará.
–No creo que me guste más que la chica que lo llevará puesto.
–¡Ay qué galán!
–John…–ambos lo miramos con fastidio.
–No puedo creer que mi hermana se case. Y con vos.
–A ver cuándo aprendés de mí.
–Yo así estoy bien.
–¿Sí? –lo miré con burla.
–Sí, eso de las bodas no va con nosotros.
–Yo no estaría tan segura, Lennon…
Me miró con cara de que había recibido una revelación. Pestañeó, luego miró a Richard.
–¿Podrías dejarme a solas con tu futura esposa? Total, la vas a ver el resto de tu vida.
–Dos minutos.
–Ok sí, dos minutos. Mercy, ¿qué es eso que dijiste?
–No sé, John…
–Vamos, no te hagas la desentendida. ¿Vos creés que Cris…?
–No sé, vos sos el novio. O eras.
–¡Pero vos sos mujer y entendés más! Si yo le digo que…No, dirá que no.
–Hacelo sólo si vos querés, no porque sí. Sino, regalale un ramo de flores, qué sé yo.
–Ya lo hice.
–¿Ah, eran esas flores que vi en el cesto de basura de mi casa? Con razón…
–¡No seas malvada!
–Bueno, está bien, no las tiró, mi madre las puso en un jarrón. Pero ella ni leyó la tarjeta.
–Ay no…A ver, yo sí quiero. Pero ella no, siempre dijo que no y…Uff, ahora me odia y tiene razón. Mirá si me deja, me mato.
– John, qué exagerado.
–Mirá si se va a Sudáfrica,y  se lleva al bebé también, ¿qué hago?
–Boludo, ¿por qué se va a ir a Sudáfrica? Qué inventos que hacés.
–Está bien, no a Sudáfrica, pongámosle a Noruega. En Noruega hay tipos lindos encima, se conseguirá otro.
–John, basta. Dejá de comerte la cabeza de esa forma, pensá algo, hacé algo. Inventándote películas dramáticas no lográs nada.
Suspiró y asintió apenas. Lo dejé a él y sus problemas que, al parecer, fermentaban más y más en su mente. Sólo él sabía cómo iba a arreglar todo, pero era cantado que allí habría final feliz, es más, debía haberlo.


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¡Buen domingo mis princesas! Aqui regresé con este capitulo largo para que se entretengan. Estén atentas al capitulo 99 (mierda, ¿99? ¿Cómo pude escribir tanto?) porque será muy obvio lo que pasa, vayan preparando sus galas!
Saludos a todas y nos leemos!


16 abril 2015

Capitulo 97 Temores y miedos

No podía parar de llorar. Al parecer, mi vida tenía una competencia con las vidas de otras personas tan desafortunadas como yo para ver cuál sumaba más desgracias. En ese momento, mi vida estaba ganando con amplia ventaja.
El viaje en tren junto a Jonathan había sido tranquilo. Por supuesto había dormido durante todo el trayecto mientras él avanzaba unos cuantos capítulos de una novela filosófica que lo tenía enganchado. Por cosas extrañas, el tren iba rápido, o simplemente viajaba poca gente y no se detenía durante mucho tiempo en cada estación. Fue así que llegamos antes del horario previsto y mi madre, que se había ofrecido para ir a buscarnos, aún no estaba esperándonos. Bajamos con tranquilidad, y fue ahí que supe que algo no andaba bien. Una punzada penetrante me hizo doblar de dolor. Traté de disimular, pero era demasiado evidente en mi cara.
–¿Te pasa algo? –vi en Jonathan su clásico rostro de preocupación.
–Me duele mucho. –con ambas manos me rodeé el vientre–Voy al baño.
–Te acompaño.
–No podés entrar al baño de mujeres –quise reírme para tranquilizarlo, pero sólo conseguí una mueca–Ya vuelvo.
–Mmm… está bien, me quedaré acá esperando a tu madre.
Cuando estuve en el baño confirmé lo que ya sabía, aunque no quería encontrame con lo que me encontré: allí había sangre, bastante. Todo se había terminado.
Le di un puñetazo a la puerta, llena de rabia e impotencia. No podía ser que siempre las cosas se torcieran tanto.
Al parecer estuve bastante tiempo allí, porque de pronto escuché la voz de mi madre.
–¿Mercy estás acá?
–Sí, mamá.
–¿Estás bien?
–No.
Y allí estaba, sentada en mi antigua cama, en la antigua habitación de mi antigua casa, tratando de frenar las lágrimas que de pronto me salían sin parar, con Jonathan insistiendo para que aunque sea tomara un sorbo de agua, Harry sólo mirándome con preocupación, mi madre llamando desesperada a Cyril y yo conteniéndome de gritarles a todos que me dejaran sola de una vez.
–Ya lo localicé. –informó mi madre  entrando–Mercy, no estés así, por favor.
–¿Y cómo voy a estar?
Se sentó a mi lado y me abrazó. Miró a Jonathan y a Harry, que enseguida comprendieron que debían irse. Una vez solas, me secó las lágrimas.
–Hija, esto sólo puede ser un susto…o no. Necesito que seas fuerte.
–Mamá, ya no puedo más. Todo me sale mal, estoy cansada de esto, pareciera que estuviera meada por diez tiranosaurios.
No respondió nada, sólo me masajeó la espalda.
–A veces en los embarazos hay pérdidas. Yo misma las tuve con vos, y eso que todo iba bien y era sana. Me asusté mucho, a todas les pasa eso, es un impacto muy grande. Pero si te calmás y tratás de sentir, te darás cuenta si él está, o ya se ha ido.
–¿Esa es la famosa intuición maternal?
–Supongo. Relajate y…si todo no es como esperamos, no te desesperes. Las cosas pasan por algo.
–Tengo que llamar a Richard, debe saberlo.
–Mejor llamá cuando sepas todo, ahora sólo lo preocuparás, y está lejos.
Golpearon la puerta y Harry se asomó.
–Ya llegó Cyril y el otro doctor.–No terminó de decir esto que Cyril ya estaba dentro de la habitación. El otro doctor era el ginecólogo, el señor un poco viejo y que parecía más tímido para entrar.
–¿Cómo estás?
–No muy bien, Cyril.
–¿Qué te duele?
–Aquí. –señalé mi vientre, angustiada.
–¿El pecho, la cabeza? ¿Estás mareada?
–Nada.
Igual me auscultó y me tomó la  presión. Todo estaba en orden. Después, como si todos supieran lo que seguía, se fueron y me dejaron con el otro doctor.
–Necesito que te recuestes. –dijo con una sonrisa–Y que te bajes la ropa.
En otro momento hubiera hecho alguna broma tonta o protestado de puro nervio, pero obedecí son decir una palabra, no me importaba nada.
–¿Cuánta sangre viste?
–Bastante.
–Mmm…¿a qué le llamás bastante? ¿Cómo en un primer día del período?
Negué lentamente, si eso le parecía bastante, con lo que le iba a decir ya tendría una certeza para nada feliz.
–No, como un segundo día.
A la vista estuvo que fue incapaz de reprimir un suspiro. No preguntó más nada, sólo se dedicó a revisarme y no sé muy bien qué hizo ni por cuánto tiempo porque ya no estaba ahí, estaba conmigo misma, autoconsolándome y pensando qué le diría Richard cuando supiera la verdad.
–Mercy.
Abrí los ojos, saliendo de mis pensamientos. No pude creer que sonriera.
–Tengo buenas noticias.
–¿Qué? ¿De verdad? –me incorporé.
–Todo está bien, no ha sido nada más que sangre.
–¿Pero eso no es grave? –pregunté incrédula.
–Lo es, pero sólo fue eso y nada más. Tu bebé está bien, y vos también.
–¡Ay doctor, venga! ¡Lo amo! –extendí los brazos hacia él.
–Un momento, un momento.
–¿Qué? ¿Pasa algo más?
–No, solo quiero decirte que esto fue un importante aviso. A partir de hoy, reposo. Y con reposo me refiero a guardar cama. Podés salir a caminar, sin cansarte y mirando bien por dónde caminás para no caerte, y sólo si el día está templado. Y nada de fuerzas, disgustos, emociones fuertes…
–Emociones fuertes. Voy a casarme, eso será una emoción fuerte para mí.
–Bueno, tratá de que no te afecte tanto. Mercy, debés cuidarte. Más que una orden, es un ruego.
–Tranquilo doctor, lo haré. Debo cuidar mucho a mi bebé.
Cuando se fueron, mi madre entró con un vaso de jugo de naranja.
–¿Mejor?
–Mucho.
–Qué bueno verte sonreír. Este jugo recién exprimido te ayudará. ¿Vas a llamar a Richard?
–Creo que ahora no, no pasó nada, no es necesario.
–¿Creés que no es necesario? Se dará cuenta cuando vuelvas y así, de pronto, tengas que hacer reposo. Sospechará que algo te pasó acá, no se lo ocultes.
–Es que no sé cómo decirle, igual se pondrá como loco y querrá venir, y no quiero perjudicarlo, están ensayando para la gira, o para otro disco, o algo así…
–Mercy, ¿se irá de gira con vos así? –me miró angustiada–¿Quién te cuidará entonces? Si tan sólo vivieras aquí…
–Otra con Londres. Él también quiere que nos mudemos.
–Me parece lo mejor. ¿Querés que lo llame? Después de todo, nunca he hablando bien con él.
–Está bien, pero no le digas sobre Londres, ni sobre la gira, ni nada. Sólo hablale de lo que pasó.
–Eso haré, tranquila.
Con desconfianza le di mi libreta de teléfonos y escuché agazapada detrás de la puerta su conversación. Cumplió, no le habló de nada más que de lo ocurrido y lo convenció de que se quedara en Liverpool. Al final, hasta la escuché reír y bromear con él. Sonreí, las cosas iban bien otra vez.




Dos días después, el cielo amaneció completamente despejado y el calor, que ese verano brillaba por su ausencia, al fin apareció. Empujé las mantas y me levanté de la cama, dándole una patadita a Jonathan, que dormía en un colchón a mi lado. La habitación de huéspedes estaba tan llena de trastos que no se podía entrar, y él decía que dormir en el suelo enderezaba la espalda. Además, mi madre no hacía ningún escándalo porque sabía de la condición de Jonathan y él no era un peligro dentro de la habitación de una señorita como yo. Obviaba, por supuesto, que la señorita ya estaba embarazada.
–¿Qué hacés? –se quejó–¡Ey, no podés levantarte!
–Claro que sí, hace un día espléndido, quiero caminar. Y tenemos que hacer algo importante, a eso vinimos.



–No te movés de acá.
La voz de mi madre fue terminante, como siempre que daba por finalizada una conversación.
–Pero mamá…
–Nada. No podés salir, la casa del modisto está muy lejos, no podes llegar caminando. ¡Por Dios Mercy, hace dos días casi perdés un embarazo! Dejá esa terquedad por unos meses.
–Pero el vestido es muy importante...
–Ya lo sé, pero no podés salir de la cama directamente a la calle. Te llevaré.
–Mamá, no. Ya sabemos que tenemos gustos muy distintos y todo termina de una misma forma: peleándonos. Y yo no puedo pelearme con nadie.
–Y eso es un gran sacrificio para ella. –rió Jonathan.
–Ya lo creo que será un sacrificio. Está bien, como siempre, ganaste. Jonathan, te pido encarecidamente que cuando la veas aunque sea mínimamente cansada, la hagas frenar, que se siente, le comprás agua y parás un taxi y vuelven.
–Pierda cuidado señora Elizabeth, así haré.
No hizo falta que Jonathan aplicase las órdenes  de mi madre, ya que descansé en cada tienda a la que entré para comprar ropa, o pavaditas para el bebé. Debía confesar que le había tomado el gusto a aquello, y me encantaba imaginar cómo le quedaría, en qué ocasiones lo usaría…
Al fin llegamos al negocio del modisto, un lugar que parecía muy lujoso. No sabía que mi madre frecuentaba lugares así.
–¿Trajiste la revista?
–Claro. –Jonathan dejó en el suelo todas las bolsas que le había hecho cargar y rebuscó en su mochila, hasta que sacó una revista doblada.
Apareció una chica bajita y pelirroja, muy simpática.
–¡Hola! ¿Qué deseaban?
–Emm…Vengo por mi vestido de novia. –en ese momento tomé plena conciencia de lo que acababa de decir. Yo. Pidiendo un vestido de novia. Aquello no podía ser.
–¿Ya está hecho?
–No, no, en realidad...digamos que…sería la primera vez que vengo y…
–¡Ah, aún no tenés  nada! –exclamó, seguramente acostumbrada a los repentinos nervios de las novias–Entonces deberán ver a Félix, ya lo llamo.
Desapareció detrás de una pesada cortina de terciopelo y esperamos viendo fotos de vestidos de todo tipo que colgaban en las paredes. Entró una chica acompañada  de otra y la empleada pelirroja las hizo pasar a una sala para probarle su vestido. Desde detrás de la cortina apareció un hombre alto, rubio, de traje blanco y…claramente gay. Vi que a Jonathan se le iluminaron los ojos.
–Hola soy Félix, como el gato. –rió–Katy me dijo que es la primera vez que venís. Pasen, veamos qué te gustaría.
Lo seguimos pasando la cortina, caminando por un pasillo corto, y entrando a una sala con muchos espejos, maniquíes, máquinas de coser, y telas por aquí y por allá.
–No seas puto. –le di un codazo a Jonathan, riéndome.
–¡Yo no soy eso! Ya te dije que esos son los que se acuestan con cualquier tipo, ¡y ya no soy así!
–Como digas…Pero sé muy bien cómo se mira a un hombre guapo, y estás haciendo eso.
–Habla la gran experta, que nunca tuvo ojos para otro que no sea el faroles azules.
Dejamos de reírnos cuando Félix se dirigió a nosotros para que nos pusiéramos cómodos en unos sillones.
–¿Cómo es tu nombre?
–Mercy Wells. Quizás conozcas a mi madre, Elizabeth.
–¿Sos la hija de Ellie? ¡Claro que la conozco, ha venido varias veces!
Sonreí, jamás supe de alguien que llamara Ellie  a mi madre.
–Perdón, ¿pero él es tu novio? Porque el novio no debe ver el vestido de la novia, es de mala suerte.
Jonathan se echó a reír, y yo también.
–Soy su amigo. –aclaró.
–Excelente idea venir con un amigo de confianza, siempre ayuda. ¿Y bien? ¿Qué te gustaría?
–Dale la revista. –le guiñé un ojo. Jonathan le alcanzó la revista donde habíamos visto el vestido que nos encantaba. Dejé que él se hiciera cargo de las explicaciones.
–Le gustó éste ni bien lo vio, y creo que le quedaría bien.
–Es muy bonito, y claro que le quedaría bien. ¿Con alguna modificación o sólo así?
–Creo que la falda no tendría que ser tan amplia porque…–dejó su entusiasta explicación y me miró.
–Es que estoy embarazada.
–Ah, entonces una falda amplia te haría notar más la pancita.–sonrió–¿De cuánto estás?
–Casi cinco.
–¡Qué dulce! Me encantan los bebés, mi hermana tiene uno de dos meses y amo cambiarlo.
–Yo aún no lo sé. –reí.–Me da miedo que se me caigan o cosas así.
–Ya aprenderás. Bien Mercy, te tomaré las medidas y luego te mostraré las telas para que elijas la que más te guste. Blanco, ¿no?
–No.
–Mercy, ¿qué tiene que ver el color con que estés embarazada? –Jonathan se quejó–No les hagas caso a las viejas.
–No es por las viejas, simplemente no me gusta el blanco. Quiero que sea blanco pero no súper blanco.
–¿Blanco roto, tiza…?
–Cualquiera, menos blanco impecable, no soy una maldita lámpara fluorescente.
Félix se echó a reír y dijo que coincidía aunque para él su color favorito era era ese, por eso se dedicaba a vestir novias.
Luego de una hora, mucho más de lo que había estado en una tienda de ropa en toda mi vida, nos fuimos. Cuando volvimos a casa ya era mediodía, así que almorcé y me fui a la cama. Jonathan volvió a salir, alegó que quería comprarse zapatos para la boda. Desperté unas horas después, cuando lo escuché armar su maleta, ya que a la mañana siguiente volvíamos a casa.
–¿Compraste los zapatos?
–No conseguí.
Lo dijo con una sonrisa, muy extraño porque conociéndolo, no conseguir algo que le gustaba lo enojaba y lo frustraba.
–Me parece que vos no fuiste a comprar zapatos.
Amplió  aún más su sonrisa y se sentó en mi cama.
–Fui a ver a Félix.
–Y decís que no sos pu…
–Mercy, es amor.
–Ey, ¿no vas un poco rápido? ¿Amor?
–Amor a primera vista, sí. Yo creo en eso.
–Bueno, a mí me pasó algo parecido aunque tardé en darme cuenta, o aceptarlo…Por lo que veo, te fue bien.
–Fui, dije que habíamos olvidado hablar del tema del tocado, cosa completamente cierta.
–Jonathan, no quiero tocado…
–Me da igual, usé esa excusa. Le llevé una rosa, blanca. ¿No soy un genio? –Sí, lo que digas. ¿Y qué más?
–Charlamos de eso y…le pedí su número de teléfono. Me animé y lo hice. ¡Es italiano! ¿Podés creerlo? Aunque yo ni me di cuenta. Me contó que está algo triste porque su pareja lo dejó por una chica.
–Qué traición. Aceptalo, las mujeres siempre seremos la mejor opción.
–Las amo, pero no de la forma en la que debería, lo siento. Mercy, ¿creés que esta vez tendré suerte?
–¿Por qué no? Pero andá con cuidado, te ilusionás muy rápido. Perdoname que te lo diga, pero sos muy inocente.
–Ya lo sé. –bajó la mirada–Él parece diferente, lo veo buena persona, como tu faroles azules.
–No te metas con mi faroles.
–¡No seas tonta! –rió–A tu Richard lo veo como un amigo que es buena gente. Yo no le conté nada de mi pasado, ¿creés que si empezamos algo y si se lo cuento, me dejará?
–¿Cómo te va dejar por eso? Sería de imbécil. Algunos tienen suerte, como él que tiene una gran tienda, y otros no, como vos. Aunque vos casi tenés tu propia tienda también.
–Sólo soy tu empleado del mes. –sonrió.
–Jonathan, tenía pensado decirte que te hicieras cargo de la tienda. Tendré que venirme  a Londres, no me queda más remedio, y no pienso cerrar mi negocio. Pero si empezás algo con Félix, también querrás estar en Londres…
–Mercy, ¿planeabas dejarme a cargo de la librería?
–Sí, pero ahora sólo sería un inconveniente para vos y…
Me dio un abrazo sorpresivo que casi me dejó sin respiración.
–Gracias por tu confianza. Me haré cargo, lo prometo, jamás será un inconveniente. Gracias por tanto, Mercy.





Creo que el tren no alcanzó a llegar que Richard ya estaba arriba, besándome y agarrando mi maleta y mis bolsas, todo a la vez.
–¿Cómo estás, cómo estás, cómo es…?
–Estoy bien, estoy bien, ¡estoy bien! ¿Lo ves? Entera y hasta más gorda. No hay nada que hacerle, la comida de mi madre alimenta de verdad. ¿Cómo estás v…?
No pude seguir, estaba besándome otra vez y sonreí para mis adentros, sintiendo esas locas maripositas que esperaba y deseaba con todo mi corazón que jamás se fueran.
–¿Qué pasó? –dijo separándose–Tu mamá ya me contó pero igual quiero saber.
–Sólo un susto, pero debo hacer reposo absoluto. Y no te preocupes, vos seguí con las cosas de la banda que yo me arreglo sola.
–Pero…
–Pero nada. Si voy a ser tu esposa tengo que ayudarte con tu trabajo y no vivir cargándote de problemas. Así que vos ocupate de todo lo que tengas, yo estaré en la cama, durmiendo. Que además, es mi especialidad.
Sonrió apenas, asintiendo.
–De todos modos te cuidaré al máximo.
–¡Oigan! ¿No piensan bajar?
Vimos al guarda, que asomado desde el andén nos miraba enojado.
–Sí, ya bajamos.
Jonathan, que ya estaba abajo, se partía de risa mientras Richard despotricaba contra los guardas insensibles.
–Tengo una pequeña sorpresa en tu casa, pero no sé si te gustará.
–¿Sorpresa? ¿Y por qué no me gustaría?
–No sé, quizás te incomode.
Durante el camino en su auto pensaba qué podía ser aquella sorpresa, así que sólo hablé para despedirme de Jonathan, que insistía en que lo dejáramos en su casa porque debía hacer un llamado importante. Le deseé suerte con su italiano y pronto llegamos a casa. Cuando abrí la puerta vi que estaba una mesa dispuesta con flores, globos, y comida.
–¡Hola Mercy!
Sorprendida, abracé a Elsie.
–Richard me propuso hacerte una comida especial que te gustara para recibirte, y a último momento se echó para atrás.
–¿Cómo es eso? –lo miré curiosa y divertida.
–Es que…–bajó la vista–es tu casa y me pareció una intromisión que entrara yo y también mi madre y…
–Elsie, educó demasiado a su hijo, ¡mire lo que dice! Si me encanta la sorpresa, ¡y lo que se huele desde acá!
–¿De verdad? –preguntó tímido.
–De verdad, tonto. Es un detalle precioso. –le di un beso pequeño para no andar escandalizando a la que iba a ser mi suegra.
–Bien, los dejo solos.
–¿Qué? No Elsie, quiero que se quede, y su marido también quiero que venga.
–¿Te parece?
–¡Claro, sino no los estaría invitando! ¿O vos querías que comiéramos solos? –miré a Richard, que parecía más que contento.
–No, me encantaría que almorcemos todos juntos.
–¡Perfecto!
Almorzamos juntos y charlamos animadamente, aunque mil veces tuve que explicarles que me encontraba bien. Se los veía felices de tener un nieto, y a mí me hacía feliz que ellos lo estuvieran.
Luego fui a acostarme, agradeciendo tener una suegra que, según parecía, me quería mucho. En eso no me podía quejar: Elsie y su marido me aceptaban y querían, Harry era un padrastro que se preocupaba por mí como si fuera su hija, y Mimi ya era como mi segunda madre. La gente mayor me caía bien, y yo a ellos.
Cuando desperté fue porque escuchaba ruidos raros. Quizás estaba soñando con mi hijo, porque escuchaba quejidos de bebé, pero parecían demasiado reales. Abrí los ojos y sí, eran reales porque había un bebé al lado mío. ¿Pero qué mier…?
–¡Saludá a la madrina Mercy!
–¿Cris? –me incorporé–¿Qué estás haciendo acá?
–Hermoso recibimiento, vos siempre tan educada. Traje a tu ahijado para que te visite.
–Bueno…¡Hola a los dos!
–Richard se fue con el señor padre de esta criatura, así que me quedé a cuidarte. Obedecerás mis órdenes, ¿está claro?
–Como digas, jefa. Ey, qué bonito está este bebé…
–Tenelo.
–No, no sé.
–Te voy a dar lecciones, practicarás con mi hijo y eso me da bastante sufrimiento pero todo sea por salvar a otra criatura de una madre inexperta. ¡Ay, compraste ropa! –miró dentro de las bolsas que habían quedado desparramadas–Hay cosas tan bonitas, le compraría todo a Jack, ¿verdad bebé?
Jack pareció sonreírle desde su lado en mi cama, lado del que yo no osaba moverlo.
–Vamos, agarralo, no se va a romper. Es así. –me lo puso en brazos, la criatura, por supuesto, se largó a llorar.
–¿Ves que no sirvo?
–Shh. Hablale, movelo despacito. Acunalo.
–¿Pero qué le digo?
–¡Y yo qué sé! Algo lindo, no el pronóstico del tiempo.
–Bueno…Hola Jack, no llores, estás con tu madrina, ¿te acordás de mí? Te regalé un tren, muy pronto jugaremos con él.
–John ya le gastó las pilas.
–Tu padre es un desastre, nunca seas como él. Ey, mirá, ya se calmó.
–¿Ves que no era tan difícil? Hasta tiene ganas de quedarse dormido. –le acarició la cabecita y Jack pareció adormilarse aún más–Contame qué te pasó allá.
–Fue horrible, pensé lo peor. Tenía dolor, había sangre, un desastre. Ahora tengo miedo, ¿mirá si se repite?
–No, no te pasará otra vez si te cuidás bien. Nada de locuras, ni…
–Cris, creo que tu hijo se hizo encima.
–¿Otra vez? Ya me parecía.
–¿Lo puedo cambiar yo?
–Como quieras. Iré por las cosas.
Con cuidado salí de la cama y me puse unas pantuflas, mientras ella bajaba por el bolso.
–Bien, ya estoy acá. Te explicaré cómo se hace, no es difícil.
Rápidamente me dijo algunas cosas  y rápidamente aprendí. Jack ni se enteró de las manipulaciones que le estaba haciendo y eso era señal de que lo hacía muy bien, o que él tenía mucho sueño.
–Cuando tengas práctica, lo harás cada vez más rápido, incluso irás superando tus propios récords. Lo pondré en su coche así se duerme tranquilo. Y vos, a la cama.
–Pero…
–A la cama, Wells.
Protestando, me metí otra vez y me tapé hasta la cabeza. El teléfono sonó, estridente, y lo puteé por hacer tanto barullo cuando Jack se había dormido. Atendí enseguida para que se callara de una vez.
–¿Quién habla? –dije con todo mi malhumor.
–Soy Cyril, ¿estás enojada?
–Ah, Cyril…–Cris se sentó a mi lado, atenta–Sí, estoy enojada porque casi despertás  a un bebé con tu llamada.
–¿Un bebé? ¿Ya pariste y no me enteré?
–Qué bobo sos. Es mi ahijado.
Escuché su risita y por detrás el sonido de una ambulancia. Claramente estaba en el hospital.
–¿Cómo estás? ¿Tenés dolores?
–No, me siento perfecta.
–Me imagino que estarás cumpliendo las órdenes del médico.
–Por supuesto, estoy en cama, y hoy almorcé abundante.
–Bien, al fin te portás como se debe.
Se hizo un pequeño silencio y hubiera pensado que la comunicación se había cortado de no ser por el barullo que se escuchaba.
–¿Cyril, estás?
–Ah sí, sí. Mercy, quiero decirte algo.
Cris ya tenía la oreja pegada al tubo del teléfono e intentaba escuchar. Me miró asustada al oír eso.  
–Colgá. –susurró.
Negué con la cabeza.
–¿Qué tenés que decirme?
–Bueno…he empezado a salir con Flor.
Escuché el suspiro de alivio de Cris, pero igual nos miramos extrañadas, con cara de “¿Y con eso qué?”
–Ahh…¿Y por qué me contás eso?
–Porque somos amigos.
Otra vez nos miramos sin entender nada, y ella me hizo señas con los dedos en posición de tijera, para que cortara aquella conversación.
–Cyril, no somos amigos. Yo soy tu paciente, vos mi médico, y nuestra relación es esa aunque bastante estrecha.
–Tenés razón, no debí decir eso. Sólo que ya sabés lo que me pasa con vos, y quería decírtelo.
–¿Para qué? ¿Para que te de mi permiso?
–No Mercy, no…Solamente para informarte.
–Ok, ya estoy informada, pero de todos modos no creo que sea obligación que me digas, es tu vida y hacés lo que querés.
–Ya sé que no es obligación. Sólo quería decírtelo aunque entre nosotros nuca haya pasado nada.
–Exacto, nunca pasó nada. Suerte, parece buena chica.
–Lo es. Ah, recordá que en quince días tenés que hacerte controles.
–Lo recuerdo, tranquilo. Nos vemos.
–Nos vemos, Mercy.
–Por Dios, ese tipo…–dijo Cris ni bien colgué–¡Está loco! Más bien, loco por vos.
–Me da pena.
–Pena, pena…Para mí es un pesado. Espero que se le pase el metejón cuando salga más veces con esa otra chica.
–Eso espero, porque hasta me siento culpable. No debí haberlo besado aquella vez.
–Lo hecho, hecho está. Que se arregle como pueda, ¿qué vas a hacer? Porque es tu médico  y nada menos que cardiólogo, y esos son peligrosos, que sino, me escuchaba. Concentrate en vos y en ese bebé que tenés ahí.
Asentí, tenía razón. Cyril me daba pena, pero era hora de que entendiera que no me interesaba, que ya tenía mi vida más o menos armada pese a que los resultados podía no ser como los esperaba, pero él debía entenderlo y hacer su vida.





Jonathan abrió los ojos como platos cuando me vio entrando a la librería.
–¡Por las cuentas del rosario! Mercy Wells, ¿qué hacés acá?
–Hoy es un día templado, la librería está cerca, por lo tanto no me cansé, vine sólo por un rato, estaré sentada y no levantaré ninguna pesada enciclopedia. Hola, ¿qué deseaba? –saludé a una clienta que acababa de entrar. Jonathan no me quitó de encima sus ojos enojados.
La clienta quería unos libros que estaban en unos estantes altos, así que le dije a Jonathan que subiera a una escalerita y me los alcanzara. Así le hacía ver que me portaba bien, y reafirmaba mi autoridad de jefa total y malévola. Me los alcanzó, todavía clavándome su mirada.
–Esta mañana llamó Félix. –dijo mientras la clienta hojeaba los libros. Su mirada se transformó.
–¿Llamó o llamaste?
–Llamó. –sonrió–Dijo que ya tiene casi terminada la parte de arriba de tu vestido.
–Qué rapidez. ¿Los lleva?
La mujer asintió y sacó su billetera.
–En unos diez días te espera.
–Nos espera, querrás decir.
Rió y despedimos  a la clienta, que casi chocó con el, siempre atropellado, John.
–¡Mercy Wells! ¿Qué se supone que estás haciendo acá?
–¡John Winston Lennon! Lo mismo te pregunto. Dudo que hayas venido a comprar un libro, básicamente porque no sabés leer.
–El reposo te afila más la lengua, ¿eh? ¿No era que debías estar en cama? Yo no veo ninguna cama por aquí. Vamos, a casa, ya.
–No me hables como si fuera un perro. No voy a ir, recién llegué y estoy muy bien. Y todavía no me dijiste a qué venís.
–Pasaba, nada más. Playboy no vendés, ¿no? Ah cierto que sos una futura madre.
–Dale, seguí jodiendo y le digo a tu mujer lo que andás buscando, para que esta noche haga tortilla de papas y huevos. Los tuyos.
Jonathan largó una carcajada y John se me acercó para despeinarme, como siempre.
–Hay que verte…Es la primera vez que estás gordita. Bah, gordita, al fin tenés una contextura de persona, no de escoba. ¿Te estás cuidando?
–Sí.
–No sé porqué debería creerte si la última vez que te pregunté eso también me dijiste que sí y a los dos meses me enteré que estabas embarazada.
–¡Nunca me preguntaste nada!
–Es verdad, creo que no. No me comporté como un verdadero hermano, debería haberte dicho para que te cuidaras de ese arbusto salvaje que te preñó.
–¡No soy una vaca!
–Bueno, bueno…Ahora en serio, ¿de verdad te estás cuidando?  No tendrías que estar acá.
–Ya te dije que estoy bien, no me pasó nada. ¿Vos estás bien?
–Excelente. En nada otro disco. Escuchá a mis fans, Wells: “¡John te amoooo!”
–Sigue en pie lo de decirle a Cris sobre la tortilla, ¿eh?
–Ay no se puede bromear con vos. Ey, ¿ya pensaron nombres?
–Ehh…no.
–¿No? ¿Pero qué clase de padres son? Ya lo veo: la criatura nace y si es niño, Richard, y si es niña, Mercy. La imaginación al poder.
–Es que aún no sé…
Jonathan dejó caer delante de mí un libro de nombres y chocó su mano contra la de Johm que reía como loco.
–Entretenete, pero apurate. Aunque, yo sé que…No, creo que no debería decirte.
–John, ¿para qué empezás a hablar si no vas a terminar?
–Ay, está bien. Escuché a tu…¿cómo llamás al futuro marido de esta cosa? –miró a Jonathan
–Faroles azules. –rió.
–Escuché al faroles azules decir que él ya tiene nombres pensados. Si no te dijo nada, lamento informarte que la comunicación en la pareja no es buena, y la comunicación es la base de t…
–Ay basta John, me hacés doler la cabeza con tanta cosa. ¿Dijo eso?
–George le preguntó, porque es un chusmo. Y él contestó eso. Fijate que no sea algo horrible, como Tancredo o Antonieta, que ya sabemos que tiene gustos raros, con el sólo hecho de casarse con vos…
–Preguntale. –Jonathan también insistió–Y elegí vos, que sos la que lo tiene.
–Tenés razón, ella lo va a parir, ella elige el nombre.
–John y Jon, ¿me dejan en paz?
–Está bien, comadre. ¿Y quiénes serán tus padrinos de boda? ¿Puedo yo?
–No.
–¿Por qué?
–Porque no. No sé quién podría ser…
–Tendrías que elegir el padrino, y Richard la madrina.
–Será su madre, seguro. Dale, ¿puedo ser yo?
–Te dije que no. Elegiré a Harry.
–¿Harry? ¿Qué Harry? ¿El marido de tu madre?
–Sí.
–¡Si lo odiás!
–Ay John, nunca lo odié, simplemente me caía mal por el papel que tenía en mi familia, pero es bueno, y sé que me quiere, y yo le he tomado cariño.
–No te creo.
–Si tu tía tuviera novio…
–¿Mimi con novio? ¡Ay quiero ver eso!
–Supongamos que lo ves. ¿Qué harías?
–No sé, reírme.
–Hablo en serio.
–No me gustaría mucho…Es mi tía, ¿qué tiene que hacer un tipo en su casa? No, no.
–Pero si ese novio de tu tía, fuera una persona honesta, que le hace compañía, no la hace renegar como vos, y ves que ella se siente bien, ¿lo odiarías?
–Pues…no. No tendría razones, la verdad. Y trataría de llevarme bien con él, pero ya tomarle cariño…
–Bueno, yo comprendí eso, y después terminé tomándole cariño. No como un padre, claro.
Asintió con lentitud, al fin se había puesto serio. Después levantó la vista.
–Mercy, ¿me acompañás a un lugar? No es lejos.
–Claro.
Nos despedimos de Jonathan y lo seguí sin saber muy bien adónde me llevaba. Hasta que me di cuenta.
–John, ni sueñes que iré a Strawberry Field.
–¿Cómo lo supiste?
–Repito: no iré. No puedo andar saltando tapias, además, ¿para qué?
No contestó, sólo me agarró de una mano y prácticamente me arrastró allí.
–Hace mucho que no venía.
–Yo también. ¿Y qué hacemos acá? –me agarré a uno de los barrotes del gran portón.
–No sé…Estoy algo asustado.
Lo miré extrañada, no entendía porqué hablaba así. Me ignoró y continuó.
–Creo que esto se me irá de las manos. Me gusta pero…no sé si podré controlarlo, o mantenerlo. No quiero ser un fracaso al que le fue bien un tiempo y después desapareció. y a la vez, no quiero que esto se agrande. ¿Entendés?
–Sí. Me pasa igual.
–Si vos no estás en la banda. –rió apenas.
–No, pero igual me asusta. Mirá si se la creen y dejan de ser como son ahora y se van con rubias millonarias y  no saludan más a la gente que los conoce de toda la vida…No sé.
–No quiero eso, ni para mí, ni para la gente que quiero. Ahora tengo un hijo, no quiero que nada lo afecte. Ay, todo es un lío, maldito el día que dije que haría una banda.
–John, ese día fue un gran día, ya lo verás. Sólo no hagas cosas de las que puedas arrepentirte. Confío en que lo sabrás manejar, a eso y a tus fans gritándote que te aman.
Rió  apenas otra vez y negó con la cabeza.
–También tengo miedo por vos. Si te pasa algo…eso, ¿qué pasará? No podría superarlo nunca. Bueno, yo no importo, pero si tenés al bebé, ¿qué pasaría? Y Richard, y Cris…y todos. Wells, haceme el favor de no morirte.
–Sabés que no me gusta hacerte favores. –le di un golpecito en el brazo.
–Sos una maldita. Pero prometemelo, aunque sea.
–Te lo prometo, hermano.
–Y yo te prometo que sabré manejar todo esto que ya tengo encima.
–Perfecto.

–Bueno, vámonos, parece que va a llover y no es cuestión que encima te engripes. Ah, ¿sabías que ya le gasté las pilas al tren?






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Hola! Volví! Paso rapido a dejarles este capi y decirles que el capi final ya tiene sus primeros esbozos...Sí, muy triste todo, pero no desesperen, aún quedan cosas en este fic que amo tanto.
Antes de irme, saludo a Aye que ayer fue su cumple!
Nos vemos en el próximo!