08 enero 2014

Capitulo 74 Decisiones

Estiré mi brazo lo más que pude, hasta llegar a la mesa de noche de mi padre. Abrí el primer cajón y revolví hasta que en la oscuridad reconocí el paquete de aspirinas y otros medicamentos. Tomé una y la tragué. Tosí, media ahogada, me senté en la cama que era de mis padres y me agarré la cabeza con las dos manos, cerrando los ojos. En mi vida había sentido tal dolor de cabeza. Era la consecuencia directa del golpazo que me había dado por culpa de Marcia. Para colmo, se había cortado la electricidad de modo inexplicable, así que todo estaba a oscuras y yo sin siquiera una vela. Me mantuve en la misma posición hasta que sentí que el dolor iba amainando. Por las dudas, tomé otra aspirina y la tragué, y otra vez volví a ahogarme. Dirán porqué soy tan bestia  como parta tragarlas así. Digo que era porque no tenía agua, del mismo modo inexplicable que no tenía luz.
Esperé hasta que el dolor desapareció y caminé a tientas hasta mi habitación. Allí me quedé dormida. Tan dormida que cuando desperté...
-¿Qué? ¿Las 12? –grité al ver la hora -¡Y yo sin bañarme, ni vestirme, ni peinarme, ni maquillarme, ni comer!
Corrí al baño, me dio un duchazo más que rápido y bajé a comer algo. Ahora dirán porqué tanto apuro. La respuesta es que a las cuatro de la tarde tenía un casamiento. Sí, había llegado el momento de la vida en el que tus amigos te invitan a sus bodas. No sabía si eso era bueno o qué.
El casamiento en cuestión era el de Majo e Ivan. Apresurado quizás, pero ellos habían decidido así, y cada quien hace lo que quiere, ¿no? El único que no estaba de acuerdo era Paul, pero su opinión, como siempre, no valía, o eso le decía siempre para molestarlo.
Luego de comer y vestirme, mientras luchaba con mi cabello, llegó John. Como él ya estaba listo, ya que todos los hombres son rápidos para arreglarse, se distendió en la sala, fumando y mirando televisión.
-Faaa…qué hermana tengo.-dijo al verme bajar las escaleras- A ver, una vueltita. Bien, muy bien, una modelo.
-Uy si.
-Claro, dedicate a eso. Conseguirás mucho dinero, fama,  te casarás con un millonario, tendrás escándalos que saldrán en la tele y lo mejor…me harás famoso a mí.
-Siempre queriendo sacar tajada. ¡Ay, como odio estos zapatos! ¡No sé caminar con tacos!
-Que vergüenza, una chica grande que no sabe usar zapatos. Bueno vamos, que se hace tarde.
Media hora después, estábamos en plena ceremonia. Majo se veía más que bella con su vestido blanco, Ivan mas guapo que de costumbre con un elegante traje. Ambos, felices.
-¿No supiste nada de Marcia?
-John, ¿acá me venís a preguntar sobre ésa? No, no sé nada. Y callate.
-Maldita puta de mi…
-¡John estamos en la iglesia!
-Me aburro…
Miró a todos lados, indiferente. De vez en cuando saludaba a conocidos o simulaba llorar como las viejas que estaban en primera fila. Le daba codazos, pero era en vano.
Cuando le cura dio permiso para besar  ala novia, empezó a los gritos.
-¡Vamos! ¡Otra, otra! ¡Apriete que no se abolla!
Casi me meto abajo del banco de la vergüenza que me dio, pese a la risotada general, incluida la del cura.


La fiesta en el jardín (y calle) de los McCartney se desarrollaba con la normalidad de las fiestas de casamiento: mucha comida, mucha bebida, mujeres cotorreando, borrachos, música, chanzas, carcajadas en altos decibeles. Paul miraba a su hermana y negaba con la cabeza, era la más pequeña y la primera en casarse, una barbaridad para él.
-Vamos a ver si este cambia esa cara de marmota. –George, que se tambaleaba, agarró una botella de cerveza y se acercó a Paul. Este lo miró, indiferente. George se acercó más y le vació la botella en la cabeza. Todos estallaron en risas, hasta Paul, que luego de la primera rabia, se unió a la joda.
-Vos, no toques ni un vaso. Tomá agua de la canilla.
-John…
-Wells.
-¡Pero todos toman! ¡Sólo un poquito!
-No.
Lo miré con odio, ya sabía que me hacía mal pero en ese momento no me importaba, se suponía que había que festejar y no quería ser la única sobria de la fiesta. Sí, así de inmadura tenía la mente.
Caminé hacia el interior de la casa, buscando el baño, y me topé con Jim, Mike y varios McCartneys más.
-Ey Mercy –saludó el hermano de Paul-Vení, no seas tímida.
-¿Es tu novia, chico? –sonrió uno de los hombres.
-Que vaaa…es amiga de Paul. ¿Querés? –me tendió un pequeño vasito, con algo transparente.
-¿Es anís? –pregunté al sentir el fuerte aroma.
-Sí, cuidado que está fuerte.
-Eso ya lo sé –sonrió.
Dudé en tomarlo o no, recordaba la advertencia de John, pero acepté, no sólo ese vaso sino todos los que me ofrecieron. Apenas una hora después, me reía de cualquier pelotudez.
-¡Vivan los novios! –grité dos o tres veces, en el jardín. John me miró severamente, pero después comenzó a reírse, también iba bastante “alegre” como el resto de los presentes.
-Majo, te felicito. –dije tratando de que la lengua no se me trabara-A vos también Ivan, ¿Te acordás de la vez que me dijiste que yo te gus…?
-Shh…-me tapó la boca con la mano a la vez que enrojecía hasta las orejas. Majo comenzó a reírse a carcajadas.
-¡Si yo lo sé! –otra vez volvió a reírse y otra vez los felicité.
-Hermana, vámonos.-John prácticamente se colgó de mí, iba peor que yo.
-Está bien. ¡Salud para todos y felicitaciones!



-¡¡¡Amparooooo!!!
Si dos borrachos por la calle son algo digno de mirar, dos borrachos como John y yo directamente era un show. Ninguno de los dos podía caminar bien, nos reíamos y peleábamos al mismo tiempo, gritábamos y cantábamos.
-¡¡¡Amparooo!!!
-Uy, dejá de gritar ¡borracha!
-Pfff mirate vos –le di un empujón que lo hizo trastabillar a él y a mí.
-Me parece que tomamos mucho, la calle era derecha y ahora no.
Largué una carcajada y le di otro empujón.
-Ay esperá, ¡esperame carajo! –me agarré de uno de sus hombros y levanté un pie –Me voy a sacar los zapatos, no aguanto más.
-¿Vas a andar descalza?
-Sí.-me descalcé y caminé junto él, con el mismo paso vacilante y con los zapatos en la mano.
-Ay ayy ay aaayyyyy canta y no ioreeeesss…
Otra vez me reí como tonta y nos quedamos en silencio.
-¿A que pateo este tacho de basura?
-No hagas pavadas.
-¡Dale, dale!
-Te vas a lastimar, tarada.
Di una patada en el aire, imitando a un karateka y me caí sentada. Ambos prorrumpimos en carcajadas espantosas. Cuando recuperé el aire, me ayudó a levantarme.
-¿Querés que imite animales?
-No John.
-Mirá, puedo ser un elefante, ¡el elefante del rock!
-Uy, después la borracha soy yo.
-¡O una jirafa de rock and roll!
-Dejate de joder…-le di un golpe en el hombro, se quejó.
-Ay, se nota que te emborrachaste con anís, estás violenta. ¡Puedo ser el malvón, tu malvón de rock and roll!
-Idiota. Mirá, ya llegamos a casa.
-Mimi no me dejará entrar así, estaré borracho pero  me doy cuenta que así me  va a matar, ¿entendés? Mimi me va a matar.
-Dormí acá. –abrí mi bolso y busqué, busqué  y rebusqué. Nada. –John…las llaves…
-¿Qué pasa?
-No las tengo.
-¿Eh? No puede ser –me arrancó el bolso de las manos y l odio vuelta. Todas las cosas cayeron al medio de la calle. Se puso en cuclillas y miró –A ver qué hay por aquí…Aros rotos, perfume, papelitos, lapiceras, caramelos viejos, ¿imanes para la heladera? Anotadores, pinturas...Las dos cosas más importantes no están.
-¿Qué cosas?
-Las llaves y condones.
-Estúpido. ¿Y ahora qué hacemos?
-Volver será en vano, la casa de Macca está patas para arriba. Nada, no haremos nada. Dormir será lo mejor. –se sentó en el umbral de la puerta.
-¿Y dónde?
-Acá.
No tenía ganas de protestar, así que me senté a su lado y apoyé mi cabeza en su hombro.
-¿Tenés frío?
-Algo.
Se sacó la chaqueta y me tapó, rezongó hasta que se quedó dormido.



-¡¡¡HOOLAAA!!!
-¡Ay la puta madre que lo parió! –grité sobresaltada. Me dolía el cuerpo y no entendía porqué hasta que vi que era de día y que  había dormido en la puerta de mi casa. Jonathan se desternillaba de la risa.
-¿Qué les pasa? Dejen de gritar….-John se agarró la cabeza, unas lágrimas de sueño le rodaron por las mejillas.
-¿Por qué duermen afuera?
-Porque nos gusta estar al fresco. ¿Por qué va a ser? ¡Perdimos las llaves! –John se puso de pie, se agarró la cintura. –Wells, te emborrachaste, ¡y se suponía que estabas a mi cargo y tenías que hacerme caso! En fin…me voy a casa.
Cruzó la calle, continuando con sus quejas. Mimi abrió la puerta y comenzó a decirle de todo, al parecer ya había visto que su sobrino dormía en la vereda de la casa de enfrente. Miré  a Jonathan, que seguía riéndose.
-Como ves, esta es tu jefa. Ay…¡quiero mis llaves! ¡Quiero dormir!
-Vení a mi casa.
-¿Eh?
-Vení a mi casa, aunque sea hasta que se despierte alguien de la fiesta y encuentre tus llaves.
-Está bien, no voy a negarme, quiero dormir.





La madre de Jonathan me miró con gracia. Seguramente mi aspecto dejaba mucho que desear en una jefa.
-Mamá, Mercy dormirá un rato, estuvo de boda y perdió las llaves.
-Ah, claro, dale el cuarto de huéspedes, tu habitación es un desorden.
Jonathan, con un gesto, me indicó que lo siguiera por las escaleras.
-Acá dormirás bien. –abrió una puerta y estiró el acolchado de una bonita cama blanca.
Me lancé allí  sin siquiera sacarme la ropa. Si se arrugaba, problema del japonés de la tintorería.
-Te despertaré al mediodía.
-Gracias Jo…-bostecé-…Jonathan.



Cuando desperté, no sabía ni dónde estaba, sólo sabía que otra vez me dolía mucho la cabeza. Jonathan estaba parado en la puerta.
-¡Al fin! ¡Ya te grité cuatro veces!
-Bueno, bueno, ya me levanto.
La madre de Jonathan había preparado una comida muy rica, que devoré, y me dio dos aspirinas para el dolor de cabeza. Después, Jonathan me acompañó hasta la casa de Paul. Aún dormían todos, menos él, que estaba sentado en la vereda, bostezando.
-Hola idiota, vine a ver si están mis llaves.
-Más respeto Wells. Y mirá qué borracha, perder las llaves…
-¿No las viste?
-No, para nada. –se le dibujó una sonrisita traviesa.
-Paul, te conozco. Dámelas.
-No las tengo.
-Dá-me-las. Ahora.
-¿Y si no telas doy?
Me abalancé sobre él y comencé a hacerle cosquillas. Lo dejé cuando pidió por favor  y por todos los santos que lo dejara en paz.
-Está bien, está bien, acá están. –jadeando, de su bolsillo sacó mis llaves con su llavero de Mickey.
-¿Dónde las encontraste? Porque no sé dónde las perdí, no abrí el bolso.
-No las encontré. Siempre estuvieron en mi bolsillo.
-¿Qué…? ¡Maldito, me las robaste!
Asintió, poniendo su cara de angelito convincente, pero conmigo eso no funcionaba. Comencé a pegarle con mi bolso en la cabeza.
-Ya, ya, que haya paz –dijo Jonathan, entre risas.
-¡Pero miralo vos al tonto este! Espero que no hayas sacado mas cosas.
-No había dinero.
-¡Delincuente!
Por toda respuesta me sacó la lengua.
-Bien, me voy antes de que siga pegándote. Nos vemos.
-Nos vemos Mercy Wells.
-Ah, me olvidaba: la semana que viene vas a Londres. Sin falta.
-¿Qué?
-Sí, vas. No postergues más.
Tomé a Jonathan del brazo y me fui, toda digna, dejándolo desconcertado, pero seguramente, bastante contento.



Era un día común y corriente en la librería. Sonaba de fondo una canción muy romántica de un cantante desconocido, y leía un libro de poesía. Jonathan leía Shakespeare, desde que se había enterado de que se daban clases de teatro, leía y leía, para que al momento de anotarse, ya supiera todo. Locuras de él.
Lo bueno era que me ponía bien verlo así. Del chico que encontré en la comisaría no quedaba nada. Ya no tenía miedo, se desenvolvía con facilidad en cualquier cosa, ayudaba, era responsable y sobre todo, estaba feliz y con ganas de hacer cosas nuevas. Ahora se le había dado por el teatro. Bien por él, porque yo lo apoyaría, en eso y en lo que quisiera.
Silbando, entró George, con una sonrisa.
-Uy, uy, se respira amor –bromeé.
-Acertás. Dame el disco más amoroso que tengas.
-No, no Harrisoncito. Nada de discos. Poné el cuerpo, andá y cantale una serenata. Ahora, fuera de bromas, ¿qué pasó?
Sonrió todavía más, y su mirada brilló.
-Pues me han aceptado. El padre es un buen tipo, y la madre también.
-¡Bien! ¡Lo sabía!
-Gracias por todo Wells. Sos Cupido.
-No me conviene, Cupido no se puede flechar a sí mismo.
-Qué tonta estás, ya te llegará. Ah, olvidaba algo: como agradecimiento, Juliet y yo te invitamos a comer.
-¿A mí?
-No, al perro. ¡Sí, a vos! Y ojo, no en la casa de ninguno de los dos, en un restaurant.
-Bu...bueno…no me lo esperaba…
-El fin de semana que viene, te pasamos a buscar  a tu casa. ¿El sábado te va bien?
-Sí, sí.
-Bien, preparate. –me guiñó un ojo y se fue con la misma sonrisita.





-Jonathan, llamó la vieja que gusta de vos.
Me miró sorprendido y solté una carcajada.
-Sí, la vieja, Dijo que sino le llevás los libros que encargó que está en cama.
-No pienso ir.
-Es un ratito, no te hará nada. Para mí que te quiere como hijo o sobrino, no otra cosa.
-Mmm…bueno, voy. ¡Pero mas vale que sea eso y no me haga nada!
-Vos cualquier cosa gritá.-reí, y me sacó la lengua. Metió los libros en una bolsa y salió con paso rápido.
-¡Ey! ¡Te olvidaste la cuenta! –le grité desde la puerta.
-¡La haré en el camino!
Me encogí de hombros y entré de vuelta al negocio. Me encaramé detrás del mostrador y abrí el libro de poesía. Seguía sonando el disco del cantante desconocido, que chorreaba azúcar, al igual que las poesías del libro. De pronto dejé de leer y apoyé la cabeza en mis manos, para perderme en mis pensamientos.
¿Qué hacía de mi vida? Ya tenía un futuro económico, pero ¿y lo demás? Ya empezaban a casarse, a seguir con su vida, y yo ahí, colgada de uno que ni veía y ni me registraba, porque él también estaba siguiendo con su vida. Y yo ahí. Suspiré, me hartaba pensar eso, torturarme, pero no lo podía evitar, veía soledad ante mis ojos. A veces pensaba que eso era lo mejor, vivir libre y sin ataduras, y a la vez…a la vez pensaba que eso no podía ser para mí, que necesitaba algo más.
-¡Buenas taaardeeees!
-¡Ahhhh! –grité asustada al ver casi pegados a mí los ojos verdes de Cris. -¡Qué susto!
-¿Cómo te vas a asustar de mí, ex empleada?
-Es que te apareciste en mi momento reflexivo.
-¿Sobre qué reflexionabas? –agarró un banco y se sentó frente a mi, a la vez que abría el libro que yo leía.
-Sobre mi vida. Estoy sola, terminaré solterona.
-Es lo mejor. ¿Qué hacés leyendo esta poesía berreta? ¡Qué asco!
-No es lo mejor…
-Ya sé que no es lo mejor, este autor apesta.
-¡Me refiero al futuro de mi vida!
-Ahh…Bueno, casate, como tu amiga.
-¿Con quién?
-Con Richard.
-Ay qué fácil lo decís. Él ya…
-Él ya está con otra, él no me quiere, él no me ve, él, él, y él. Basta de pensar en él, pensá en vos. Vos no estás con nadie, vos lo ves ,vos, vos y vos. Mas egoísmo carajo, ponele sangre a la cosa.
-¿Eh? ¿Lo tengo que matar?
-Ay no entendés nada. Ponete las pilas y lo vas a conseguir. Haceme caso. Si te va bien pongo un consultorio sentimental.
-Uff…Es muy dificil lo que planteás.
Se encogió de hombros y sacó un caramelo de menta de un bolsillo. Lo peló y se lo metió a la boca.
-Me contaron –dijo con la boca llena- que te vieron BORRACHA. Otra vez. Por eso estoy acá.
-Era por el casamiento.
-Me da igual por lo que fue. Vos estás borracha de vuelta y yo te interno en un coso de esos, de rehabilitación.
-¡No sos mi madre!
-No, pero le puedo contar. ¿Cómo la ves?
-Ay…está bien, no volverá a suceder. Lo prometo, lo juro. Nunca más. Así sea tu boda.
-Bien, me gusta eso.  
Se abrió la puerta y entró Paul, con un bolso al hombro. Tenía su sonrisa de encantador pintada en la cara, saludó y me miró interesado.
-Me voy.
-¿Eh?
-Que me voy.
-¿Te vas de Liverpool? –preguntó Cris -¿Te mudás?
-No, nada de eso. Me voy pero volveré. Le voy a hacer caso a Mercy.
-¿En qué? –preguntamos las dos.
-Me voy a Londres, a ver a Abby. Ya estamos grandes, hay que tomar decisiones, ¿no? Si alguno de los chicos te pregunta por mí, deciles que me fui, calculo que para mañana  a la tarde ya estaré de vuelta. Fui a ver a John  a la casa pero como siempre, no está.
-Me alegro de que me hagas caso. No porque me obedezcas, sino porque es lo mejor para vos. Ya veremos qué sale de todo esto.
-No sé…Sólo sé que voy, y que tomé el impulso necesario. Ah, no le dije nada al manager ese que tenemos…Que se encargue John. Bueno, nos vemos chicas.
-Buena suerte Paul.



**********
Siento que, por ser el primer capitulo del año, sea tan...malo. Sí, no me digan que no, está malísimo y no pude hacer nada por arreglarlo. Pido perdón a mis lectores.
Ahora sí, ¿cómo empezaron el 2014? Cuéntenme qué comieron y qué tomaron XD ¿Ya les han pasdo cosas lindas? Bueno, me alegro.
Ahora me retiro, pronto volveréééé.
Saludos. 


26 diciembre 2013

Capitulo 73 Locura

Desparramada en un cómodo sillón, leía tranquilamente al calor del solcito que entraba por la vidriera. Jonathan silbaba bajito mientras acomodaba los últimos libros en llegar. Había pasado un mes, el primer mes de mi negocio, y no me podía quejar. Si bien no podía decir que era una empresaria, tampoco estaba en bancarrota. Simplemente las cosas iban normales, y eso era bueno.
-¿Cuál puedo leer ahora? –Jonathan se plantó delante de mí, con un libro en cada mano.
-No leas más, pará un poco.
Negó con la cabeza y dejó sobre la mesa el libro que tnía en la mano izquierda, sin hacerme caso. Desde que habíamos abierto, Jontahan llevaba decenas de libros leídos en su afán de “ser un chico culto” y digno de trabajar en una librería. Leía sin descanso y a veces cualquier cosa, como libros de cocina cuando no sabía ni pelar una papa.
No tenía quejas con él, siempre estaba con una sonrisa, trabajaba bien, y los clientes lo adoraban, pero él sentía pánico cada vez que le pedían que les recomendara un libro. Por eso leía sin parar.
En cuanto a mí, podía decir que mi vida era muy cómoda. Mi sueño de vivir entre libros y discos, leerlos, escucharlos, dejarlos, escuchar otros, en fin, retozar todo el día entre ellos, se había cumplido. Sin embargo, extrañaba levantarme bien temprano, preparar café durante horas, escuchar chismes y los gritos de Cris.
-Hola bestia, hora de clase.
Sonreí al ver a George con la guitarra al hombro. Desde que abrí la librería, venía gustoso a dame “clase” aunque más charlábamos que otra cosa. Él había dejado sus habituales rezongos, siempre estaba contento, ya que lo dejaba escuchar discos. Para mí no era un problema ni me molestaba, sabía que era ordenado en esas cosas, y dejaba todo en su lugar.
-Sentante. –me puse de pie y le señalé el sillón. -¿Querés tomar algo?
-No, así estoy bien.
Agarré un banquito y me senté frente a él, con Violeta entre las manos.
-Quiero casarme.
Lo miré, tratando de saber si había escuchado bien y si era él quien había hablado.
-¿Cómo? –pregunté al fin.
-Que me quiero casar. Me voy a casar.
-Es muy lindo eso que decís, Georgie. –le sonreí con ternura. -¿Empezamos?
-Creo que no me entendiste bien. Me voy a casar, es un hecho. Y será lo antes posible.
Otro silencio de mi parte, y otra vez tratar de saber si había escuchado bien, o de ver en su rostro que todo era una broma.
-¿Qué?
-Lo que escuchaste.
-Maldito, la embarazaste.
-¡No es eso! –levantó las manos, protegiéndose la cabeza de un posible guitarrazo.
-¿Y entonces?
-Los padres de Juliet nos hacen la vida imposible. Y ya estamos grandes, así que decidí eso. Si ella está de acuerdo, será muy pronto.
-George, es una locura.
-No, no lo es.
-No tenés dinero. No tenés dónde vivir. Vamos, no tenés ni un pañuelo.
-Una vez me ofreciste dinero…¿eso sigue en pie?
-Para hacer locuras, no.
-Lo ofreciste para que nos escapáramos, ¿querés mas locura que eso?
-La cosa era distinta y…
-La cosa es igual.
Suspiré, negando con la cabeza.
-Dejámelo pensar, por favor. Pero mas que nada, pensalo vos.
-Yo ya lo tengo pensado.
Su voz y su mirada reflejaban seguridad, determinación. Muy a mi pesar, sabía que estaba realmente convencido de lo que iba a hacer.
-Antes de proponerle algo, dejámelo pensar, y ver si te convenzo de que es un delirio.
-Si vos fueras Juliet, y yo Richard, ¿qué dirías?
-No me trates de aflojar por ese lado, Harrison –repliqué, seria-No sabés cómo es mi vida, y yo tampoco sé cómo es la vida de ustedes.
-Lo harías, sí. –sonrió apenas- Pero pese a eso, te haré caso, lo volveré a pensar.



Turbada por la decisión de George, trataba de sonreírle a un cliente bastante pesado.
-Oiga, usted es muy bonita, ¿lo sabía?
-Sí, desde hace rato.
En mi tiempo en la cafetería, había aprendido a olfatear de lejos a los acosadores y viejos verdes, y este era un ejemplar de ellos. Yo, que pensaba que en el mundo de la literatura estaría a salvo, me había equivocado de plano. Y no sólo aparecían viejos, sino también jóvenes, atraídos porque yo era la dueña del negocio y quizás tenía mucho dinero.
Todos eran exprimidos primero, y espantados después: compraban cualquier cosa que les ofreciera, sin concederles ni media sonrisa. Me divertía, ya que cuando aparecían, era mi momento hijo de puta del día.
Jonathan hacía lo mismo, era lindo y atractivo para las chicas que desconocían quién verdaderamente era, y le compraban hasta las sillas. Ambos nos habíamos apodado “las viudas negras”.
-Bien, llevaré todo esto –el tipo señaló la pila de libros sobre el mostrador. Saqué la cuenta.
-Son 500.
-¿Ni un descuento?
-No.
-Está bien, pero notá que pago con gusto, dependientas como vos no se ven todos los días. –sonrió, socarrón. Lo miré con asco.
-Vuelva pronto. –le di el vuelto sin mirarlo.
-Perdé cuidado, lo haré.
-Por lo menos el sacaste 500. –Jonathan lo miró con desprecio.
-Me siento una mafiosa.
-En parte lo sos. –rió.-Emmm…¿escuché bien o George…?
-Sí, escuchaste bien. Y ahí viene la implicada.
Juliet entró apurada, haciendo sonar la campanilla de la puerta al cerrarla. Se apoyó en el mostrador, mirándome con preocupación.
-Mercy no sé qué hacer. George me dijo que te dijo.
-Sí, me dijo. –sonreí. –Y veo que ni esperó a que yo decidiera para decirte todo. A ver, ¿vos querés casarte?
-Sí.
-Ay Dios…¡y yo que esperaba que dijeras que no!
-¿Y por qué? Lo haría ya mismo, pero no tenemos dinero. Y no me quiero casar a escondidas como una delincuente.
-¿Y entonces?
-Entonces es necesario que alguien interceda entre nosotros y mis padres.
La miré, pestañeé y me golpeé la frente con la mano.
-No me digas que Santa Mercy debe interceder.
-Vos lo dijiste, sos una santa.
-So hubieras venido cinco minutos antes, no dirías lo mismo. A ver Juliet, tus padres ni me conocen, ¿qué voy a hacer? ¿Tocar timbre y decir ”Hola mi nombre es Mercy Wells y quiero que dejen casar a su hija con el enano Harrison”?
-Podría ser…
-No. Esto no es un programa de televisión. No sé, pedile a alguna tía o algo…
-Mis tías son viejas.
-Juliet yo no puedo, ni sé qué decirles, no me quiero involucrar en algo que…
-Por favor.

Y así fue que esa misma noche, estaba tocando el timbre de la casa de Juliet, y preparando mi culo para que me sacaran de allí a patadas. Suspiré y miré mis zapatos.
-Mierda, se embarraron.
-No es nada. –murmuró George a mis espaldas. Se retorcía las manos de los nervios que tenía.
Al fin abrieron la puerta y apareció una mujer no muy alta, de cabellos grises enrulados y vestido azul con flores.
-¿Sí? –se inclinó para verme mejor la cara, apenas iluminada por la luz del interior.
-Buenas noches señora, mi nombre es Mercy Wells, soy amiga de su hija.
-¡Ah, si! ¡Mi hija la nombra mucho a usted! Ya la llamo.
-Espere. No venía a hablar con ella, sino con usted y su esposo.
-Mi esposo aún no ha llegado del trabajo, pero pase. –entré con una media sonrisa y la mujer vio a George -¿Qué hace este mocoso acá?
-De ese mocoso venía a hablarle.
Torció el gesto, y lo miró de arriba abajo.
-Que se quede afuera. Hablaré sólo con usted, pero que sea rápido.
George pareció indignarse, pero con un guiño le indiqué que obedeciera y, sumiso, se quedó afuera.
-Bien, ¿qué quiere? –la mujer se sentó en un sillón, frente a mí. Había cambiado totalmente su forma de tratarme. Armándome de coraje, sonreí y me metí en el papel de celestina.
-Verá señora, los chicos me han comentado que se les está complicando el noviazgo.
-Porque yo me opongo.
-Entiendo, su hija es menor, y las madres siempre quieren lo mejor para sus hijas, con toda la razón del mundo. Tienen derecho a opinar y proponer qué es lo que mas les conviene. –sonreí, mentirosa. A decir verdad, me daba asco diciendo eso. –Pero…créame señora, como George no hay.
-Lo dudo. Es un mocoso despistado.
-De acuerdo, digamos que no las tiene todas consigo. –ahogué una risita, de solo imaginarme la cara de George, que seguramente estaba escuchando detrás de la puerta o de la ventana de la sala. –Es un niño casi, pero es una excelente persona.
-Sé que está en una banda de loquitos.
-Sí, lo está, pero yo no diría que están locos. Ya tienen su manager y pronto conseguirán un contrato de grabación en Londres, y ya sabe, cuando se llega a Londres, lo que queda es fama y dinero. Y mucho.
La mujer pareció interesarse, por lo menos se había inclinado un poco o para escucharme mejor. Decidí poner un contrapeso a lo que había dicho, para no sonar tan aduladora.
-Sé que no es muy alentador que una hoja esté con un artista…
-Mmm…puede ser.
-Usted privilegie a la persona. No hay chico más bueno que George, es dulce, inocente, y jamás maltrataría a nadie. Y tengo la certeza de que nunca cambiará, será siempre así.
-No sé, sigue pareciéndome un inútil.
Ok. El tema se estaba complicando y me estaba quedando sin municiones. Decidí echar mano a la “bomba”.
-Señora, vine hasta aquí porque están desesperados, yo soy una desconocida para usted, pero para ellos no, y bueno, quiero impedir una locura.
-¿Cuál locura?
-El casamiento.
-¿Qué? ¿Un casamiento?
-Planean casarse en secreto sino aceptan la relación. Ya les dije, es un delirio, por eso estoy aquí. Como ve, George trató de impedirme que venga pero he venido igual.
-Esto…¡esto es estar mal de la cabeza!
-En sus manos y en las de su esposo está la solución, ustedes pueden cambiar esta situación. Acepten la relación, permítanse conocer a George, ver la belleza de su interior. Les aseguro que no se arrepentirán. De lo contrario, será peor, se casarán y ya no habrá vuelta atrás. Y yo los veo muy seguros, eh.
La mujer se acomodó  y apoyó las manos en el apoyabrazos del sillón. Miró a su alrededor, y después suspiró.
-Hablaré con mi marido. Tal como usted lo plantea, lo acepto. Pero la última palabra la tiene él.
-Comprendo perfectamente. Todo puede solucionarse hablando y poniéndose en el lugar del otro –esbocé una sonrisa de pastora de iglesia y me puse de pie. –Un gusto conocerla.

Cuando salí a la calle, George caminaba por la vereda, nervioso, con las manos en los bolsillos. Llegué hasta él y le sonreí. Escuché un chistido y miré hacia la casa: Juliet saludaba desde su ventana, agradecida.




-Así que tuviste que hacer de casamentera. –Paul miraba despreocupado un par de discos, apoyado en el mostrador. -¿Me regalás estos?
-No. Y sí, tuve que hacer de algo así.
-Bueno, a veces es necesario una mirada desde afuera. ¿Te harán caso?
-Y yo que sé –me encogí de hombros. –No sé cómo es el padre, capaz que manda a todos a la mierda, o lo acepta sin chistar.
-Mercy, podrías ayudarme a mí.
-Ah no Paul, dejame de joder. Tu caso es distinto.
-Creo que Abby me perdonó y no me guarda rencor, pero…Preferiría eso, ¿sabés? Porque creo que le soy completamente indiferente. Preferiría que me odie a que no le importe. Tengo miedo a que esté con otro.
-¿Abby? Para nada. En Londres está muy sola y…¡Ay, ya sé! –grité, saltando -¡Paul! ¿Cómo no se nos ocurrió antes?
-¿El qué?
-¡Andá a verla! Si querés te presto dinero.
-Pero…no sé…
-En la inauguración hablaron.
-Sí, pero de cosas idiotas.
-¡No importa! Hablaron, eso es bueno. Vas a la casa, está sola, no tiene vida social, no podrá poner excusad con que tiene que salir o van a venir visitas….Tocás timbre, abre, se sorprende…
-…y me echa.
-Bueno, puede que sí. ¡Pero no le hagas caso! Le decís que viajaste solo para aclarar todo de una vez: que sea blanco, o negro, basta de grises.
-Mercy, me dirá de todo, me sacará a patada limpia.
-En ese caso…le enchufás un beso.
-Yo no puedo creer que me digas estas cosas.
-Alguien te las tiene que decir. ¡No podrá resistirse! Si te pega después del beso…bueno, convencete y andate. Y sino, vos sabrás, ahí ya no me meto.
-Es la cosa más estúpida que escuché.
-Estúpida o no, te puede ayudar. Pensalo.





Con parsimonia, cerraba las persianas del negocio, y apagaba las luces. Había sido un buen día de ventas y eso se notaba en mi cara. Saludé a Jonathan y caminamos en direcciones distintas, rumbo a nuestros hogares. La calle estaba desierta y un poco oscura, así que apuraba el paso.
-¡Wells!
Me detuve y miré a todos lados.
-¡Wells!
-¿Quién mierda…?
De entre la espesura que formaban cuatro árboles frondosos, salió Anna.
-¿Anna? ¿Qué hacés a esta hora?
-Mercy, tenés que cuidarte.
-¿Qué?
-Que tenés que cuidarte. Se ha resuelto todo, mañana será el último día de Marcia en la universidad, ya lo sabe todo el mundo.
-Pero…¿ya se terminó todo?
-Sí, ¿aún no te mandaron la readmisión?
-No, y tampoco la quiero, no voy a volver a estudiar.
-El caso se resolvió, mucha gente declaró contra ella, y ella tampoco se esforzó en demostrar lo contrario, sólo repartió amenazas. Por eso te digo que tengas cuidado.
-Anna, esto de jugar a “El Padrino” no me gusta nada.
-A mí tampoco. Pero fuiste de gran ayuda.
-Y por eso, por el resto de mis días voy a tener que cuidarme de una psicópata. O en todo caso, irme de Liverpool.
-Tranquila, en una semana se va a Estados Unidos. Pronunció maldiciones contra toda Inglaterra, así que no creo que vuelva.
-¿Y quién me lo asegura?
-Su familia ya encontró un magnate norteamericano para casarla.
-¿Y vos? –dije después de un silencio, tratando de ver si ocultaba algo detrás de sus rasgados ojos.
-Yo, nada. Vivir mi vida en paz, por fin.
-Antes que a mí, Marcia te buscará a vos.
-Ya me buscó. –dijo con un gesto sombrío, y se arremangó las mangas de la camisa que llevaba puesta, para dejar al descubierto un vendaje a lo largo del brazo.
-¿Eso…?
-Sí, fue ella. Varios cortes, casi me desangro. Y eso que es parienta mía.
Antes de que pudiera responderle algo más, me saludó con la mano y  echó a andar calle abajo.




Ya me parecía que mi vida iba demasiado bien. Marcia, otra vez, jodiéndome, y yo cuidándome de todo.
Bufé y me puse el pijama. No podía negar que me daba miedo, pero tampoco me pondría paranoica. Además, sabía que podía confiar en mis flacos pero fuertes brazos para defenderme. Por eso, esa noche me dormí tranquila, y a la mañana siguiente me levanté igual. Claro que esa tranquilidad no duraría mucho.
Lentamente me puse en camino hacia la librería, mientras mordisqueaba una manzana. Había recorrió unas pocas cuadras cuando…
-¡Wells!
Conocía demasiado bien esa voz, así que me giré, demostrando seguridad, aunque estaba algo atemorizada.
Sólo alcancé a ver a Marcia corriendo hacia mí, que me daba un empujón que no esperaba, y después sólo oscuridad.




-Mercy…Mercy…
-Ey, Wells.
-Mercy…John, no habla, ¡y ek puto medico que no viene! Mercy, soy Cris, hola…
-Ni abre los ojos.
-Ay por favor, yo me muero.
-Bué, no te mueras vos también.
-¡John! ¡Que la chica no está muerta!
-Pero no habla, ni siquiera se mueve. Mierda, esto es malo.
-¿Mmmñññfggg? Chocolate…
-¡Mercy! ¿Me escuchás?
-No griten…Quiero chocolate…
-Ey, fea…
-Quiero un pony blanco...
-Cris, me parece que enloqueció.
-Shh…está delirando. Mercy, abrí los ojos, mirá, somos nosotros. ¡Y vos John, llamá de vuelta a ese médico!
Haciendo un gran esfuerzo, abrí los ojos.
-¡No! ¡Me dormí! ¡Ya mismo preparo el café!
Traté de incorporarme, pero John me acostó de vuelta.
-¡Soltame! ¡Tengo que trabajar!
-¿No habrá perdido la memoria? –John miró a Cris, preocupado. Ella negó.
-Wells, no trabajás más para mí.
-¿Por qué? ¿Me echaste? ¿Y qué hago acá? ¿Dónde estoy?
-Es tu casa. Y no te eché, tenés una librería, ¿no te acordás?
La miré arrugando la frente y negué con la cabeza.
-Marcia te empujó y te caíste para atrás, y golpeaste la cabeza contra el asfalto.
-¿Quién es Marcia? Quiero a mi mamá.
Ambos suspiraron, negaron con la cabeza.
-Harmana, ¿en qué año estamos?
-Pff, yo que sé. Quiero chocolate.
-Uy la puta madre, esto es muy grave.
Se escuchó el timbre y John bajó corriendo las escaleras. Cris se puso a revisarme entre el pelo.
-¡Ey, que no tengo piojos!
-Estoy viendo si tenés alguna herida. Parece que no.
John entró seguido de  un médico de blanco guardapolvo. Diez minutos después, ya recordaba absolutamente todo y se me había pasado la gilipollez que tenía. Bueno, en parte.
-Tengo que denunciarla –me puse de pie y me vestí con la bata. –Esto no puedo quedar así.
-Marcia ya se fue, se tomó el tren a Londres.
-Grr…¡casi me mata!
-Digamos que no fue su culpa, te empujó y te caíste. Igual creo que venía con otras intenciones. –Cris se veía preocupada y llena de rabia a la vez. –Según el médico está todo bien, por suerte.
Volví a sentarme en la cama, pensativa. Lejos de asustarme por lo que había pasado, me sentía desconcertada. Había estado incosciente por un accidente, pero igualmente Marcia era un peligro. Ya no era una simple rivalidad escolar, todo iba mucho más allá, y por más que me dijeran que se había ido, en adelante, siempre sentiría inquietud al pensar en ella.


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Milagro del Papa Francisco! Aparecí yo! *le tiran con todo*
Bueno, este creo que es el último capitulo del año, y ojo, que ya faltan pocos. No sé cuántos todavía, porque me da vagancia sacar la cuenta XD Pero queda poco trecho.
Espero que este año haya sido bueno, y si no, tengan esperanza con el 2014. Yo tengo fe de que será un gran año (ya veo que me pasa de todo jaja) 
En fin, me voy retirando, después de dejarles este capitulo medio...mmm...medio pavo. Bué, es lo que hay.
Feliz fin de año y feliz comienzo!