Un lugar solitario. Un día gris. Personas, unas cuantas,
lloran. Un cura pensando qué decir. Flores. Y un ataúd.
Las personas se acercan lentamente, se abrazan, se
consuelan. El cura abre un libro, lee unas palabras que nadie comprende, ni
siquiera él, tan lejanas en el tiempo que ya no sirven. Cierra el libro, mira
los rostros, mira el ataúd.
-Dios, esto es muy penoso.
Da una señal, todos entienden que no sabe qué decir
y no lo juzgan, porque nadie sabe qué decir.
Dos hombres vestidos de azul bajan lentamente el
ataúd. Abby, Juliet, George y Cris, lanzan unas flores, amarillas, “como a ella
le gustaban”.
Elizabeth se abraza a Harry, otra vez entierra a
alguien querido, el más querido. Paul se traga las lágrimas, abraza a su
hermana y a su cuñado. Mimi permanece inmóvil, sin pestañear. John mira todo
desde lejos, impotente ante esa escena, que parece repetirse una y otra vez en
su vida.
De pronto, alguien arroja un puñado de tierra. Otro
más se suma, y otro, y otro, y así van cayendo más tierra y más flores
amarillas.
-No lo hagan por favor, ¡no lo hagan! ¡NO LO HAGAN!
La boca y la garganta dolieron de tan resecas, pero la sensación desapareció con el dulce alivio de la bocanada de aire inflando los pulmones, refrescando el cuerpo.
Una luz blanca, cegadora, hirió mis ojos, pero soporté,
a pesar de no ver más que eso, luz.
Moví la cabeza, la nuca dolía de forma espantosa,
pero la vista parecía dejar de hacerlo, aunque no distinguía nada. No tenía
idea de dónde estaba ni qué me había sucedido, aunque recordaba algo: un ahogo
terrible, Mimi gritando, y la sensación e incluso resignación de saber que
moría. Sí, daba por sentado que estaba muerta, aunque sentía dolor, mucho,
tanto que no sabía de dónde provenía, pero sentía que me aplastaba. Supuestamente,
los muertos no sentían nada, ¿por qué yo sí? Esa pregunta dejó de tener sentido
cuando los recordé a todos: había dejado a mucha gente, y ahora estarían sufriendo,
así como los había visto. Me sentí profundamente triste.
Cerré los ojos, esperando que pasara lo que tuviera
que pasar, completamente entregada, preguntándome si toda la gente que moría se
sentía tan triste como yo.
Unos ruidos indescifrables me sobresaltaron, y abrí
los ojos. Distinguí la figura de alguien, después de unos segundos vi que era
una mujer inclinada sobre mí. Apareció otra figura de otra mujer, y luego oí
claramente la voz de un hombre.
-Avisen que preparen todo para las pruebas.
-Doctor, no nos está escuchando.
Quise hablar pero no pude, intenté mover los labios,
o aunque sea un dedo, pero fue en vano. Opté por mover los ojos, aunque no viera
con nitidez, pero quería decirles que sí, que los oía.
-Samantha, nos debe escuchar, recuerde que lo último
que muere es el oído. ¡Ahí! ¿Ve? ¡Mueve sus ojos!
Los moví más, pestañé. En la niebla que cubría mis
ojos, distinguí que el hombre sonreía.
-Hola Mercy. Bienvenida a la vida.
Estar seguro de estar muerto y después no estarlo genera contradicciones. Si bien no tenía ganas de morirme, la esperanza de volver a encontrar a aquellos que había perdido casi me había hecho cambiar de idea. Ahora resultaba que no estaba muerta, pero podía estar en una situación peor. Recordé lo que el médico de mi padre me había dicho: muerte o estado vegetativo. Bien Mercy, por lo menos no había perdido la memoria, pero lo más probable era que hasta que me muriera en serio estaría postrada, sólo moviendo los ojos, sin ver.
-Mercy, ¿me escuchás? Tratá de mover la boca,
decinos algo.
Intenté obedecer al hombre, pero me fue imposible.
-Doctor, debe estar dolorida.
-Es verdad, inyecta morfina.
Ay no. la morfina, el remedio de los moribundos. O
me moría del todo, o me convertiría en adicta a eso, y me terminaría muriendo.
Llegué a la conclusión de que me moriría de cualquier modo. ¿Por qué mi vida
era tan complicada?
-Intentalo otra vez, por favor.
Para mi sorpresa, el dolor había desaparecido. Sentí
que la mujer me quitaba el respirador artificial y acercaba su oído a mi boca.
Con esfuerzo, moví la lengua y abrí la boca, y me sentí agotada de sólo hacer
eso.
-Agua…
-¡Bien! Samantha mojale los labios. Tranquila Mercy,
estás muy bien, mirá, podés hablar.
Al fin sentí humedad en los labios, distinguí la
sonrisa del dichoso doctor al ver que
lograba chupar algo de agua del algodón empapado que la mujer apoyaba en mis
labios.
-No veo…
-¿Cómo? –preguntó la tal Samantha.
-No…no veo…
-Creo que dice que no ve.
-¿No ves nada de nada?
Asentí lentamente, aún prendida al algodón mojado.
-Veo…
-Debe ver mal –concluyó el médico- Tranquila, en
unas horas tus ojitos estarán bien. Fueron muchos días cerrados.
¿Muchos días? ¿De qué hablaba? No entendía nada.
Entró otro hombre, al que noté mucho más alto que el
médico, además de ir vestido de verde. Me asusté, ¿sería un militar? ¿Estaría
en un campo de concentración nazi, fascista, franquista, o lo que carajo fuera?
Recordé que la guerra hacía rato que había terminado, pero una nunca sabía.
-El señor te hará masajes para ver cómo están tus
músculos. –aclaró el médico-¿Sentís que está tocando tus pies?
Negué con la cabeza.
-¿Y que te da golpecitos en las rodillas?
Otra vez negué.
-Ahora te tocaré las manos, apretá mis dedos.
No sentí nada, y tampoco sentí fuerzas para apretar.
Oí un suspiro.
-Hay que hacer ya mismo los estudios. Duérmanla.
Cuando abrí los ojos, la vista seguía borrosa, pero al rato se aclaró. Me alegré, pude ver paredes blancas; una mesita también blanca frente a mí, con un florero y una florcita plástica roja; una ventana a la izquierda, por la que entraba la luz del sol. La luz cegadora no estaba encendida. También me alegré porque ya sabía dónde estaba, en el hospital, tenía vistas esas habitaciones. Moví la cabeza, a mi alrededor había cables, tubos, aparatos ruidosos. ¿Cómo había dormido con tanto barullo?
-Buenos días, Mercy –oí la voz de Samantha y al fin
la pude ver. Una mujer joven, rubia, con su birrete de enfermera. Bellísima,
parecía Marilyn-Te hicimos algunos estudios y exámenes. Estás muy bien, pero
llevará su tiempo.
Asentí, tratando de creer en sus palabras. ¿Cuánto
habría de verdad y cuánto de mentira en
ellas?
-En un rato podrá verte tu mamá, ahora vendrá el
doctor.
Efectivamente, rato después, apareció el doctor. No dijo
mucho ,sólo me revisó los ojos y los oídos.
-Retírese Samantha, así puede verla la familia.
La enfermera obedeció, el médico se sentó en la silla
que ella ocupaba.
-Ay Mercy Wells…Serás un caso complicado, ¿sabés?
Pero no imposible. Necesitaré de tu esfuerzo y tu tozudez, que ya me dijeron
que tenés. Sos dueña de una librería, ¿verdad?
Asentí, a la vez que inspiraba hondo, sintiendo una
punzada en el pecho.
-¿Y amigos?
Otra vez asentí.
-¿Estás enamorada?
En ese momento recordé la cita con Richard, arruinada
porque yo estaba ahí, atada a una cama. Me sentí peor, pero sin querer sonreí
al recordarlo.
-¡Ey, bien! ¡Podés sonreír! Buen signo. Y además,
una muestra clara de que está enamorada. Vamos a usar todo eso para que luches
y pongas lo mejor de vos, pronto saldrás de acá.
Moví la boca, y él se inclinó, quitándome el
respirador.
-¿Qué me pasó?
-¿Qué?
Me di cuenta de lo inaudible que salía mi voz, y del
esfuerzo que me costaba que aunque sea saliera eso.
-¿Qué me pasó?
-Ah…Verás, tuviste un infarto grande, jodido. El
cerebro también se vio afectado por la falta de oxígeno. Tuvimos que operarte.
Sentí que me ahogaba, me colocó el respirador
nuevamente.
-Tuviste algo parecido a lo de tu padre. Sí, leí su
historia clínica, la de él, y la de todos los Wells que encontré. Los Wells…Parecen
estar condenados a sufrir esto. Salvo que vos tuviste muchísima más suerte.
Estuviste cinco días sin despertarte, ni yo sabía qué te iba a pasar. Es una
gran alegría que estés acá, y con posibilidades de mejorar.
“Posibilidades de mejorar”. Con todo eso que me
había dicho, las posibilidades seguramente eran vivir en una silla de ruedas,
que me dieran de comer en la boca, y dar lástima por vaya a saberse cuántos
años, hasta que el destino de los Wells me visitara nueva y definitivamente.
-¡Bien! ¡Podés llorar! –lo odié, estaba llorando y
él festejando un puto “progreso”.
Sí, me quería morir. Me negaba rotundamente a vivir de esa forma. La idea me la confirmé al ver a mi madre llorando a mi lado, supuestamente de alegría, y yo sin siquiera poder tomarle la mano, o decirle algo entendible. Dijo que muchos estaban allí, que querían verme, pero que no los dejaban pasar. Sobre la mesita con el florero dejó unos papelitos, dijo que eran cartitas de todos, que el médico las leería conmigo, para examinarme. Le oculté las lágrimas hasta que se fue.
-Haremos una prueba –dijo el doctor entrando. Otra vez
lo odié por verme llorar-Te mostraré una carta, la mirarás, y me dirás si podés
leerla. Lo hacés, y luego yo te hago preguntas sobre ella, para ver si la
entendiste. ¿De acuerdo?
Desdobló uno de los papeles y lo sostuvo frente a
mis ojos. De inmediato reconocí la letra de Jonathan.
-¿La ves?
Asentí.
-Tratá de leerla.
“Que…querida…Merc…” Mierda, apenas entiendo mi
nombre. Me angustié. Seguí leyendo, o tratando de unir todas esas letras. El
médico sostenía el papel, aparentaba tener una paciencia infinita. Continué leyendo,
aunque con desesperación notaba que a algunas letras las reconocía, y las
palabras también, pero no comprendía su significado. Miré al médico.
-No podés, ¿no? –se acercó y me quitó el respirador.
-Sólo un poco…
Me colocó el respirador otra vez, sonriendo. Me di
cuanta que era joven, y muy guapo. Bien, me estaba muriendo y pensaba que el
médico estaba bueno, merecía una patada.
-Tranquila, con el correr de los días eso también
mejorará.
Durante los quince días que permanecí en terapia intensiva, lo único que mejoró fue el oído, con el que reconocía todo lo que no podía ver por estar rodeada de cosas. En lo demás, los movimientos eran nulos, y la voz ronca, acatarrada. Eso impedía que me comunicara con todos los que venían a verme, lo que les decía, no lo escuchaban o no lo entendían, así que me limitaba a asentir, negar, y ver cómo disimulaban las lágrimas.
El médico se llamaba Cyril Sheen, él y Samantha eran
los que me hablaban y me revisaban continuamente. De observarlos, aprendí a reconocer
sus expresiones, y siempre eran desalentadoras, porque simulaban que todo
estaba bien.
Por las noches, cuando el hospital quedaba en
silencio y sólo se escuchaban los ruidos de mis máquinas, lloraba, lloraba
mucho. Aquello me parecía lo más injusto, no veía motivos para luchar porque no
veía los motivos del porqué me había sucedido eso. La explicación de los Wells
no me convencía, porque yo no tenía la culpa de haber nacido Wells. Me di
cuenta que, de tan triste que me sentía, pasé a ponerme rabiosa. Y eso,
claramente, me jugaba en contra.
Al fin me pasaron a terapia intermedia cuando pude
prescindir del respirador. Me puse alegre cuando noté que mi voz volvía a ser
la de antes, y mi vista estaba completamente mejor. Pero en cuanto al
carácter…dejaba mucho que desear. Estaba harta de ese lugar, de la cama, de los
ruidos, los médicos, los estudios, la gente…todo. Odiaba al mundo entero que
vivía feliz fuera de las paredes de ese hospital.
-¿Sentís algo? –Cris me miró ilusionada, después de
pasar varios minutos masajeándome una mano. En los días que yo llevaba ahí,
ella era la única que había conseguido arrancarle unas palabras al hombre de
verde, el masajista, que parecía mudo. De él aprendió lo que debía hacerme.
-No.
Continuó otro rato, tranquila, a pesar de mis
muestras de impaciencia.
-¿Ahora?
-No, te dije que no.
-Pero…
-No, ya está, dejame. –fijé mi vista en la ventana.
-A ver, seguiré con la otra mano.
-¡Ay dejame tranquila! ¿No ves que no siento nada,
que no puedo mover ni un dedo?
-Por eso te estoy haciendo esto.
-No te gastes, esto no se soluciona con masajitos,
porque no se soluciona con nada. ¿O te creés que no veo a los médicos, a las
enfermeras? Soy un caso imposible.
-Lo serás por el carácter podrido que tenés.
-Y bueno, ¿qué querés? ¿Qué esté feliz, festejando
como si fuera mi cumpleaños? Dejate de joder, a mí no me engañan, no soy tonta.
Todos me miran con lástima.
-Pero Mercy, tenés…
-“Tenés, tenés, tenés” ¿Y porqué tengo que hacer
cosas? ¡Si yo no pedí esto! ¿Sabés qué? Andate, dejame sola.
-Tampoco es para que me trates así. Está bien que
estés enojada, pero si vos no tenés la culpa, yo mucho menos.
-Y bueno ,andate, te estoy diciendo que me dejes.
-¿Sabés que sí? Me voy, sos una desagradecida, estás
viva y te quejás.
-¡No quiero estar viva así! ¡No entendés nada!
-No, la verdad es que no entiendo. Me voy, que me
trates así a mí, bueno, pero ayer no sé qué le dijiste a tu madre, yo la vi, y
ella no se merece eso.
-No me importa.
Sin mirarla, sentí
que me traspasaba con sus ojos llenos de bronca. Agarró su saco y se fue
dando un portazo. Me mordí los labios para no llorar de rabia por lo que me pasaba
y por lo que había hecho. Escuché que alguien golpeaba la puerta, me alegré de
pensar que fuera ella, pero lo arruiné.
-¡No te quiero ver! ¡Andate de una vez!
La puerta se abrió, y vi a Jonathan.
-Mercy…¿estás bien?
-No, no estoy bien. Andate vos también.
-Te traje los números de la librería, así los controlamos juntos.
-No quiero ver nada, no quiero saber nada de la librería,
te regalo Alejandría Libros si querés, si total no puedo leer. Dejame. ¡Dale, andate! ¿Qué me mirás?
-Me parece que el ataque te afectó bastante el cerebro. No sos la misma.
-Ya lo creo que no soy la misma, que yo recuerde
nunca estuve casi un mes en una cama sin poder moverme. Andate de una vez.
Pasé toda la tarde sola, rumiando la bronca y tragándome
las lágrimas, por puro orgullo. No quería que nadie me viera así, pero
insistían, y eso me daba más enojo. Odiaba todo eso, quería que me devolvieran
los días y los dolores robados, las ganas de reírme, la posibilidad de soñar con un futuro que, al
parecer, ya no tenía. Otra vez odiaba al mundo, y a Dios, el culpable de eso.
-¿Cómo estás hoy? –Cyril entró, con su sonrisa,
sentándose en el borde de la cama.
-Estoy tan bien
que me pondré a bailar la jota aragonesa. Qué pregunta idiota.
-Mercy, ya te dije que esto…
-Sí, ya sé, es “complicado”, pero hay que “luchar”.
Mire, ya me aprendí sus discursos.
-A ver, primero y principal, empezá a tutearme. Soy
joven, llamame por mi nombre.
-Como quieras, Cyril. ¿Tan joven sos?
-Bastante, unos años mayor que vos, me recibí rápido.
-Qué envidia. ¿Tené idea de cuánto me falta para
morirme? Así voy calculando también, cuánto tiempo tendré que aguantar estar
así.
-Ojalá lo supiera…Podés estar un día más, o un año.
El cerebro tiene esos misterios.
-De gusto te recibiste tan rápido, no sabés nada.
Rió, y se me quedó mirando. Me sentí incómoda.
-Bueno, si es así, duplicá la dosis de morfina y
acabemos con esto. Eutanasia ya.
-Mercy, no puedo hacer eso.
-¿Por qué? Soy mayor de edad, estoy en uso de mis
facultades mentales, te lo estoy pidiendo. Traé los papeles que hay que firmar.
Si no está legislado, no importa, te doy mi permiso.
-Lo siento, pero no puedo. Si supiera con certeza
que nunca te recuperarás…Y tampoco, no lo haría.
-Creo que sos un cobarde.
-Y vos también. Por no pelear.
-Esta conversación no tiene sentido.
-Deduzco que me estás echando.
-Exacto.
Asintió y caminó hacia la puerta, antes de irse me
miró.
-Está bien que estés enojada, es un modo de
descarga. Pero te recuerdo que no sos la única del mundo, y que no todos se
pelean así con la vida.
Se fue, cerrando la puerta detrás de sí.
-Andate a la
mierda. –dije poniéndome de costado y tapándome con la sábana hasta la cabeza.
Cuando cerré los ojos, reaccioné: me había dado vuelta y me había tapado sola.
Otra vez volvía a tener movimientos.
La mañana fue un vómito constante. No sé qué carajo me habían hecho tragar para hacerme más estudios ni bien se enteraron que ya podía moverme. Dejé caer la cabeza sobre la almohada, agotada. Tener movimiento significaba, además, tener dolores. Tantos días quieta habían atrofiado mi cuerpo, por lo tanto mover un dedo era sinónimo de lágrimas.
Cyril había decretado no más morfina, sino cosas mas
livianas. El resultado era pobre sino contamos mis quejas pidiendo a gritos la
morfina. Según él y sus dichosos estudios de los que se la pasaba hablando, ya
me había convertido en adicta y debía alejarme de ella cuanto antes. Mi llanto
pidiéndosela confirmaban todas sus suposiciones.
Todo empeoró cuando, sentada, llorando y peleando
con él, miré debajo de la bata o camisa que llevaba puesta desde que me habían
internado. Desde más debajo de la altura de mis senos hasta las clavículas, se
extendía una espantosa cicatriz que surcaba mi pecho.
-¿Qué es esto? –le pregunté asustada, interrumpiendo
otro de sus discursos.
-Ah, Mercy, eso es de la operación que tuvimos que hacerte
casi de urgencia.
-¿Me operaron el pecho? Pensé que era la cabeza.
-¿La cabeza? Eso ni se toca. Era el pecho, había que
operar sí o sí. Tranquila, mucha gente tiene cicatrices de operaciones
cardíacas.
-Ya lo sé, las he visto, pero no tan horribles como
esta. Y además, se nota mucho…
-Con el tiempo irá cambiando el color y ya no se
verá tanto. No sé, quizás en unos años puedas hacerte alguna cirugía para
mejorarla. Hubo que ser un poco bestia, Mercy, era necesario abrir y no pensar
tanto en la estética.
No podía dejar de verla. Tras que nunca había tenido
un cuerpo lindo, ahora también tenía esa cosa fea, que parecía un bicho, o me
hacía parecer un bicho a mí. Daba la sensación de que en cualquier momento se
abriría y saldrían todas las tripas. Con una mueca de asco, la tapé.
-Creo que tenés visitas, me voy. En un rato paso a verte, antes de que duermas.
-Cyril, por favor, dame morfina. No aguanto más los
dolores.
-Te daré otra cosa.
-¡No, otra cosa, no!
-Si te alterás, es peor.
-Odio a los médicos.
-Ya lo sabía, me di cuenta. Vamos Mercy, calmate y
ya no tendrás dolores fuertes.
-¡No Cyril, no! A ver, decime porqué me pasó todo.
Porque aún no he preguntado. Ah, no me vengas con el destino de los Wells, los
médicos no hablan del destino.
-Ok, te haré una breve explicación. –se sentó en la
cama, me tomó una mano-¿Sentís algo?
-Sí, dolor. No me toques, duele mucho.
-Bien, aunque no lo creas, es un buen síntoma.
Bueno, te diré: lo tuyo fue una serie de factores. Primero, el congénito.
-Eso ya lo sé, sobre papá me dijeron lo mismo.
-Y si ya lo sabías, ¿por qué nunca te trataste?
-Porque…no creía que me iba a suceder lo mismo. En
realidad, creo que no lo hice por miedo a que me dijeran que sí, que me iba a pasar,
y…Sí, fui una tonta.
Cyril suspiró, me miró a los ojos. Vi por primera
vez lo verdes que eran los suyos.
-Hay otras cosas. Cigarrillo, por ejemplo. ¿Cuántos
fumás por día?
-A veces un atado completo, a veces ni uno.
-No fumes más, ninguno. Y otro problema: alcohol. Sé
que tuviste problemas con eso.
-Soy una adicta, ¿lo ves? Primero alcohol, ahora
morfina. Ah, veo que mis familiares y amigos ya te contaron todo sobre mí.
-Era necesario. Tuviste suerte que yo estaba aquí,
soy el mejor en mi especialidad.
-Bueno, qué modesto. –rió y se acercó más.
-Otra cosa más, el stress.
-¿Eh? Eso lo tienen los oficinistas o los
empresarios.
-Y vos. Y no hablo del stress de manejar una fábrica
o especular en la bolsa, sino el acumulativo, el que te dan las amarguras, los
sustos, las situaciones de muchos nervios…
-Ah sí, de eso tengo a montones, y ya me estoy dando
cuenta qué fue el desencadenante. El culpable es Friederich. No lo conocés, pero es un…
-Ya sé quién es.
-Ay no…no me digas que vino…
-Tranquila, no. Me lo contó todo un tal Richard, un chico que estuvo aquí todas las noches. Lo
dijo porque yo necesitaba informaciones, comprendé que no sabía qué tenías ni
porqué viniste a parar al hospital. Pero prometí no decir nada, me dijo que no
querías que lo supiera nadie.
Me quedé pensativa, Richard había estado allí.
-Sí, estuvo. –sonrió Cyril, adivinando mis pensamientos-Ahora
desapareció, probablemente porque se enteró que echás a todo el mundo. Cuando se
te pase el mal genio, quizás vuelva…Ah, mirá, se me olvidó mencionarte otros
dos factores: una anemia que no sé cómo la llevabas encima, y tus problemitas
cardíacos de pequeña que, según tu madre, mientras vivías con ella te tratabas,
pero después ya no. Así que, lamento decirte esto, pero la única que culpable,
sos vos.
-Bah, seguro que si me cuidaba, me pasaba igual.
-Quizás, pero no habría sido tan complicado. Bueno,
te dejo, pensá bien todo.
Cyril desapareció, dejándome con mis dolores. Así
que la culpable era yo…
Escuché que golpeaban la puerta y que enseguida se
abría. Era John, hacía días que no lo veía, y la verdad era que lo extrañaba un
poco. Bueno, mucho.
Apenas si me saludó, y se sentó en la silla que
estaba junto a mi cama.
-¿Qué te pasa? –preguntó, serio.
-Otro con la misma pregunta.
-Mercy, yo sé que esto es muy duro, que lo estás pasando
para la mierda, pero no entiendo tu enojo. Como te pasó a vos, le puede pasar a
cualquiera, y nadie te dejo sola, estamos con vos, nosotros también sufrimos y
la pasamos mal.
-Veo que Cris ya te dijo.
-Todos me dijeron.
Suspiré, me mordí los labios para aguantar una
fuerte punzada en las piernas y también las lágrimas.
-Ay John…Me siento tan mal, no entiendo. Cyril acaba
de decirme que la culpa es mía, y tiene razón, pero hay tanta gente que toma y
fuma y nunca va la médico y vive hasta los 100 años y nunca le pasa nada, y a
mí sí. Está bien, veo que estoy mejorando, pero tengo miedo que todo termine en
esto, que los avances se frenen, que tenga que vivir atada a los calmantes y
que ya no pueda hacer nada por miedo a terminar otra vez en el hospital. Yo
quería vivir bien, quería mi vida sana, no sé si era feliz pero era normal. Y ahora
ya no. Perdoname por ser tan cabrona.
Me abrazó fuerte, sentí más dolor, pero aguanté
porque necesitaba que él me abrazara, como había hecho siempre que me había
sentido tan mal. Se separó y me revolvió el pelo.
-Me cuesta entenderte, pero trato de hacerlo, me
enojé con vos por lo que hacías, pero después me acordé de lo mal que estuviste
y se me pasó. Es una alegría que te hayas salvado, vas a ver que cuando salgas
de acá estarás mejor que antes.
La puerta se abrió y vi a Cris, que ni me miró.
-John, ya tenemos que irnos.
-Uy, es verdad, tenés pocos minutos de visitas.
–John me dio un beso en la frente y se puso de pie –Nos vemos mañana.
-Nos vemos. –la miré a ella, que le decía algo a él
y se disponía a irse-Ok, ok,ok. Reconozco que me comporté como una desalmada, y
pido perdón.
-John, vamos.
-Cris…
-¿Qué?
-Por favor, perdoname.
-Pedile perdón a tu madre, a Jonathan, a Mimi, y tu
médico, y a todos a los que maltrataste.
-De acuerdo, lo haré. Pero ahora te pido perdón a
vos. Por favor.
-Está bien, perdonada. Pero lo volvés a hacer y te
rompo un tubo de oxígeno en la cabeza.
-No hay duda de que son cuñadas, ya no se soportan.
-La culpa es tuya por “encuñarnos” –reí.
-Ay John –dijo ella- se ríe. Volvió a reírse.
-Sí, ¿no es genial?
-Oigan, dejen de mirarme como si fueran mis padres y
vengan a darme otro abrazo, que si bien me duele todo, quiero abrazos de oso.
Sonrieron y nos dimos un abrazo grupal, de esos bien
apretujados.
-Gracias chicos. Gracias a todos por no dejarme ir.
****************
Y aparecí yo, trayéndoles capítulo bien deprimente, para demostrar que si hay alguien dramático, soy yo XDDD Pese a eso, espero que les haya gustado. Sino, ya saben, pongan todas sus quejas o metanme presa, lo que les resulte más cómodo.
Las dejo que disfruten del fin de semana, saludos!
P/D: Atención al próximo capítulo, yo sé porqué se los digo.