05 abril 2014

Capitulo 78 Thanks for making me a fighter

Un lugar solitario. Un día gris. Personas, unas cuantas, lloran. Un cura pensando qué decir. Flores. Y un ataúd.
Las personas se acercan lentamente, se abrazan, se consuelan. El cura abre un libro, lee unas palabras que nadie comprende, ni siquiera él, tan lejanas en el tiempo que ya no sirven. Cierra el libro, mira los rostros, mira el ataúd.
-Dios, esto es muy penoso.
Da una señal, todos entienden que no sabe qué decir y no lo juzgan, porque nadie sabe qué decir.
Dos hombres vestidos de azul bajan lentamente el ataúd. Abby, Juliet, George y Cris, lanzan unas flores, amarillas, “como a ella le gustaban”.
Elizabeth se abraza a Harry, otra vez entierra a alguien querido, el más querido. Paul se traga las lágrimas, abraza a su hermana y a su cuñado. Mimi permanece inmóvil, sin pestañear. John mira todo desde lejos, impotente ante esa escena, que parece repetirse una y otra vez en su vida.
De pronto, alguien arroja un puñado de tierra. Otro más se suma, y otro, y otro, y así van cayendo más tierra y más flores amarillas.
-No lo hagan por favor, ¡no lo hagan! ¡NO LO HAGAN!











La boca y la garganta dolieron de tan resecas, pero la sensación desapareció con el dulce alivio de la bocanada de aire inflando los pulmones, refrescando el cuerpo.
Una luz blanca, cegadora, hirió mis ojos, pero soporté, a pesar de no ver más que eso, luz.
Moví la cabeza, la nuca dolía de forma espantosa, pero la vista parecía dejar de hacerlo, aunque no distinguía nada. No tenía idea de dónde estaba ni qué me había sucedido, aunque recordaba algo: un ahogo terrible, Mimi gritando, y la sensación e incluso resignación de saber que moría. Sí, daba por sentado que estaba muerta, aunque sentía dolor, mucho, tanto que no sabía de dónde provenía, pero sentía que me aplastaba. Supuestamente, los muertos no sentían nada, ¿por qué yo sí? Esa pregunta dejó de tener sentido cuando los recordé a todos: había dejado a mucha gente, y ahora estarían sufriendo, así como los había visto. Me sentí profundamente triste.
Cerré los ojos, esperando que pasara lo que tuviera que pasar, completamente entregada, preguntándome si toda la gente que moría se sentía tan triste como yo.
Unos ruidos indescifrables me sobresaltaron, y abrí los ojos. Distinguí la figura de alguien, después de unos segundos vi que era una mujer inclinada sobre mí. Apareció otra figura de otra mujer, y luego oí claramente la voz de un hombre.
-Avisen que preparen todo para las pruebas.
-Doctor, no nos está escuchando.
Quise hablar pero no pude, intenté mover los labios, o aunque sea un dedo, pero fue en vano. Opté por mover los ojos, aunque no viera con nitidez, pero quería decirles que sí, que los oía.
-Samantha, nos debe escuchar, recuerde que lo último que muere es el oído. ¡Ahí! ¿Ve? ¡Mueve sus ojos!
Los moví más, pestañé. En la niebla que cubría mis ojos, distinguí que el hombre sonreía.
-Hola Mercy. Bienvenida a la vida.









Estar seguro de estar muerto y después no estarlo genera contradicciones. Si bien no tenía ganas de morirme, la esperanza de volver a encontrar a aquellos que había perdido casi me había hecho cambiar de idea. Ahora resultaba que no estaba muerta, pero podía estar en una situación peor. Recordé lo que el médico de mi padre me había dicho: muerte o estado vegetativo. Bien Mercy, por lo menos no había perdido  la memoria, pero lo más probable era que hasta que me muriera en serio estaría postrada, sólo moviendo los ojos, sin ver.
-Mercy, ¿me escuchás? Tratá de mover la boca, decinos algo.
Intenté obedecer al hombre, pero me fue imposible.
-Doctor, debe estar dolorida.
-Es verdad, inyecta morfina.
Ay no. la morfina, el remedio de los moribundos. O me moría del todo, o me convertiría en adicta a eso, y me terminaría muriendo. Llegué a la conclusión de que me moriría de cualquier modo. ¿Por qué mi vida era tan complicada?
-Intentalo otra vez, por favor.
Para mi sorpresa, el dolor había desaparecido. Sentí que la mujer me quitaba el respirador artificial y acercaba su oído a mi boca. Con esfuerzo, moví la lengua y abrí la boca, y me sentí agotada de sólo hacer eso.
-Agua…
-¡Bien! Samantha mojale los labios. Tranquila Mercy, estás muy bien, mirá, podés hablar.
Al fin sentí humedad en los labios, distinguí la sonrisa del dichoso doctor  al ver que lograba chupar algo de agua del algodón empapado que la mujer apoyaba en mis labios.
-No veo…
-¿Cómo? –preguntó la tal Samantha.
-No…no veo…
-Creo que dice que no ve.
-¿No ves nada de nada?
Asentí lentamente, aún prendida al algodón mojado.
-Veo…
-Debe ver mal –concluyó el médico- Tranquila, en unas horas tus ojitos estarán bien. Fueron muchos días cerrados.
¿Muchos días? ¿De qué hablaba? No entendía nada.
Entró otro hombre, al que noté mucho más alto que el médico, además de ir vestido de verde. Me asusté, ¿sería un militar? ¿Estaría en un campo de concentración nazi, fascista, franquista, o lo que carajo fuera? Recordé que la guerra hacía rato que había terminado, pero una nunca sabía.
-El señor te hará masajes para ver cómo están tus músculos. –aclaró el médico-¿Sentís que está tocando tus pies?
Negué con la cabeza.
-¿Y que te da golpecitos en las rodillas?
Otra vez negué.
-Ahora te tocaré las manos, apretá mis dedos.
No sentí nada, y tampoco sentí fuerzas para apretar. Oí un suspiro.
-Hay que hacer ya mismo los estudios. Duérmanla.










Cuando abrí los ojos, la vista seguía borrosa, pero al rato se aclaró. Me alegré, pude ver paredes blancas; una mesita también blanca frente a mí, con un florero y una florcita plástica roja; una ventana a la izquierda, por la que entraba la luz del sol. La luz cegadora no estaba encendida. También me alegré porque ya sabía dónde estaba, en el hospital, tenía vistas esas habitaciones. Moví la cabeza, a mi alrededor había cables, tubos, aparatos ruidosos. ¿Cómo había dormido con tanto barullo?
-Buenos días, Mercy –oí la voz de Samantha y al fin la pude ver. Una mujer joven, rubia, con su birrete de enfermera. Bellísima, parecía Marilyn-Te hicimos algunos estudios y exámenes. Estás muy bien, pero llevará su tiempo.
Asentí, tratando de creer en sus palabras. ¿Cuánto habría de verdad  y cuánto de mentira en ellas?
-En un rato podrá verte tu mamá, ahora vendrá el doctor.
Efectivamente, rato después, apareció el doctor. No dijo mucho ,sólo me revisó los ojos y los oídos.
-Retírese Samantha, así puede verla la familia.
La enfermera obedeció, el médico se sentó en la silla que ella ocupaba.
-Ay Mercy Wells…Serás un caso complicado, ¿sabés? Pero no imposible. Necesitaré de tu esfuerzo y tu tozudez, que ya me dijeron que tenés. Sos dueña de una librería, ¿verdad?
Asentí, a la vez que inspiraba hondo, sintiendo una punzada en el pecho.
-¿Y amigos?
Otra vez asentí.
-¿Estás enamorada?
En ese momento recordé la cita con Richard, arruinada porque yo estaba ahí, atada a una cama. Me sentí peor, pero sin querer sonreí al recordarlo.
-¡Ey, bien! ¡Podés sonreír! Buen signo. Y además, una muestra clara de que está enamorada. Vamos a usar todo eso para que luches y pongas lo mejor de vos, pronto saldrás de acá.
Moví la boca, y él se inclinó, quitándome el respirador.
-¿Qué me pasó?
-¿Qué? 
Me di cuenta de lo inaudible que salía mi voz, y del esfuerzo que me costaba que aunque sea saliera eso.
-¿Qué me pasó?
-Ah…Verás, tuviste un infarto grande, jodido. El cerebro también se vio afectado por la falta de oxígeno. Tuvimos que operarte.
Sentí que me ahogaba, me colocó el respirador nuevamente.
-Tuviste algo parecido a lo de tu padre. Sí, leí su historia clínica, la de él, y la de todos los Wells que encontré. Los Wells…Parecen estar condenados a sufrir esto. Salvo que vos tuviste muchísima más suerte. Estuviste cinco días sin despertarte, ni yo sabía qué te iba a pasar. Es una gran alegría que estés acá, y con posibilidades de mejorar.
“Posibilidades de mejorar”. Con todo eso que me había dicho, las posibilidades seguramente eran vivir en una silla de ruedas, que me dieran de comer en la boca, y dar lástima por vaya a saberse cuántos años, hasta que el destino de los Wells me visitara nueva y definitivamente.
-¡Bien! ¡Podés llorar! –lo odié, estaba llorando y él festejando un puto “progreso”.








Sí, me quería morir. Me negaba rotundamente a vivir de esa forma. La idea me la confirmé al ver a mi madre llorando a mi lado, supuestamente de alegría, y yo sin siquiera poder tomarle la mano, o decirle algo entendible. Dijo que muchos estaban allí, que querían verme, pero que no los dejaban pasar. Sobre la mesita con el florero dejó unos papelitos, dijo que eran cartitas de todos, que el médico las leería conmigo, para examinarme. Le oculté las lágrimas hasta que se fue.
-Haremos una prueba –dijo el doctor entrando. Otra vez lo odié por verme llorar-Te mostraré una carta, la mirarás, y me dirás si podés leerla. Lo hacés, y luego yo te hago preguntas sobre ella, para ver si la entendiste. ¿De acuerdo?
Desdobló uno de los papeles y lo sostuvo frente a mis ojos. De inmediato reconocí la letra de Jonathan.
-¿La ves?
Asentí.
-Tratá de leerla.
“Que…querida…Merc…” Mierda, apenas entiendo mi nombre. Me angustié. Seguí leyendo, o tratando de unir todas esas letras. El médico sostenía el papel, aparentaba tener una paciencia infinita. Continué leyendo, aunque con desesperación notaba que a algunas letras las reconocía, y las palabras también, pero no comprendía su significado. Miré al médico.
-No podés, ¿no? –se acercó y me quitó el respirador.
-Sólo un poco…
Me colocó el respirador otra vez, sonriendo. Me di cuanta que era joven, y muy guapo. Bien, me estaba muriendo y pensaba que el médico estaba bueno, merecía una patada.
-Tranquila, con el correr de los días eso también mejorará.








Durante los quince días que permanecí en terapia intensiva, lo único que mejoró fue el oído, con el que reconocía todo lo que no podía ver por estar rodeada de cosas. En lo demás, los movimientos eran nulos, y la voz ronca, acatarrada. Eso impedía que me comunicara con todos los que venían  a verme, lo que les decía, no lo escuchaban o no lo entendían, así que me limitaba a asentir, negar, y ver cómo disimulaban las lágrimas.
El médico se llamaba Cyril Sheen, él y Samantha eran los que me hablaban y me revisaban continuamente. De observarlos, aprendí a reconocer sus expresiones, y siempre eran desalentadoras, porque simulaban que todo estaba bien.
Por las noches, cuando el hospital quedaba en silencio y sólo se escuchaban los ruidos de mis máquinas, lloraba, lloraba mucho. Aquello me parecía lo más injusto, no veía motivos para luchar porque no veía los motivos del porqué me había sucedido eso. La explicación de los Wells no me convencía, porque yo no tenía la culpa de haber nacido Wells. Me di cuenta que, de tan triste que me sentía, pasé a ponerme rabiosa. Y eso, claramente, me jugaba en contra.








Al fin me pasaron a terapia intermedia cuando pude prescindir del respirador. Me puse alegre cuando noté que mi voz volvía a ser la de antes, y mi vista estaba completamente mejor. Pero en cuanto al carácter…dejaba mucho que desear. Estaba harta de ese lugar, de la cama, de los ruidos, los médicos, los estudios, la gente…todo. Odiaba al mundo entero que vivía feliz fuera de las paredes de ese hospital.
-¿Sentís algo? –Cris me miró ilusionada, después de pasar varios minutos masajeándome una mano. En los días que yo llevaba ahí, ella era la única que había conseguido arrancarle unas palabras al hombre de verde, el masajista, que parecía mudo. De él aprendió lo que debía hacerme.
-No.
Continuó otro rato, tranquila, a pesar de mis muestras de impaciencia.
-¿Ahora?
-No, te dije que no.
-Pero…
-No, ya está, dejame. –fijé mi vista en la ventana.
-A ver, seguiré con la otra mano.
-¡Ay dejame tranquila! ¿No ves que no siento nada, que no puedo mover ni un dedo?
-Por eso te estoy haciendo esto.
-No te gastes, esto no se soluciona con masajitos, porque no se soluciona con nada. ¿O te creés que no veo a los médicos, a las enfermeras? Soy un caso imposible.
-Lo serás por el carácter podrido que tenés.
-Y bueno, ¿qué querés? ¿Qué esté feliz, festejando como si fuera mi cumpleaños? Dejate de joder, a mí no me engañan, no soy tonta. Todos me miran con lástima.
-Pero Mercy, tenés…
-“Tenés, tenés, tenés” ¿Y porqué tengo que hacer cosas? ¡Si yo no pedí esto! ¿Sabés qué? Andate, dejame sola.
-Tampoco es para que me trates así. Está bien que estés enojada, pero si vos no tenés la culpa, yo mucho menos.
-Y bueno ,andate, te estoy diciendo que me dejes.
-¿Sabés que sí? Me voy, sos una desagradecida, estás viva y te quejás.
-¡No quiero estar viva así! ¡No entendés nada!
-No, la verdad es que no entiendo. Me voy, que me trates así a mí, bueno, pero ayer no sé qué le dijiste a tu madre, yo la vi, y ella no se merece eso.
-No me importa.
Sin mirarla, sentí  que me traspasaba con sus ojos llenos de bronca. Agarró su saco y se fue dando un portazo. Me mordí los labios para no llorar de rabia por lo que me pasaba y por lo que había hecho. Escuché que alguien golpeaba la puerta, me alegré de pensar que fuera ella, pero lo arruiné.
-¡No te quiero ver! ¡Andate de una vez!
La puerta se abrió, y vi a Jonathan.
-Mercy…¿estás bien?
-No, no estoy bien. Andate vos también.
-Te traje los números  de la librería, así los controlamos juntos.
-No quiero ver nada, no quiero saber nada de la librería, te regalo Alejandría Libros si querés, si total no puedo leer.  Dejame. ¡Dale, andate! ¿Qué me mirás?
-Me parece que el ataque te afectó bastante el  cerebro. No sos la misma.
-Ya lo creo que no soy la misma, que yo recuerde nunca estuve casi un mes en una cama sin poder moverme. Andate de una vez.
Pasé toda la tarde sola, rumiando la bronca y tragándome las lágrimas, por puro orgullo. No quería que nadie me viera así, pero insistían, y eso me daba más enojo. Odiaba todo eso, quería que me devolvieran los días y los dolores robados, las ganas de reírme,  la posibilidad de soñar con un futuro que, al parecer, ya no tenía. Otra vez odiaba al mundo, y a Dios, el culpable de eso.
-¿Cómo estás hoy? –Cyril entró, con su sonrisa, sentándose en el borde de la cama.
-Estoy tan  bien que me pondré a bailar la jota aragonesa. Qué pregunta idiota.
-Mercy, ya te dije que esto…
-Sí, ya sé, es “complicado”, pero hay que “luchar”. Mire, ya me aprendí sus discursos.
-A ver, primero y principal, empezá a tutearme. Soy joven, llamame por mi nombre.
-Como quieras, Cyril. ¿Tan joven sos?
-Bastante, unos años mayor que vos, me recibí rápido.
-Qué envidia. ¿Tené idea de cuánto me falta para morirme? Así voy calculando también, cuánto tiempo tendré que aguantar estar así.
-Ojalá lo supiera…Podés estar un día más, o un año. El cerebro tiene esos misterios.
-De gusto te recibiste tan rápido, no sabés nada.
Rió, y se me quedó mirando. Me sentí incómoda.
-Bueno, si es así, duplicá la dosis de morfina y acabemos con esto. Eutanasia ya.
-Mercy, no puedo hacer eso.
-¿Por qué? Soy mayor de edad, estoy en uso de mis facultades mentales, te lo estoy pidiendo. Traé los papeles que hay que firmar. Si no está legislado, no importa, te doy mi permiso.
-Lo siento, pero no puedo. Si supiera con certeza que nunca te recuperarás…Y tampoco, no lo haría.
-Creo que sos un cobarde.
-Y vos también. Por no pelear.
-Esta conversación  no tiene sentido.
-Deduzco que me estás echando.
-Exacto.
Asintió y caminó hacia la puerta, antes de irse me miró.
-Está bien que estés enojada, es un modo de descarga. Pero te recuerdo que no sos la única del mundo, y que no todos se pelean así con la vida.
Se fue, cerrando la puerta detrás de sí.
-Andate  a la mierda. –dije poniéndome de costado y tapándome con la sábana hasta la cabeza. Cuando cerré los ojos, reaccioné: me había dado vuelta y me había tapado sola. Otra vez volvía a tener movimientos.










La mañana fue un vómito constante. No sé qué carajo me habían hecho tragar para hacerme más estudios ni bien se enteraron que ya podía moverme. Dejé caer la cabeza sobre la almohada, agotada. Tener movimiento significaba, además, tener dolores. Tantos días quieta habían atrofiado mi cuerpo, por lo tanto mover un dedo era sinónimo de lágrimas.
Cyril había decretado no más morfina, sino cosas mas livianas. El resultado era pobre sino contamos mis quejas pidiendo a gritos la morfina. Según él y sus dichosos estudios de los que se la pasaba hablando, ya me había convertido en adicta y debía alejarme de ella cuanto antes. Mi llanto pidiéndosela confirmaban todas sus suposiciones.
Todo empeoró cuando, sentada, llorando y peleando con él, miré debajo de la bata o camisa que llevaba puesta desde que me habían internado. Desde más debajo de la altura de mis senos hasta las clavículas, se extendía una espantosa cicatriz que surcaba mi pecho.
-¿Qué es esto? –le pregunté asustada, interrumpiendo otro de sus discursos.
-Ah, Mercy, eso es de la operación que tuvimos que hacerte casi de urgencia.
-¿Me operaron el pecho? Pensé que era la cabeza.
-¿La cabeza? Eso ni se toca. Era el pecho, había que operar sí o sí. Tranquila, mucha gente tiene cicatrices de operaciones cardíacas.
-Ya lo sé, las he visto, pero no tan horribles como esta. Y además, se nota mucho…
-Con el tiempo irá cambiando el color y ya no se verá tanto. No sé, quizás en unos años puedas hacerte alguna cirugía para mejorarla. Hubo que ser un poco bestia, Mercy, era necesario abrir y no pensar tanto en la estética.
No podía dejar de verla. Tras que nunca había tenido un cuerpo lindo, ahora también tenía esa cosa fea, que parecía un bicho, o me hacía parecer un bicho a mí. Daba la sensación de que en cualquier momento se abriría y saldrían todas las tripas. Con una mueca de asco, la tapé.
-Creo que tenés visitas, me voy. En  un rato paso a verte, antes de que duermas.
-Cyril, por favor, dame morfina. No aguanto más los dolores.
-Te daré otra cosa.
-¡No, otra cosa, no!
-Si te alterás, es peor.
-Odio a los médicos.
-Ya lo sabía, me di cuenta. Vamos Mercy, calmate y ya no tendrás dolores fuertes.
-¡No Cyril, no! A ver, decime porqué me pasó todo. Porque aún no he preguntado. Ah, no me vengas con el destino de los Wells, los médicos no hablan del destino.
-Ok, te haré una breve explicación. –se sentó en la cama, me tomó una mano-¿Sentís algo?
-Sí, dolor. No me toques, duele mucho.
-Bien, aunque no lo creas, es un buen síntoma. Bueno, te diré: lo tuyo fue una serie de factores. Primero, el congénito.
-Eso ya lo sé, sobre papá me dijeron lo mismo.
-Y si ya lo sabías, ¿por qué nunca te trataste?
-Porque…no creía que me iba a suceder lo mismo. En realidad, creo que no lo hice por miedo a que me dijeran que sí, que me iba a pasar, y…Sí, fui una tonta.
Cyril suspiró, me miró a los ojos. Vi por primera vez lo verdes que eran los suyos.
-Hay otras cosas. Cigarrillo, por ejemplo. ¿Cuántos fumás por día?
-A veces un atado completo,  a veces ni uno.
-No fumes más, ninguno. Y otro problema: alcohol. Sé que tuviste problemas con eso.
-Soy una adicta, ¿lo ves? Primero alcohol, ahora morfina. Ah, veo que mis familiares y amigos ya te contaron todo sobre mí.
-Era necesario. Tuviste suerte que yo estaba aquí, soy el mejor en mi especialidad.
-Bueno, qué modesto. –rió y se acercó más.
-Otra cosa más, el stress.
-¿Eh? Eso lo tienen los oficinistas o los empresarios.
-Y vos. Y no hablo del stress de manejar una fábrica o especular en la bolsa, sino el acumulativo, el que te dan las amarguras, los sustos, las situaciones de muchos nervios…
-Ah sí, de eso tengo a montones, y ya me estoy dando cuenta qué fue el desencadenante. El culpable es Friederich.  No lo conocés, pero es un…
-Ya sé quién es.
-Ay no…no me digas que vino…
-Tranquila, no. Me lo contó todo un tal Richard,  un chico que estuvo aquí todas las noches. Lo dijo porque yo necesitaba informaciones, comprendé que no sabía qué tenías ni porqué viniste a parar al hospital. Pero prometí no decir nada, me dijo que no querías que lo supiera nadie.
Me quedé pensativa, Richard había estado allí.
-Sí, estuvo. –sonrió Cyril, adivinando mis pensamientos-Ahora desapareció, probablemente porque se enteró que echás a todo el mundo. Cuando se te pase el mal genio, quizás vuelva…Ah, mirá, se me olvidó mencionarte otros dos factores: una anemia que no sé cómo la llevabas encima, y tus problemitas cardíacos de pequeña que, según tu madre, mientras vivías con ella te tratabas, pero después ya no. Así que, lamento decirte esto, pero la única que culpable, sos vos.
-Bah, seguro que si me cuidaba, me pasaba igual.
-Quizás, pero no habría sido tan complicado. Bueno, te dejo, pensá bien todo.
Cyril desapareció, dejándome con mis dolores. Así que la culpable era yo…
Escuché que golpeaban la puerta y que enseguida se abría. Era John, hacía días que no lo veía, y la verdad era que lo extrañaba un poco. Bueno, mucho.
Apenas si me saludó, y se sentó en la silla que estaba junto a mi cama.
-¿Qué te pasa? –preguntó, serio.
-Otro con la misma pregunta.
-Mercy, yo sé que esto es muy duro, que lo estás pasando para la mierda, pero no entiendo tu enojo. Como te pasó a vos, le puede pasar a cualquiera, y nadie te dejo sola, estamos con vos, nosotros también sufrimos y la pasamos mal.
-Veo que Cris ya te dijo.
-Todos me dijeron.
Suspiré, me mordí los labios para aguantar una fuerte punzada en las piernas y también las lágrimas.
-Ay John…Me siento tan mal, no entiendo. Cyril acaba de decirme que la culpa es mía, y tiene razón, pero hay tanta gente que toma y fuma y nunca va la médico y vive hasta los 100 años y nunca le pasa nada, y a mí sí. Está bien, veo que estoy mejorando, pero tengo miedo que todo termine en esto, que los avances se frenen, que tenga que vivir atada a los calmantes y que ya no pueda hacer nada por miedo a terminar otra vez en el hospital. Yo quería vivir bien, quería mi vida sana, no sé si era feliz pero era normal. Y ahora ya no. Perdoname por ser tan cabrona.
Me abrazó fuerte, sentí más dolor, pero aguanté porque necesitaba que él me abrazara, como había hecho siempre que me había sentido tan mal. Se separó y me revolvió el pelo.
-Me cuesta entenderte, pero trato de hacerlo, me enojé con vos por lo que hacías, pero después me acordé de lo mal que estuviste y se me pasó. Es una alegría que te hayas salvado, vas a ver que cuando salgas de acá estarás mejor que antes.
La puerta se abrió y vi a Cris, que ni me miró.
-John, ya tenemos que irnos.
-Uy, es verdad, tenés pocos minutos de visitas. –John me dio un beso en la frente y se puso de pie –Nos vemos mañana.
-Nos vemos. –la miré a ella, que le decía algo a él y se disponía a irse-Ok, ok,ok. Reconozco que me comporté como una desalmada, y pido perdón.
-John, vamos.
-Cris…
-¿Qué?
-Por favor, perdoname.
-Pedile perdón a tu madre, a Jonathan, a Mimi, y tu médico, y a todos a los que maltrataste.
-De acuerdo, lo haré. Pero ahora te pido perdón a vos. Por favor.
-Está bien, perdonada. Pero lo volvés a hacer y te rompo un tubo de oxígeno en la cabeza.
-No hay duda de que son cuñadas, ya no se soportan.
-La culpa es tuya por “encuñarnos” –reí.
-Ay John –dijo ella- se ríe. Volvió a reírse.
-Sí, ¿no es genial?
-Oigan, dejen de mirarme como si fueran mis padres y vengan a darme otro abrazo, que si bien me duele todo, quiero abrazos de oso.
Sonrieron y nos dimos un abrazo grupal, de esos bien apretujados.
-Gracias chicos. Gracias a todos por no dejarme ir.





****************
Y aparecí yo, trayéndoles capítulo bien deprimente, para demostrar que si hay alguien dramático, soy yo XDDD Pese a eso, espero que les haya gustado. Sino, ya saben, pongan todas sus quejas o metanme presa, lo que les resulte más cómodo.
Las dejo que disfruten del fin de semana, saludos!

P/D: Atención al próximo capítulo, yo sé porqué se los digo. 




27 marzo 2014

Capitulo 77 Algo termina.

-“Y Horace Wells falleció ese mismo año, suicidándose en prisión. Al otro día, llegó una carta a su casa, donde lo reconocían y lo dejaban en libertad.” ¿Ves? Quizás seas descendiente del inventor de la anestesia.
-Ay George…
-Yo que vos averiguo, ya veo que heredás una fortuna. Me agradecerás haberte pasado el dato –cerró el libro que leía y lo dejó sobre el mostrador-Claro que exigiré mi comisión.
-Como digas…
-¿Y qué tal?
-George, hace tres horas que estás acá estorbando y recién preguntás “¿Qué tal?”.
-Estaba informándote sobre tus antepasados ilustres. Lástima que saliste tan BESTIA.
-Gracias Hari, yo también te quiero. Ah, estoy bien.
-Me alegro.
-¿Cómo va la banda?
-Pues…-se mordió el labio, se acomodó mejor en la banqueta en la que estaba sentado-Digamos que va bien. Estamos acostumbrándonos a esto de estar bien vestidos y presentados, a ensayar a conciencia y a…Richard. Ah, en ninguno de los ensayos preguntó por vos.
-Ni me interesa.
Rió y abrió otro libro, silbando.
-¿Y con Juliet? ¿Cómo va todo?
-Mejor, imposible. En un rato seguro viene. –consultó su reloj-Hoy cierran temprano la tienda por no sé qué.
-Porque la hija de la dueña se casa mañana.
-Ah, por eso.
Jonathan emergió del sótano, con una caja enorme en las manos. Sonrió  y caminó hacia la mesa de discos. Cada vez que lo veía hecho una sombra, esforzándose por parecer lo contrario, me preguntaba si yo habría estado igual en su momento, o si a veces, lo seguía estando. Dos semanas había pasado desde la muerte de su madre, pero como siempre en esos casos, parecía que habían pasado años.
-Jona, ¿querés té?
-No, gracias. –sonrió triste-Acomodaré estos discos.
George carraspeó y me miró significativamente. Mi respuesta fue mirar de reojo a Jonathan y negar con la cabeza. Suspiró, e inició un tema de conversación cualquiera hasta que llegó Juliet, apurada como siempre, pero sonriendo.
-¡Aquí estoy! –exclamó al entrar. Le dio un beso a George y nos saludó a Jonathan y a mí.-Qué lindo es salir antes del trabajo. ¿Cómo están?
-Acá, aburridos. Se nota que es fin de mes, nadie gasta una moneda.
-Uff, decime a mí, en estos días nadie compra ropa ni por broma. Hagamos algo, ¿por qué no vamos a tomar algo a la cafetería?
-¡Genial idea! ¿Qué te parece Jona?
-Tengo que seguir con esto y…
-Ay, dejalo para mañana, cierro y vamos.
-Amo tu nivel de irresponsabilidad. –rió.





Media hora tardamos en llegar, ya que caminábamos despacio, charlando y fumando, tranquilos. Al fin llegamos a la cafetería, también desierta.
-Odio fin de mes. –dijo Cris cuando le comentamos que todos estábamos iguales.
-Por suerte en dos días ya empiezan a cobrar todos otra vez…Es poco tiempo, pero se siente. –Juliet sorbió su café-Ah Mercy…Mirá, no es por asustarte ni nada, quizás me haya confundido pero…ayer vi a un chico muy parecido a ese Friederich que anduvo con vos.
-¿QUÉ? –casi escupo el trozo de torta que masticaba.
-Ay no…¡otra vez ése! Iré a afilar mis cuchillos –dijo Cris.
-Oigan quizás sólo sea parecido…-Juliet se veía nerviosa por las reacciones que había causado-No sé, lo vi desde adentro, caminaba por la vereda y se paró a mirar unos vestidos de la vidriera…Seguramente me confundí, no veía bien desde donde estaba.
-De todos modos, si fuera él, ¿qué haría aquí? ¿No es de Leeds? –preguntó George.
-Sí…Habrá venido por algo de la universidad, yo qué sé….
-Ese tipo no es trigo limpio, ya ves lo que te contó su ex novia, puede que hasta sea un asesino. Mercy Wells, te venís a vivir conmigo hasta que pase el peligro.
-Ay no exageres, Cris, seguro que ni es él. Además, ¿cómo le creo a una novia despechada? No sé, a mí siempre me resultó extraño todo eso que dijo.
-Igual te cuidás, no es gente buena, ni él ni la petisa esa que vino a verte, que dice ser la ex. Lo que nos falta, un susto dado por ése.






Abrir la ventana a la mañana, cuando se veía que sería un día precioso, era relajante. Entraba un aire fresco pero no frío, el sol iluminaba de forma especial, y la calle empezaba a tomar movimiento con la gente silbando, las bicicletas de los diarieros, y el olor a tostadas que salía de las casas. Bostecé y comencé a bajar las escaleras, raramente contenta por estar recién levantada.
El timbre sonó y me asustó, demasiado temprano para visitas, eso no significaba otra cosa que malas noticias. Apreté mi dije con las iniciales, como si fuera un amuleto contra lo que hubiera detrás de la puerta. Abrí, y vi a John. No se lo veía mal, más bien todo lo contrario.
-Uy hermanita, estás en camisón. Cuánta sensualidad.
-¿Qué pasó? –pregunté haciendo caso omiso a sus observaciones.
-Deberías hacer algo por ese busto, estás muy plana.
-John.
-Ah sí, dejo la tontería. Verás, lamento molestarte a esta hora, pero estoy muy nervioso. Tomé una decisión.
-No me asustes.
-Tranquila, no me suicidaré, ni me iré del país. Hoy es el día.
-John, dejá de hablar como si fueras un prócer y aclarame lo que pasa.
-Tu escote no me deja concentrar.
-¡Basta!
-Ay bueno, bueno. Emmm…estoy nervioso porque hoy invitaré a salir a Cris.
-¿Y? No es la primera vez. Tengo entendido que sería la segunda, y que en la primera no hiciste absolutamente nada. Algo inexplicable para mí, todavía.
-De eso se trata. Esta vez pasará algo. ¿Creés que le gustarán los condones sabor a frutilla o…?
-¡JOHN!
Rió tontamente y se dejó caer sobre el sofá.
-Te dije, estoy nervioso y digo bobadas. –se incorporó-Wells, le voy a decir todo. Y tengo miedo. O sea, soy John Lennon y le tengo miedo a una cafetera. Pero esa cafetera es mayor que yo, tiene más fuerza que yo, por lo tanto me puede pegar, pero  está más buena que…Wells ayudame, ¿qué le digo?
-Nada. Ya sabe todo John, cuando vos vas, ella fue y vino cuarenta veces. Ya sabe, espera a que por una vez demuestres quién es el hombre y ACTÚES.
-Por eso tengo miedo.
-Ay bueno, agarrala y dale un beso, yo qué sé. Ahora dejame terminar de despertarme en paz.
Se quedó pensativo y se puso de pie.
-Ok, me voy.  Ah, tenés mal aliento cuando te levantás.
-Idiota.  








Ir a la iglesia cuando alguna desconocida se casaba era una tradición que muchas compartíamos con el solo fin de mirar vestidos y criticar. Por eso estábamos allí Juliet y yo. Su jefa la saludó y para mi desgracia encontré entre los invitados a mi doctor. Y para más desgracia mía, me reconoció.
-Hola –saludó-No volviste a visitarme.
-Ah es que….estuve con unos asuntos.-mentí-La semana que viene iré, sin falta.
Sonrió, resignado a que todos sus pacientes fueran unos ignorantes mentirosos.
-¿Y ese hombre que te saludó? ¿Quién es? Ah Mercy, no sabía que lo tuyo fueran los mayores…
-Tonta, es mi médico, y estaba reclamándome que vaya a verlo.
-Eso es toda una señal –rió.
-Es un tipo grande, podría ser mi abuelo, mujer.
-Pero no lo es -Soltó una carcajada y yo también, al ver a una mujer pasada en kilos y años, vestida de rosa con un montón de moños dorados.
Después de contemplar el gasto descomunal que se había hecho en esa boda, salimos de la iglesia, charlando sobre el vestido de la novia, y dando nuestra opinión sobre todas las modificaciones que se le podrían hacer. Afuera estaban George y Paul fumando, escépticos ante todo el espectáculo. Decidimos ir hasta la plaza y sentarnos al sol, ya que el día prometía mucho en cuanto al clima. Noté que Juliet se había quedado callada y que ni miraba a George, cosa rara, ya que él era su adoración. George le hablaba un poco, pero ella ni contestaba. No era la misma Juliet  de la iglesia, ni eran la misma pareja del día anterior.  Miré a Paul, se encogió de hombros.
-Oigan ¿qué les pasa a ustedes dos? –pregunté, siempre con tanto tacto y diplomacia…
-George me deja.
-¿¿¿Qué??? –gritamos Paul y yo.
-¡Juliet no digas eso! Nunca te dejaría, ya lo sabés.
-Se va a Estados Unidos.
-Sí, a visitar a mi hermana, qué escandaloso.
-¿Y cómo voy a saber que no te vas a enredar con una norteamericana? Esas son terribles.
-Tenés que confiar en él. –dijo Paul.
-Uy, mirá quién habla. –todos lo miramos.
-Já, justo Pual. –rió George-Ya consiguió la dirección de la chica Grace, la de la EMI. Y le va a escribir como su “admirador secreto”.
Comenzamos a reír, olvidándonos del viaje de George, mientras Paul sólo se limitaba a mirar a la calle, indiferente.
-¿Y si les digo que ya le escribí? ¿Y que ya me contestó?
Pestañeamos. Era increíble la rapidez de McCartney para conseguir mujeres, aún por correo.
-¿Y cuándo la verás? –preguntó Juliet.
-No sé, supongo que cuando volvamos a grabar.
-Seguro que es una estirada, como toda londinense.
-¡Ey, que yo lo soy! –le di un golpe en el brazo.
-Uh, es verdad.
-Pese a esta afrenta, te voy a decir algo, Juliet: George va a visitar a la hermana, sólo es un viaje  a la familia. Dejá a la yanquis con sus yanquis jugadores de béisbol y demás estupideces.
-Está bien. –contestó poco convencida.
-Mercy Wells, la reina de los enamorados.
Le di otro golpe a Paul y nos sentamos todos en un banco.
-¿Seguís odiándome por lo de Abby?
-Mmm…no. Ya no me meteré en esas cosas, ustedes sabrán porqué se separaron. Lo único que sé es que son buenas personas, y eso me importa mucho.
-Gracias Wells. Y ahora mejor vámonos, que éstos dos se han acaramelado y nosotros parecemos un par de cactus acá.









-¡CERRÁ TODO! ¡CERRÁ TODO!
-Cris, no estamos en mi negocio. Es mi casa.
-Me da igual. ¡Ayyyyyy! ¡No sabés!
-Sí, sé. Bueno, me imagino.
-No, no te imaginás. Dejame entrar.
-Eso espero, que entres, así te doy el gusto y cierro todo.
Entró con la velocidad de un rayo y me miró ansiosa.
-¡Dale! ¡Preguntame qué pasó!
-No me corresponde preguntar eso a mi antigua jefa, según el contrato yo…
-Dejate de joderrrrr ¡Preguntá de una vez!
-Bueno, bueno. ¿Qué pasó?
-¡Salí con John!
-Bien, eso ya lo sabía. ¿Algo más?
Intentó mirarme con cara de jefa, pero la alegría la podía. Le salió una sonrisa traviesa, que decía muchas cosas.
-¡Estamos juntos!
Ok, eso no me lo esperaba, porque tampoco esperaba que John al fin se hubiera animado a hablar.
-¿Q…qué…?
-¡Que soy tu cuñada! Estamos juntos, somos novios, como le quieras llamar. Ya es oficial y todo eso y ¡ayyyyy!
-Vos me estás jodiendo, ¿no?
-¡Nooo! ¡Creeme de una vez, carajo!
-¡Bi…bieeeen! ¡Al fin! Era hora de que esté con una mujer seria, coherente, responsable…
-¿Yo soy eso?
-Ehh..no. Bueno, supongamos que sí. Lo importante es que ¡está con vos! –la abracé y le revolví el pelo. A eso sí que había que llamarlo triunfo del amor. Comencé dar saltitos por la sala, junto a ella, hasta que hicimos caer un florero.
-No te hagas problema, era horrible. –reí al verla contemplar los destrozos- ¡Ahora contame cómo fue! ¿Qué te dijo?
-Bueno…no me dijo nada.
-¿Cómo que no?
-Me agarró y me dio un beso.
Cerré  los ojos, negué con la cabeza, y me pegué en la frente con la palma de una mano.
-Hizo exactamente lo que le dije….Qué imaginación le puso.
-Bueno pobrecito, si vieras lo nervioso que estaba, me daba una ternura…Me encanta.
-¿Y qué más pasó? Porque pasó algo más, ¿no?
-Sí, pasó.
-No me digas, ya me imagino. ¿Frutilla?
-¿Eh?
-Nada, dejá. ¿Qué pasó?
-Fuimos a cenar y bueno, me dijo que está loco por mí y nada más porque casi me lo como a besos. El camarero casi nos echa. –mi cara debe haber sido rara, porque me golpeó con un almohadón-¡Parece que estuvieras viendo un renacuajo!
-Ya te dije, no logro verlo…lindo. Me cuesta creer que le cause cosas tan fuertes a alguien.
-Mejor para mí, porque si lo ves de otra manera, date por muerta.
-¡Ay cuñada! De verdad, la noticia me pone feliz, estaba esperando esto desde hacía mucho tiempo, no aguantaba más eso raro que tenían.
En eso sonó el timbre, abrí, y era John, con la sonrisa más grande que le había visto en todos los años que llevaba conociéndolo.
-Me dijeron que mi novia está por acá…
-Qué bien suena eso de “mi novia”. Al fin algo decente y no cualquier bicho de esos con los que anduviste.
-No empieces a burlarte o te traigo a Marcia.
-¡Ni la nombres! –gritamos las dos. Él rió.-¿Qué tal?
-Bien. –respondí, aunque al instante me di cuenta que la pregunta no era para mí, sino para Cris, a quien miraba de modo especial. –Bueno…¡que se besen! ¡Que se besen!
Cada vez que gritaba eso, no obtenía resultados, porque todas las parejas a las que se lo gritaba se ponían en plan tímido y decían que les daba vergüenza y un montón de giladas más. Pero John y Cris no eran así,  sino todo lo contrario. Por lo tanto, al ver que no se despegaban y que mi casa corría riesgo de convertirse en un hotel, decidí finalizar el espectáculo.
-¡Ey! ¡Paren un poco! ¡Ya está!
-Wells corta mambo. ¿No ves que estoy con mi chica?
-Sí, veo, no hace falta que me digas. Bueno Lennon, me alegra la sincronía de lenguas que tienen. Ah, y de que sean novios. ¿Cuándo se casan?
-No nos casaremos, viviremos juntos. –la agarró por la cintura. Me sorprendí, en otras ocasiones, John me hubiera mandado al carajo por la pregunta, pero ahora se lo veía sereno y contento.-Compraremos una casa y viviremos ahí, en constante pecado.
-Par de conejos. Veo que ya tenés todo planeado.
-Anoche lo planeamos.
-¿Eh? ¡Cris, me dijiste que no hablaron nada!
-Bueno, habló todo él. Ya tiene todo en mente, ¿no es un amor?
-Sí, un amor. Hablando en serio, John, me alegra mucho que al fin hayas elegido, y bien. Eso sí, la hacés sufrir y me olvido que sos mi hermano. Bueno, la advertencia va para los dos.
-No te preocupes. –sonrieron, y supe que sí, no debía preocuparme.
-¿Vamos? –dijo John.
-Vamos. ¿Seguro que tu tía no me dirá nada porque soy mayor que vos?
-Y si dice, ¿qué? Ella es más vieja.
-Suerte con eso, la necesitarán. –reí.
Cerré la puerta, más que feliz. Era hora de que todo se encarrilara de una vez.








Respiré hondo, tratando de meterme el aire salado del mar en lo más profundo de los pulmones. Las últimas veces que me había quedado contemplándolo había sido en situaciones horrorosas de mi vida. Ahora estaba todo mejor, y consideraba justo agradecerle el apoyo, su presencia allí, silenciosa porque no preguntaba nada, y a la vez ruidosa con su braveza, como para decir que ahí estaba, para que no se sintiera tanto la soledad.
Me quedé unos minutos más mirando la masa gris que golpeaba una y otra vez en la playa, y me giré, para volver a casa. Pero cuando despegué mi vista de mi querido mar, me encontré con una sorpresa. Una desagradable sorpresa. Friederich.
-Hola Mercy. –sonrió, y de pronto sentí arcadas. No puede contestarle-Estás más linda, qué gusto encontrarte acá.
-A…andate. –articulé al fin.
-¿Por qué? Yo no vengo a hacerte nada…
-Andate, no quiero verte.-bajé la vista, sentía que el corazón me latía rápidamente, me dolía.
Me acarició una mejilla y me enfurecí.
-¡No me toques! ¡Ya sé todo sobre vos, sos un delincuente!
-Uy, uy, uy, seguís arisca cuando te tocan. –sonrió. De reojo miré alrededor, para mi desgracia estaba completamente sola y anochecía. Tenía miedo, mucho.
-Andate Friederich, te lo pido por favor. Si me dejás no le aviso a nadie de los que te están buscando.
-Veo que Evelyn ya te vino con el cuento…No le creas, es una tonta.
-Me da igual lo que sea, andate no te quiero ver, dejame en paz.
-No, no me voy. Vine por vos, y conmigo vas a venir.
-Dejame –sabía que no lo iba a hacer, y entré en pánico cuando vi que me quería besar. No se lo iba a permitir por nada del mundo. -¡Dejame hijo de puta! ¡Soltame!
Comenzamos a forcejear, pero llevaba las de perder, tenía mucha más fuerza que yo y…un cuchillo en el cinturón.
-¡Vas a venir conmigo, Mercy Wells! –me zamarreó –Te quiero y te voy a llevar, te guste o no, ¿me entendés?
-¡Soltame! ¡Ayuda! ¡Alguien que me ayude! –me tapó la boca con una mano, empecé a patearlo, a tirar manotazos a ciegas, hasta que me liberó la boca -¡Ayuda!
Otra vez me tapó la boca, agarró una de mis muñecas, la soltó, echó mano al cuchillo.
-¡Soltala la puta que te parió! –alguien agarró de un hombro a Friederich, lo dio vuelta, y le dio tremenda trompada, derribándolo al suelo. Se sentó, agarrándose la boca, que sangraba.
Asustada, miré a quien me había salvado, aunque recordé que a veces el que te salvaba lo hacía para agarrarte y hacerte algo peor. Sentí alivio al ver que era nada más y nada menos que…Richard.
Friederich intentó levantarse, pero Richard le pegó otra vez, al parece más fuerte.
-¡Andate de  acá, hijo de puta! ¡Andate a la mierda!
Como pudo, Friederich se levantó y corrió hasta perderse en la ya reinante oscuridad. Todo había sucedido en unos segundos y yo no podía reaccionar.
-¿Estás bien? –Richard se acercó a mí.
-No…no sé…
Y entonces sucedió. Me abrazó y me desplomé en lágrimas, ya consciente de los que había pasado y de lo que podía haber llegado a pasar si él no aparecía.
-Tranquila Mercy, ya se fue, ya pasó todo. –lo escuché decir, acariciándome el pelo y la espalda. Me abracé más a él, intentando controlar el llanto, desesperada por protección. No sé cuánto tiempo estuvimos así , sólo sé que logré tranquilizarme y él me separó un poco para mirarme.
-Ya está, no llores, quedate tranquila.-me acomodó el pelo detrás de las orejas.
-Gra...gracias…De verdad muchas gracias. Tuve mucho miedo. –otra vez las lágrimas afloraron y él me las secó con los pulgares.
-No llores más, tranquila, respirá. Vamos a tu casa, ¿si?
-Tengo…tengo que llamar a Evelyn, avisarle que él está acá, que lo busquen.
-De acuerdo, vamos.
-Pero no quiero dormir en casa, iré a lo de Cris.
-Te acompaño ahí también.
-No, no, ya hiciste mucho por mí, la llamaré para que me pase a buscar. Tenía razón, ese tipo es un peligro.
-No te angusties más, ya está.
-Sí, es verdad, por suerte no pasó nada. Bueno, por suerte no, fue gracias a vos y…Ay, me duele el pecho.
-Vamos al hospital.
-No, no…A casa, quiero ir a casa.
Caminamos juntos, él seguía abrazándome. Muchas veces había imaginado eso, pero en circunstancias más felices. De cualquier manera lo disfrutaba, aunque el susto no se me pasaba.
Llegamos a casa, busqué rápidamente el papel que Evelyn me había dejado con su número de teléfono y la llamé. En pocas palabras le conté lo sucedido y aseguró que daría aviso a la policía, que en pocas horas Friederich estaría preso. Me agradeció y prometió venir  a verme, pero yo no quería, no quería saber más nada relacionado a esa historia que después de tanto tiempo seguía jodiéndome la vida.
-Mercy, ¿estás bien? Estás pálida.
-Sí, estoy bien, sólo que me siento agitada y nerviosa, cuando me acueste se me pasará. Yo…yo no tengo palabras  para agradecerte lo que hiciste.
-Cualquiera que hubiera visto esa situación lo hubiera hecho, fue una suerte que justo pasara por ahí y los viera. Bueno, en realidad no pasaba por casualidad, te estaba buscando.
-¿A mí? ¿Para qué?
-Para…nada, no tiene importancia. ¿Te lastimó?
-No, no alcanzó a hacerlo, pero creo que estaba decidido. Richard, te voy a agradecer esto toda mi vida.
Sonrió, con esa sonrisa que tanta paz me daba y a la vez tanta intranquilidad. Me acarició un brazo.
-Ya pasó todo Mercy, no estés asustada, ¿sí?
Asentí, tratando de mantener a raya las lágrimas que otra vez querían salir.
-Mañana pasaré a verte y si querés…no sé, podríamos salir.
-¿Eh? ¿Salir? –pasé de la angustia al estupor.
-Sí…así te distraés, ¿te parece?
-Claro, me encantaría.
Se acercó, y me dio un beso en la mejilla, suave, lento. Me quedé mirándolo, sin saber muy bien qué podía seguir a todo eso.
-Eh…gracias.
-Cortala con el agradecimiento. –rió, y yo también, y me rodaron las lágrimas.
-Ey no, no llores…
-Es que soy tonta. –sonreí-Bueno, ¿nos vemos mañana?
-Sí, vamos adonde quieras, yo invito, acordate que te debo aquella vez que me invitaste, cuando buscábamos lugar para tu librería.
-Pfff ¡eso fue hace mucho! Ya venció esa deuda, y también quedó pagada con lo de hoy.
-No confundas trompadas con comida…La comida es más importante.
Reí, asintiendo.
-Me alegra que te rías. No te preocupes más por ése, ya te dijo la chica que lo meterán preso.
-Eso espero.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Sí otra vez ese silencio incómodo.
-Ah Mercy, yo…
-¿Qué?
-Ehh…nada, nada, mañana charlamos, ahora tenés que descansar, te dejo tranquila. Cuidate mucho, por favor.
-Estaré bien, no te hagas drama. –esta vez fui yo la que le dio un beso en la mejilla.
Se fue saludándome con la mano, prometiendo que al día siguiente regresaría.
Cerré la puerta, todavía muy asustada, pero mucho más feliz. Richard me había salvado y me había invitado a salir. El día siguiente sería perfecto, lo presentía.
Lo que no sabía, era que ese día nunca llegaría.







Bajaba las escaleras, con el pijama en las manos y un bolsito colgando de un hombro. Ante cualquier ruidito me sobresaltaba, por eso enseguida llamaría a Cris, no quería estar ni un segundo más sola, me sentía igual de mal que cuando era pequeña y las tormentas eran fuertes, y yo lloraba porque quería dormir con mi mamá. Sólo que esto era mucho peor.
Cuando llegué al final de las escaleras un mareo inesperado me obligó a buscar el apoyo de la pared. Respiré, esperando que pasara, pero apenas se alivió. Levanté la vista, para mi sorpresa me costaba fijarla, veía un poco borroso. Me acerqué hasta un sillón donde ya tenía algo de ropa preparada, dejé allí el pijama y el bolso, el mareo volvió.
-La puta madre. –dije en voz alta-¿Y esta resaca? Si hace días que no pruebo una gota de alcohol…
Quise reírme de mi conclusión, pero no pude. Esta vez fue el pecho, un dolor igual al que había sentido cuando vi a Friederich enfrente mío me hizo soltar una queja. Eso ya no era normal, el mareo había cesado un poco, pero el dolor en el pecho continuaba, como si me aplastara, y ahora una fuerte puntada en la cabeza me hacía apretar los dientes. Tragué saliva, me costaba respirar, las manos no me estaban respondiendo, ni siquiera las sentía, y todas las cosas me parecían extrañas y lejanas, como si no las reconociera. Me estaba asustando, nunca me había pasado algo así, y sentía que eso no se aliviaría con una aspirina.
-Papá…-dije con angustia-Me está pasando lo mismo…
No sé porqué tuve esa certeza, pero lo sentía. Me estaba pasando lo mismo que a él, aunque ni sabía qué dolores había sentido él. Simplemente estaba segura de que era lo mismo, y que no tenía un buen final.
Caminé hacia la puerta, notando que a cada paso la cabeza y el pecho me daban terribles puntadas, y que el movimiento de la respiración parecía una puñalada detrás de otra. Salí a la calle, la crucé sin siquiera mirar, y golpeé la puerta de Mimi, notando con angustia que mis golpes eran demasiado débiles como para ser escuchados. Tomé aire como pude, y golpeé una vez más. La puerta se abrió al cabo de un par de eternos segundos.
-¡Mercy! ¡Hija, ¿qué te pasa?!
Me abrazó para que no cayera, pero no lo logró, las piernas me fallaron y caí al suelo, sin poder atinar a sostenerme de algo.
-¡Mercy, Mercy!
-Mimi…-dije apenas-Me muero, me estoy muriendo….
La escuché gritar algo, pero ya no pude distinguir nada. Acopié fuerzas para abrir la boca y poder respirar, con horror sentía que me ahogaba y no podía hacer nada para impedirlo. Pero no lo logré, todo se convirtió en oscuridad.

La más terrible de las oscuridades.  




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Hola después de tanto tiempo! Sé que tardé mucho en subir y que ahora les traigo esto...Podría decirles más cosas, pero no lo haré para no quitar suspenso y por lo tanto emoción jejeje. Sólo les diré que ya no tardaré tanto en actualizar porque ando más libre (freedooom!) así que prometo ser buena fanfiquera  y no tardar tres meses en subir algo.
Bueno, les dejo un beso grande a todas, se me cuidan!