01 octubre 2013

Capitulo 70 Almas Rotas

Abril había empujado las nubes grises y el frío para darle paso al sol y a la primavera. No eran días caribeños, pero por lo menos ya no me congelaba.
El sol entraba por la vidriera, dándole calidez a un lugar aún vacío. Ese lugar era mi lugar y estaba dejando de ser vacío para estar...desordenado. Bueno, algo era algo.
Lo cierto era que me estaba ganando un buen dolor de cintura por acarrear cajas y cajas que quedaban en el piso. Antes de abrir mi negocio, ya estaba segura de algo: sola no podría. Y es que no era complicado atender gente, a eso estaba acostumbrada, lo difícil era eso, llevar y traer cajas cargadas de libros o discos. Y para eso ya tenía la solución, sólo tenía que ubicarla por Liverpool.
-Te volverás vieja antes de tiempo.
Me incorporé con una sonrisa, tomándome la cintura y reprimiendo un gesto de dolor.
-Podrías ayudarme, ¿no?
-No. Es tu negocio, no el mío. Pero como soy un buen hermano que no puede ver cómo te agarrás esa cintura como si estuvieras embarazada, te ayudaré.
-Gracias John. ¿Y quién te dijo que no estoy embarazada?
-Del Espíritu Santo estarías. Y ya te habría matado, Wells. Bueno, ¿qué hago?
-Levantá eso. Ay, la verdad es que los hombres son un mal necesario.
-Y ustedes el sexo débil, porque mirá que no vas a poder levantar esta cajita –levantó la caja y no pudo contener un quejido- Mierda, está pesada de verdad. ¿Qué hay acá? ¿Balas de cañón?
-No sería mala idea.
-La señorita Wells dedicándose al tráfico de armas. Podríamos volver a ser socios.
Me reí  y lo guié hasta el sótano donde guardaba las cajas con libros escolares.
-¿Y bien? ¿Cuándo empezás?
-No sé John...Aún me falta mucho. –suspiré, y sentí una punzada de dolor en el pecho.
-Ey, ¿estás bien?
-Sí, fue un dolorcito de nada, es porque estuve todo el día levantando cosas....Voy a necesitar ayuda. Ay, me siento una inútil, pensé que podría sola.
-Ese es tu error de siempre, creer que podés con todo sin pedir ayuda a nadie.
Asentí, cansada. La verdad era que tenía razón.
-¿Querés té?
-¿Y cómo vas a calentar el agua?
-Tengo cocina, querido Lennon.
Me siguió hasta la minúscula cocina que tenía el local y ahí calenté agua. Después tomamos el té sentados en el suelo, al amparo de sol que entraba.
-Parecemos chinos, tomando té en el piso. Fea, venía a decirte algo.
-¿Te casás?
-¿Por qué para vos, cualquiera que viene a decirte algo es porque se casa?
-Es que no te vendría mal que te casaras.
-Dejá de decir pavadas. Venía a decirte que en dos días me voy a Hamburgo. Con los chicos.
-Uh....quisiera ir.
-No, no. Ocupate de tu negocio, cuando hayas ganado mucho dinero, vamos todos juntos y vos pagás todo.
-No sé si me conviene pero...está bien.
-Además nos vamos por poquitos días.
-De acuerdo. Dale saludos  a Stu, que me escriba una carta de vez en cuando aunque sea. Y a Astrid decile que todavía estoy esperando que me mande las fotografías que me tomó.
-Pobre Astrid, seguro que las quemó para que no le cayera ninguna maldición.
-Qué tarado sos.
John rió de buena gana, a la vez que seguía haciendo comentarios sobre mí y las fotos. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a verlo así de contento.



Ocupada cono estaba con mi futuro negocio, había olvidado mis otros asuntos, como Anna y Friederich. Ella hacía unos días que no me llamaba, y al parecer no había novedades sobre “la causa”. Mi paranoia por Friederich casi había desaparecido, no tenía tiempo para mirar a todos lados cada vez que salía a la calle por las dudas que él me siguiera.
-¡Al fin aparecés!
-Perdón Cris, es que...
-Sí sí, tu negocio. Hace dos horas que te estoy esperando.
-Bueno, no te enojes.
-No me enojo.
-Pronto seremos colegas, y yo seré mi propio jefe y esclavizaré gente como hacés vos. –dije poniendole una mano en el hombro.
-Yo, esclavizarte....Qué suerte tuviste el día que te tomé, y qué desgracia tuve yo. Vamos, ponete a trabajar.
-Vi a John.
-¿Y a mí qué me importa?
-Mucho, te importa mucho.
Miró a todos lados y se acercó.
-¿Dijo algo?
-No. Se va a Alemania.
-Pero...¿no dijo nada de mí? ¿No habló de una carta?
-¿Eh? ¿Carta? No entiendo nada.
De un bolsillo sacó un pequeño sobre rosa, en el que reconocí la desastrosa letra de John en un “Cris”  en el anverso.
-¡Dame eso! –grité.
-No señorita. Primero decime si dijo algo.
-¡No dijo nada! ¡Ahora dame eso!
-Es privado.
-¿Cuándo te la dio?
-Ayer la dejó acá arriba –palmeó la barra.
-Qué cobarde que es, pensé que te la había dado en mano.
-Nada que ver, yo sé que no es muy valiente mi chiquito.
-¿”Mi chiquito”? ¿Pero qué es esto? –pregunté con asco.
-Yo sólo te voy a explicar a grandes rasgos lo que dice, pero nada de leerla. –levantó la carta en el aire, para que no pudiera agarrarla.
-¿Y cómo sé que no mentís?
-Porque yo...
No pudo terminar de hablar porque se la arrebaté y salí corriendo.
-A ver qué dice acá –dije muerta de risa, sacando la carta del sobre.
-¡Vení para acá!
-¡No quiero! –por suerte, no había nadie en la cafetería, así que comencé una carrera loca esquivando mesas y sillas.
-¡Mercy Wells estás despedida!
-Uy qué miedo.
-¡Te hablo enserio! ¡Dame esa carta!
Terminé subida a una mesa mientras ella trataba por todos los medios de sacármela.
-Por última vez: dame eso –dijo ya cansada de correr.
-Agarrala. Vení, tomá, te la doy....¡Oleeee! –le saqué la lengua y comencé a leer –“Cris: soy John...” Ah pero qué pelotudo que es, ¡se sabe que es él!
-¡Mercy!
-“Te parecerá raro que te escriba, pero es que hoy...” Uy, atención con lo que viene: “Hoy junté el coraje para hacerlo”. Faaaa ¡está hecho un poeta!
-Wells...
-Pará. –la frené con una mano –“Lo que quiero decirte es que...”
-Mercy Wells.
La miré y temblé. Había tocado su límite y no me convenía seguir con la bromita.
-Un poquito más...
No me quitó la mirada de encima, al contrario, la endureció más aún. Suspiré resignada y le tendí la carta y el sobre. Después, me bajé de la mesa.
-Ordená todo este despelote.
Asentí poniendo mi mejor cara de compungida, aunque en realidad estaba loca de contenta. John al fin se estaba dando cuenta de quien le convenía y lo quería de verdad.
Acomodaba las sillas, cantando una canción cualquiera cuando entró alguien. Fue después de unos segundos cuando me digné a ver quién era.
-¡Jonathan! –exclamé corriendo hacia él y llevándome por delante dos sillas.
-Uy, ¿estás bien?
-Claro, estoy acostumbrada a ser torpe. ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!
-Estoy bien, y también es una alegría verte a vos. Lo estuve pensando y me animé a reclamarte la invitación que me habías hecho.
-¡Genial!  Sentate y tomá lo que quieras.
Rió y negó con la cabeza, a la vez que me seguía hasta la barra.
-Te estaba jodiendo, ¿cómo voy  a venir a pedirte que me invites? Pasé por acá y como vi que no había nadie, entré. Otras veces quise entrar pero siempre había mucha gente y no quería molestarte en tu trabajo.
-Jonathan, no das más de bueno. Tranquilo hombre, no me molestás y te invito a que tomes lo que quieras.
-Con un té con leche estoy bien.
-¡Buenísimo! ¡Marche un tè al latte!
Le preparé su té mientras lo observaba. Estaba mas flaquito que cuando lo conocí y se había cortado el pelo.
-Debe ser genial trabajar acá ¿no? Lo digo porque siempre habrá olorcito a café.
-La verdad que sí, además hay comida siempre, y gente distinta. A mi me gusta mucho, me da pena irme.
-¿Irte? ¿Te mudás?
-No –le puse su taza frente a él –Voy a poner mi propio negocio.
-¿Una cafetería?
-No, ni loca le hago la competencia a Cris.
-¿Quién es Cris?
-Mi jefa, mi amiga, especie de tutora y...futura cuñada.
-Vaya, cuantas funciones –rió.-Entonces, ¿qué harás?
-Pondré una librería. ¿Y sabés qué? Es una gran suerte que hoy hayas venido a verme, porque desde hace días que estoy pensando en vos y estaba por salir a buscarte. Decime una cosa, ¿has conseguido trabajo?
-No, para nada –respondió bajando la mirada –Mi vida sigue igual a la vida que te conté, con el agregado de dos entradas más a la comisaría.
-Bueno, yo me di cuenta que con un negocio no puedo sola, necesito ayuda. Y pensé si vos podrías darme una mano.
-¿Me estás ofreciendo trabajo? –abrió grande sus ojos grises.
-Sí, pero un momento, no puedo pagarte mucho, ni siquiera empecé y no sé si esto tendrá éxito o no, así que....
-¡Mercy, gracias! –dijo de repente –¡Gra...gracias! ¡Es la primera vez que me ofrecen un trabajo!
-Bueno, pero no es nada del otro mundo, no te ilusiones que...
-¡Me estás dando un trabajo digno! ¿Qué tiene que ver lo demás?
Caminó hasta detrás de la barra y me dio un gran abrazo y un sonoro beso en la mejilla. Quedé desconcertada.
-¡Gracias, gracias! ¿Cuándo empiezo?
-Mañana llegan unos libros que encargué, y unas estanterías que...
-¡Mañana a primera hora estoy ahí!
-Pero iré de tarde...
-Ok, a la hora que me digas.
Sonreí, contagiada del entusiasmo que transmitía.
-Entonces nos vemos mañana a las tres de la tarde.



Al día siguiente, antes de las tres, Jonathan ya estaba parado en la vereda, mirando hacia adentro a través de la vidriera. Me acerqué caminando haciendo sonar un manojo de llaves.
-Qué eficiencia.
-No quería llegar tarde a mi primer día. ¿Así estoy bien vestido? –señaló su inmaculada camisa blanca.
-Demasiado, te ensuciarás.
-Quiero dar una buena imagen. Estuve mirando, me gusta el color que elegiste para las paredes. Bueno, ¿qué hay que hacer?
-Esperá, ansioso –reí abriendo la puerta– Tenemos que esperar a que llegue la camioneta que trae los pedidos. Mientras tanto, podrías ayudarme con esta biblioteca, quiero cambiarla de lugar porque ahí no queda bien.
Jonathan, haciendo gala de una fuerza que creí que no tenía, movió de lugar la biblioteca y después encendió el tocadiscos.
-Se trabaja mejor con música. Ey Mercy, yo...yo no sé nada de libros, no he leído mucho...¿Estoy bien igual para este trabajo?
-¡Claro que sí! Es más, te terminarás enamorando de ellos.
-¿Me dirás qué me conviene leer?
-Dalo por hecho.
Pronto, llegó la camioneta de los libros y Jonathan se encargó de bajar todo y entrarlo al negocio. Observé cómo trabajaba y el empeño que le ponía. Sin dudas, había sido mi mejor elección.



Era un campo de fresias y yo saltaba y saltaba con un vestido blanco, y arrancaba una y la olía, y otra también, y veía un ratoncito chistoso, y lo seguía y...me desperté. Miré el reloj, eran las siete de la mañana, y escuché el timbre. Relacioné mi abrupto despertar con ese timbre que vaya a saberse desde cuándo estaba sonando. Me incorporé, asustada. Nadie iba de visita un domingo a las siete de la mañana, y eso significaba malas noticias. Tenían razón cuando me decían que siempre pensaba lo peor, pero es que otra cosa no podía pensar. Me puse una campera que encontré y bajé corriendo, pensando y también consolándome con que tal vez fuera una broma pesada. Si lo era, me iba a escuchar el infeliz que se había atrevido.
Me acerqué  a la mirilla y vi a John. No, no podía ser una broma de él, porque estaba en Alemania y no iba a venir nada mas que para molestarme así. Tragué saliva y abrí. Ya estaba dándome la espalda, caminando hacia la vereda, dispuesto a irse. Cuando escuchó la puerta que se abría, se giró y sentí que se me paraba el corazón: tenía los ojos rojos, el rostro desencajado...
-John...¿qué...?
No pude decir más, me abrazó casi levantándome en el aire, con tanta fuerza que creí que me iba a partir. Me separé un poco, como pude, y le agarré la cara para mirarlo fijamente.
-¿Qué pasó? Decime ya.
Traté de parecer calmada, aunque no lo estaba, pero no quería atosigarlo. Tomó un poco de aire, mirándome con una tristeza extrema, que más me asustaba.
-Stu...Stuart...
-¿Qué le pasó?
-Está muerto.
Se aferró otra vez a mí, pero sin llorar. Me obligué a pensar que todo eso era una pesadilla que había aparecido en medio del sueño del ratón chistoso.
-John...es broma, ¿no? Dejame decirte que sos una basura, con eso no se jode.
Se separó de mí mirándome con enojo, y negó lentamente con la cabeza.
-No...por favor decime que es una broma...-lo miré suplicándole como nunca lo había hecho.
-No, no, no y ¡no! ¡No lo es! ¡Te estoy diciendo la puta verdad!
-Pero no...¡No puede ser! ¿Cómo...Cómo va a estar muerto? ¡Por Dios, es Stu! ¡Eso es imposible!
-¡Te digo que sí, que lo está!
Vi a George acercarse. Él también se veía triste como jamás lo había visto. Lo miré, también rogándole queme dijera que todo eso era mentira, pero solo bajó la cabeza. Le puso una mano en el hombro a John y él se zafó con violencia.
-Pero...pero ¿por qué?
-¡Y yo qué mierda sé! Llegamos y estaba muerto.
-Pero John...
-¡No entendés nada! –dio media vuelta y traté de detenerlo, pero George me tomó del brazo.
-Dejalo –susurró y con suavidad me llevó adentro.
Cuando entré, me sentía una extraña en mi propia casa. Era como si no reconociera nada. George cerró la puerta y me sentó en el sofá.
-George...es mentira, ¿no?
-No...Murió el día antes de que llegáramos.
-Pero, ¿por qué? ¿Qué le pasó?
-No sé, le agarró algo a la cabeza, dijo Astrid que le dolía y de pronto se cayó al piso y...eso. Mercy, ¿te sentís bien? –me tocó la frente.
-No, no me siento bien, es obvio.
-Perdón...
-Perdoname vos a mí.
Se quedó en silencio, con la mirada clavada en la alfombra, hasta que unas lágrimas le corrieron por las mejillas. Se las secó con rapidez.
-Me voy, tengo que ir a mi casa. ¿Necesitás algo?
-No, andá. Nos vemos después.
Cuando lo vi cerrar la puerta, apreté los párpados y traté de tomar aire. Stu....no podía ser que estuviera muerto. Era de nuestra edad y a esa edad nadie se moría, era ilógico.
Al fin pude llorar, algo que deseaba y a la vez aborrecía. Quería llorar para aliviar un peso enorme que sentía sobre el pecho, y a la vez no quería porque me parecía que todo aquello era mentira, que era imposible que estuviera pasando. Stu, aquel chico tan bueno con todos, aquel que se había divertido haciéndome confundir con su galanteos, aquel que estuvo para darme la mano cuando mi padre agonizaba, el que se hacía el misterioso...aquel amigo. Aquel amigo estaba muerto y jamás volvería a verlo, se había esfumado de nuestras vidas.



Lloré todo lo que necesité y lo que me permití, teniendo ante mis ojos a Stuart, viéndolo como lo veía siempre, como lo había visto la última vez, feliz. Y seguía repitiéndome que esa imposible, que nunca me lo creería y de hecho, nunca lo creí.
De pronto recordé algo: John. Estaba solo y eso no era bueno, por más que gritara que quería estar solo, no lo dejaría, porque lo conocía demasiado bien y sabía que era capaz de cualquier locura.
Me vestí rápidamente y salí a la calle, prácticamente corriendo. El camino se me hizo interminable, pero al fin llegué al departamento que John había compartido con Stu. La puerta estaba entornada así que entré. Lo vi tirado en la cama, con la cara clavada en la almohada, pero sin llorar.
-Andate –dijo. Me sorprendí al ver cómo había adivinado que era yo.
-No. –respondí con contundencia. Me acerqué y me senté en la cama.
-Andate, no quiero ver a nadie.
-Te dije que no.
-¿A qué viniste? ¿A decirme palabritas de consuelo? Andate al carajo.
No respondí, sólo me acerqué más y comencé a acariciarle el pelo .Quería decirle que no estaba solo en su dolor, que yo y todos habíamos perdido un amigo, que pensara en Astrid...Pero comprendí que todo eso era inútil. No sólo porque no lo entendería, sino porque en verdad era inútil decir esas cosa en ese momento. Le daría más rabia de la que tenía, y con justa razón.
-No me toques –dijo en vano, porque seguía haciéndolo. Sabía que necesitaba eso, un consuelo silencioso, aunque no lo pidiera. Para algo era su hermana, para conocerlo bien y saber qué le pasaba.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando pensé que se había dormido estalló en llanto, un llanto mudo, que se notaba que le costaba sacar de adentro. Traté de evitarlo, pero también me puse a llorar, y lo hice en el máximo silencio, para que él no me escuchara.
-Se murió...se murió mi amigo....-repetía sin cesar, hasta que se quedó sin aire y se dio vuelta para mirarme. Giré la cabeza para que no notara mis lágrimas, y también para no verlo así.
-No te escondas, que sé que sos llorona.
Hice una media sonrisa y me dio un pañuelo.
-John, vamos a mi casa.
-No, dejame acá.
-No podés quedarte acá, rodeado de las cosas que dejó, solo. Vení conmigo.
Suspiró y miró el techo. Después, en un gesto repentino, se puso de pie.



Nos habían pasado muchas cosas, pero siempre había estado uno para ayudar al otro. Esta vez, ninguno podía hacer nada por el otro porque no sabíamos qué hacer con nosotros mismos. La tristeza que tenía no podía ni siquiera compararla con la que había sentido por mi padre. Uno se hace a la idea de que un día se va a quedar sin padres, pero no sin amigos. Si a eso le sumaba ver a John en ese estado de angustia que partía el alma, lo que sentía adentro era peor.
Sin embargo, sabía que de alguna forma tenía que ayudarlo, él había perdido a su mejor amigo, era como si yo lo perdiera a él y...no, eso era horrible hasta de  pensar.
-Tomá –le di una taza de té. Estaba sentado en el sofá, tiritando de frío, aunque estaba tapado con una manta. Negó con la cabeza –Por favor...Tenés que tomar algo, te va a hacer mal estar así.
-Y a mí qué me importa.
Suspiré resignada, tenía razón. Tomó la taza y le dio dos sorbos de mala gana.
-Me siento un estúpido. Mirá cómo estoy.
-No digas eso, es obvio que estés así.
-Igual...qué imbécil, me  preocupo por cómo estoy en vez de preocuparme por Stu.
El timbre sonó y abrí. Era Mimi.
-John. Me enteré de lo que pasó –nos miró con tristeza -¿Querés venir a casa?
-No Mimi.
La miré y ella asintió. Después me acarició la cara.
-¿Les traigo algo para comer?
-No Mimi, gracias.
Volvió a asentir y se fue, un gesto que agradecí. Agarré la taza de John y me senté junto a él. Tenía muchas ganas de llorar pero lo evitaba. Se dio cuenta y me abrazó contra su pecho.
-Qué vida de mierda tenemos.
-John...
-Siempre se nos muere alguien.
No dije nada, sólo lo abracé. Sentía mucho miedo, así como nos habíamos quedado sin Stu,  podíamos quedarnos sin alguien más. Podía quedarme sin él también.
Habíamos descubierto una cruel realidad: los amigos también se mueren, tengan la edad que tengan. Se nos había muerto un amigo cuando pensábamos que jamás ocurriría.
Se nos había muerto un amigo.


*************
Hola!!! Bueno, en el anterior capitulo me dijeron que estaban medias bajón y yo les alegré el día. Bien, si para este están bajoneadas, terminarán suicidándose pero no me echen la culpa XDDD.
Me costó, y lo voy a decir en criollo, me costó UN HUEVO  escribir este capitulo, y no quedó como quería, no logré escribir lo que quería transmitir, pero lo subí cuando vi que ya no podía con él. Es una parte triste de la historia, pero hay que hacerlo, me dirán que es un fanfic y que uno acá hace lo que quiere, pero ya estaba planeado así...
Me dejo de dar explicaciones y me voy, nos vemos en el próximo y gracias por estar siempre ahí para leer. 
Saludos!!!

13 septiembre 2013

Capitulo 69 Arco Iris

Volver a Liverpool fue un alivio. Tenía que regresar a la rutina de todos los días, sí, pero igual era un alivio: habían terminado las fiestas, no vería más parientes y dejaría de presenciar ciertas escenitas cariñosas entre mi madre y Harry. Puaj.
Ni bien entré a casa y dejé la maleta en el suelo, el teléfono comenzó a sonar con su habitual escándalo.
-Al fin atendés, Wells.
No me costó nada reconocer la voz de Anna al otro lado de la línea.
-Supongo que llamaste durante quince días.
-Algo así. Menos mal que la mayoría de esos quince días fueron feriados. ¿Cómo estás?
-Bien. ¿Hay novedades?
-Sí. El miércoles tenés que presentarte.
Tragué saliva. Era sábado, tenía pocos días para prepararme y a la vez, muchos días para arrepentirme.
-¿Hablaste?
-Sí. Me parece que me creyeron, por algo pidieron hablar con vos. cuando te escuchen decidirán si arman el tribunal.
-¿Marcia está enterada?
-No, si lo preguntás por si tenés que cuidarte, te digo que podés andar tranquila.
-Por ahora. Ehh...¿puedo preguntarte algo?
-Lo que quieras.
-¿Por qué la querés hundir?
Escuché una risita de satisfacción.
-Quiero que se haga justicia, por mas que suene muy...idealista. En otras palabras, quiero que se deje de joder. Por alguna extraña razón, me tiene miedo, y quiero usar esa ventaja para algo bueno. Bien, tengo que cortar, el miércoles a las 4 te paso a buscar por tu casa.





Me clavó la mirada, traspasándome con ella, y después suspiró resignada.
-Te dije que no te metas en problemas.
-Cris, no me estoy metiendo en problemas.
-¿Y cómo hago para creerte?
-Ay...por favor...ya te expliqué todo.
-Es que me da mala espina. Si esa Marcia se entera...Dios te libre y guarde.
-Ya sé que no estaré muy tranquila, pero me decidí y lo voy a hacer. Sólo te pido que me des libre el miércoles.
-Muy a mi pesar, te diré que sí, pero te descontaré el doble. En serio Mercy, me da miedo, ya terminaste pasando la noche en la cárcel por culpa de ésa...Si te busca y te hace algo, estás en desventaja, la policía ya te conoce y te llevarán  a vos, y a ella, nadie le tocará un pelo. Es la hija de un juez, con esa gente no se jode.
-Te hacía mas avezada.
-¿Avezada? Esa palabra la aprendiste ayer, ¿no?
Bufé fastidiada, tratando de no encontrarme con sus ojos.
-A mí no me gustan nada las posibles consecuencias de esto.
-Hablás como mi madre.
-Tu madre ya te hubiera castigado. Ey, hablo enserio. Además...me parece que te lo tomaste como un juego.
-¿Juego?
-Sí, jugás a la mafiosita, me hacés la contra a mí....Estás a tiempo de decir que no.
-No juego, y no voy a decir que no. Y quedate tranquila, no me pasará nada –le di un beso en la mejilla y me fui.



Volver a entrar en la universidad  me producía escalofríos y una corriente que atravesaba mi columna de punta a punta. Miraba a todos lados con miedo a que alguien me reconociera. Anna caminaba delante mío, y me llevó hasta el edificio de rectoría caminando con seguridad por un laberinto de pasillos que yo, en los pocos meses que había pasado en la universidad, jamás había visto. Llegamos a una amplia sala que apenas tenía dos repisas, una con libros y otra con unas cajas azules desbordadas de papeles. Aparte de eso, había una mesa grande de madera antigua, y cuatro sillas metálicas que no combinaban con nada. Casi al instante en que entramos, aparecieron dos hombres mayores y una mujer rubia, mas joven. Reconocí al rector. La mujer tomó una de las sillas y la pasó al otro lado de la mesa, quedando tres de un lado y una del otro. Se sentaron y cuchichearon algo.
-Bien Anna, ¿ella es la chica de la que nos hablaste?
Sí señora. Mercy Wells.
La mujer asintió con la cabeza  y leyó algo en una hoja de papel. Los otros dos miraban otros papeles y hablaban por lo bajo.
-Buenas tardes, Wells. Siéntese.
Me senté, temblando de nervios. Poco tiempo me había llevado terminar de decidirme para presentarme allí, y poquísimo me llevaría salir corriendo. Y eso era lo que quería hacer en ese momento.
Los hombres dejaron de hablar y me miraron.
-¿Qué puede decirnos? –dijo la mujer, a la que se le notaba el esfuerzo por parecer amable.
-Ehh...no sé....-miré de reojo a Anna, ella también se veía nerviosa.
-Wells, aun la recuerdo –el rector cortó el silencio, dedicándome una mirada gélida -Recuerdo lo que me dijo aquel día, incluso. A ver, háblenos de Marcia Cleave. Díganos qué le ha hecho durante su período universitario. Lo de afuera no nos importa.
Asentí y me aclaré la garganta.
-Bien, ella me hizo echar. Metió cosas en mi portafolios en un momento de descuido, y luego dio la voz de alarma.
-¿Qué cosas?
-Un cortaplumas y una botella de vodka. Ese día, Cleave se escondió en mi aula, alegando que Anna quería pegarle. Yo la dejé, me dio pena. Aún no había nadie, y ella permaneció escondida entre los bancos, hasta que llegó el profesor. Mas o menos una hora después, comenzaron a revisar y me encontraron eso. Yo jamás lo hubiera traído, pero nadie me dio la posibilidad de defenderme. Ella me acusó, y todos me acusaron.
Se quedaron en silencio, mirando los papeles que tenían sobre la mesa.
-¿Tiene pruebas? –dijo el otro hombre.
-No, pero siempre me molestó, siempre me dijo que me haría expulsar de la universidad. Y hay testigos, me lo decía delante de cualquier persona.
-¿Eso es todo? –preguntó la mujer, suspirando.
-Bueno...sí.
La mujer asintió,  y los hombres  se miraron de reojo.
-Gracias por todo, señorita Wells.
Salí de allí bastante desilusionada, y Anna pareció darse cuenta.
-¿Estás bien?
-Si pero....no lograremos nada, ¿verdad? Al parecer no les interesó ni en lo más mínimo lo que les dije.
-No te preocupes, son así de poco demostrativos. Estoy segura que tomarán esto en cuenta.
-Eso espero. Bah, ya ni sé qué espero.
Sonrió y se encogió de hombros.
-Pensé que te echarías para atrás.
-Casi lo hago, pero ya ves, estoy acá. Bueno, comunicame lo que sepas.
-Claro, yo te llamo. Gracias Wells, de verdad.
Sólo me limité a darle una sonrisa casi de disculpas, y me fui por esos corredores desconocidos hasta que llegué al hall de entrada. Allí me detuve a mirar a todos los que entraban y salían, charlando y cargando libros. Por un tiempo, había sido uno de ellos, pero estaba segura que no volvería a serlo.





Viernes, el tan mentado mejor día de la semana, aunque para mí, siempre era un día como cualquier otro. Los que salían de la escuela, tanto alumnos como profesores, llenaban la cafetería, despreocupados porque al día siguiente no tenían obligaciones. Debo decir que mi trabajo era excelente para enterarme del trascurso de la vida de toda esa gente, a la que sólo conocía por sus caras. Así veía a la profesora recién recibida que se sentaba a tomar malteadas con los varones mas apuestos del último año, o al profesor que se veía con dos profesoras  a la vez, o la chica que cada viernes venía con un novio distinto. Todo eso me resultaba gracioso, y hasta a veces me reía con mis ocurrencias de pedirles dinero para comprar mi silencio.
Ese día también era el elegido por John y sus compinches, que aparecían para “ver el panorama”. Ese nombre le habían puesto a mirar chicas descaradamente y provocar suspiros. Claro que todo eso se cortaba cuando yo decidía darles con un repasador por la cabeza.
Era un viernes de esos, donde había mas risas que otra cosa, cuando entró a la cafetería una chica que conocía bien. Se me heló la sangre al verla, y John pareció notarlo.
-¿Qué te pasa? –me preguntó, y luego se giró a ver.
Paul lo miró, y luego paseó sus ojos entre la chica y yo, con cara de interrogación.
La chica se acercó con lentitud hasta la barra, y ellos le dieron paso.
-Hola Mercy. Necesito hablar con vos.





Hacía mucho tiempo que, para mi suerte y mi tranquilidad, había olvidado a Evelyn. Ella y Tamar habían quedado en el pasado, junto a mi historia con Friederich. El tema había dejado de quitarme el sueño hacía meses y meses, y ahora sólo era un mal recuerdo, uno más relacionado a mi triste estancia en la universidad.
Por eso, verla allí plantada, insegura y tímida, agarrando con fuerza un bolsito blanco, fue como si todo eso que creía enterrado para siempre, volviera a darme una bofetada en la cara.
Tragué saliva dos, tres veces, tratando de disimular todo lo que me estaba pasando por la cabeza.
-¿Qué querés? –mi pregunta apenas se escuchó, era un hilo de voz en medio del barullo que reinaba en la cafetería.
-Quiero que hablemos. A solas.
Dejé sobre la barra las tazas que tenia en la mano y me quité el delantal. Le señalé la mesa mas apartada de todas, en un rincón, casi junto al baño. Ella caminó hasta allí con lentitud, mientras yo entraba en la cocina.
-Cris, necesito que sigas atendiendo.
-Mercy por favor...-se acercó preocupada -¿Qué te pasa? Estás pálida, ¿te duele algo?
-No. Vino alguien que quiere hablar conmigo. Atendé vos.
Me fui dejándola mas preocupada de lo que estaba y volví al local, con la mirada clavada en Evelyn.
-¿Querés tomar algo? –pregunté cuando estuve cerca.
-Agua.
Volví con el vaso y se lo tendí. Me senté frente a ella.
-Mercy...supe lo que pasó.
-¿Lo que pasó con qué? –pregunté con brusquedad.
-Con Deri.
-No entiendo. –mentí.
-Lo que tuviste con él.
-Ah. Mirá Evelyn, no fue nada, apenas un mes que...
-Sí que lo fue. Lo sé porque él me lo dijo.
Miré la mesa, tratando de mantener a raya unas inexplicables lágrimas que querían brotar.
-Perdón. De verdad, yo no sabía que era tu novio, sino jamás hubiera tenido nada con él, me enteré después, perdoname por fav....
-Mercy, estás perdonada. Ya sé que no sabías nada. La que sí sabía era Tamar, pero bueno, eso ya es otra historia.
-¿Para qué viniste? –disimuladamente, me sequé los ojos y endurecí la mirada.
-Deri me contó todo hace un tiempo. Tuvo tantas mujeres....Pero bueno, eso no importa. Lo que importa es lo que me enteré yo sola. Está metido en una especie de mafia. Roban autos, contrabandean alcohol y creo que...hasta han matado gente. Bueno, no creo que él haya hecho eso, pero los de esa mafia sí. Lo está buscando la policía, hace un mes que desapareció.
-Esto sí que no me lo esperaba –dije al cabo de unos segundos, pasmada –Pero...parecía un chico normal. Vamos, mujeriegos son todos, pero ya estar metido con una banda de delincuentes...
-Mercy, nadie lo encuentra, por eso creo que sos mi último recurso, sino no hubiera venido.
-¿Yo? Pero...no sé, no entiendo.
-Quiero que me digas si lo viste, si tuviste algún tipo de comunicación con él.
-No, nada. Despareció de un día para otro, y después su amigo George me dijo que había vuelto a Leeds. A lo mejor él sabe.
-No, George ya habló y está tan sorprendido como vos. Entonces, ¿nada de nada?
-Jamás supe nada más de él.
Me miró, casi con lástima aunque no sabía porqué, y después asintió lentamente.
-Entonces pronto sabrás.
-¿Qué?
-Que pronto sabrás de él.
-Me estás asustando, ¿me vendrá a matar?
-No, nada de eso. Vendrá a pedirte ayuda, o algo. Lo sé.
-¿Y cómo lo sabés?
-Porque cuando me dijo de lo que había tenido con vos, me dijo que un día te buscaría, porque no te había olvidado.
La miré desconfiada y ella asintió otra vez, con una sonrisa triste.
-No sabés lo duro que es para una mujer que su novio le diga eso.
-Perdón de vuelta.
-No es tu culpa. Mercy, una pregunta...¿Volverías con él?
-Nunca. Sufrí mucho, y tanpoco lo quise tanto como para arruinarme la vida así.
-Entonces prometeme que si lo ves, me avisarás. Es duro decir esto, pero prefiero verlo en la cárcel, pagando por  lo que ha hecho, y no muerto.
-Sí, lo haré. Lo prometo.
-Ésta es mi dirección y mi teléfono –dejó un papel amarillo sobre la mesa –Gracias por todo.
Se fue dejándome quizás tan desconcertada como nunca en mi vida. Por alguna razón, todos venían a mí para tareas que me sobrepasaban: Anna para vengarse de Marcia, Evelyn para encontrar a Friederich....
-¿Qué pasó? –Cris se inclinó hasta ponerse a mi altura, ya que había quedado prácticamente tirada sobre la mesa, agotada como si hubiera hecho cinco horas de gimnasia.
-No sé. Te juro que no sé qué pasó. 






Me senté en la cama, con los ojos bien abiertos. El sol del sábado se asomaba por la ventana, recodándome que no había dormido en toda la noche. El saber que Friederich, aquel chico que había llegado a querer y por el que me había esmerado en odiar, fuera un delincuente que me estaba buscando era motivo suficiente para no pegar un ojo y sentirme paranoica. Ahora le tenía miedo, pero  a la vez quería que apareciera, quería que terminara tras las rejas.
Pese a eso, me obligué a encarar el día con optimismo. Y para hacerlo, me abrigué y salí en busca del lugar donde comenzaría mi negocio. Me puse el objetivo de que ese día tenía que encontrarlo sí o sí, ya no quería esperar más, quería empezar mi nueva vida cuanto antes, por mas que el pasado me siguiera.
Le guiñé un ojo al retrato de mi padre que estaba en mi escritorio y salí de casa dispuesta a que ese día fuera histórico para mí.
Recorrí todo el centro, pero los locales que había me parecían o muy pequeños o muy grandes. No quería empezar con una cosita de dos metros pero tampoco con algo de media cuadra. Para agrandarse había tiempo.
Los pocos que me gustaban tenían un alquiler carísimo, o ponían demasiadas condiciones. Lejos de desanimarme, continué con la búsqueda. Encontré una casa vieja a la que estaban remodelando y reacondicionando para hacer locales. Unos obreros silbaban arriba de los andamios.
-¡Ey! ¡Oiga! –grité desde la calle. Uno de ellos me miró y me hizo un saludo con el gorro que tenía puesto.
-¿Si? –dijo lo suficientemente fuerte como para que lo escuchara.
-¿No sabe cuándo terminarán esos locales?
-Calculo que en un mes estarán listos.
-¿Y saldrán caro los alquileres?
Se encogió de hombros y miró a uno de sus compañeros, que hizo exactamente el mismo gesto.
-Ni idea. Hablá con el dueño.
-¿Y quién es?
-Cooper. Vive a dos cuadras, en una casa enorme, está pintada de rojo.
-Ah sí, la casa roja.
-Esa misma. Preguntale a él.
-¡Muchas gracias!
-De nada, preciosa.
Puse los ojos en blanco, pero sin poder ocultar una sonrisita. Me disponía a girarme para caminar hacia la casa del tal Cooper, cuando alguien me tocó el hombro con un dedo.
Paranoica como estaba, era obvio que me asusté. Me giré despacio y sentía como todo se me paralizaba. Richard estaba ahí, con su sonrisa impecable.
-Así que ahora no sólo recibís piropos de los obreros, sino que te ponés a charlar con ellos.
Solté una risita nerviosa y negué mirando el suelo.
-Sólo preguntaba de cuánto sería el alquiler de los locales que están haciendo.
-Ah, ¿estás buscando lugar para tu negocio?
-Así es. Me mandaron a la casa del dueño.
-¿Querés que te acompañe?
-No, ¿para qué? –pregunté mirándolo extrañada.
-No tengo absolutamente nada para hacer, y nunca está de más ayudar a una amiga. Claro que si no querés, no importa, me voy a por donde vine.
-No te lo tomes así –reí –Está bien, acompañame. Me va a venir bien una segunda opinión, además los hombres saben de estas cosas.
Sonrió de vuelta y comenzó a caminar junto a mí. No sabía muy bien qué decirle para que no nos quedáramos callados, pero él pareció encontrar conversación enseguida: el clima, mi negocio, su banda...Seguía tan encantador como siempre, pero mucho no podía responder, siempre me pasaba igual, me quedaba estupidizada con su sonrisa, su mirada, sus manos, su perfume....Qué mujer tarada, por Dios.
Llegamos a la famosa casa roja, y él tocó timbre.
-Dejame esto a mí.
-Pero...
-Mercy, dejame a mí –me guiñó un ojo. Lo miré, sorprendida, no tenía idea de lo que iba a hacer.
-Quiero hablar con el señor...-me miró a mí.
-Cooper.
-Con el señor Cooper –le dijo a la mucama que lo atendió.
-¿Por qué asunto?
-Unos alquileres.
Sin decir si o no, la mujer se metió de vuelta en la casa. La vimos subir unas escaleras.
-¿Qué hacés? –le pregunté escandalizada.
-Ya te dije: dejame a mí.
Al fin apareció un hombre mayor, calvo, conn traje azul.
-¿Qué necesitaban?
-Estamos interesados en los locales que están remodelando. Quisiera saber de cuánto será el alquiler.
-500 libras.
-¿500? ¿No podría ser menos? Es para un negocio que recién comienza, pero promete mucho...En unos meses podría subir el pago.
-400.
-Mmm...eso no es nada. ¿Qué tal 200?
-Por 200 ni me molesto en firmar un contrato.
-300.
-Rich, por favor –le rogué.
-350. Eso o nada.  ¿Qué opina su esposa?
Richard soltó una risa.
-No es mi esposa. ¿Qué decís? –dijo mirándome a mí. Negué con la cabeza. –Qué pena señor Cooper. Otra vez será.
Lo tomé del brazo y casi lo arrastré a la calle.
-¡Estás loco!
-Tranquila Wells, yo ya sabía que este tipo no iba a aflojar. Vamos a seguir probando suerte.
Pasamos toda la mañana buscando. Cuando yo decía que me gustaba alguno, él lo miraba y me decía si estaba en condiciones o no. Si parecía que sí, comenzaba la regateada por el alquiler. Al mediodía ya estábamos cansados y con hambre por tanta caminata.
-Será mejor que dejemos esto. –dije desilusionada.
-¿Dejar? No, no, queda toda la tarde.
-Pero vos...
-Ya te dije, tengo el día libre. Además en casa, mi mamá se peleó con mi padre,  y cuando están así se ponen insoportables, mejor es estar afuera.
-Bueno...gracias. Me estás siendo de mucha ayuda.
-Las gracias dámelas cuando encuentres un lugar que te guste.
-Entonces permitime que te invite a una hamburguesa.
-Naaa...¿cómo la mujer va a invitar al hombre?
-¿Qué tiene de malo? Si te digo que invito yo, invito yo. No se discute más.
-Qué carácter Wells.
-¿Y recién te das cuenta?






Una hora después, comíamos como bestias. George tenía razón cuando me llamaba así.
-Si querés pedí más papitas.
-¿Te ganaste la lotería, morocha?
Contuve una risita y oculté mi sonrojo, el mismo que sentía cada vez que me llamaba así. Repito: qué mujer tarada.
-Si tenés hambre, comé.
-Es que esto no está bien. Voy a pagar yo.
-Que no, que pago yo.
-Es que no es correcto y...
-¡Uy Richard, qué tradicionalista saliste! Dejate de joder con eso de que la mujer no paga, los tiempos cambiaron.
-Sí, ya sé. Pero que la mujer pague...al hombre lo deja mal.
-Sos un machista de cuarta.
-¡Ey pará, no te enojes!
-¡Claro que me enojo! Mejor callate y servime mas jugo, señor conservador.
Me sirvió el jugo, que tomé mirándolo de reojo. Él solo se reía y seguía comiendo.
-Bueno, será mejor que sigamos buscando –dije arrugando una servilleta de papel.
-Ok Mercy. Ehhh...¿te enojaste?
Me eché a reír al ver su cara de preocupación.
-¡Caíste en mi trampa! No seas bobo Starkey. O Starr. O como carajo te llames.
Soltó una carcajada, mientras me seguía hasta la calle.
-Según mis cálculos, ya hemos recorrido casi todo. Si lo que vemos no está bueno, no sé....habrá que recorrer de vuelta. O te construís uno a tu gusto.
-Bueno, tampoco soy millonaria. Vamos por esos lugares.
Recorrimos y observamos dos locales, hasta que llegamos al tercero. Ante mí sentí como una revelación: era el elegido, la “cunita” para mi negocio.
-Me gusta éste. –dije con determinación.
-Está bueno. No muy grande ni muy chico. Vamos a preguntar.
Adentro del local, había dos pintores y un hombre de traje que los supervisaba. Le comenté para qué quería ese espacio y me invitó a recorrerlo. Miré a Richard.
-Yo lo veo bien –dijo al alejarnos un poco del hombre.
-¿Seguro?
-Sí, está nuevo. Aparte tiene buena ubicación.
-Y el alquiler me lo puedo permitir.
-¿Qué vas a hacer?
Suspiré y lo miré a los ojo. Después asentí con lentitud.
-Creo que me quedo con éste.
-¿Creo? Mercy estás re segura, no sé porqué ese “creo”.
-Está bien. Me quedo con éste sí o sí –le sonreí.
Nos acercamos al hombre y hablamos. El tipo estaba encantado y prometió acelerar los trámites para que en pocos días firmáramos el contrato por un año. Nos saludamos cordialmente y salí de allí repleta de felicidad, una felicidad que podía decir que hacía años no sentía. Cruzamos la calle y miramos el local desde la vereda de enfrente.
-La verdad que está lindo –Richard se encendió un cigarrillo y me ofreció uno, pero me negué.
-Sí. Ahí arriba iría el cartel -señalé con un dedo –Podría ser desde acá hasta acá. Y en la vidriera el nombre pintadito con letras rojas. ¡Ay, ya me imagino todo! ¡Estoy feliz!
-Me doy cuenta, nuca te vi tan sonriente.
-Es que no sabés lo que esto significa para mí. Gracias Rich, de verdad, me ayudaste un montón.
-Si no hice nada, sólo miré.
-Pero te dije que era bueno tener una segunda opinión. Gracias.
Asintió sonriendo y se acercó más. De pronto me di cuenta que el corazón me latía desesperado y traté de tranquilizarme inspirando profundamente, pero fue en vano. Sólo bajé la cabeza, mientras sentía que él me tomaba por los hombros. Levanté la mirada y me encontré con la suya, demasiado cerca. Sin querer se me escapó una sonrisa y a él también. Quería besar sus labios, sentirlo, ya no soportaba más esa situación, y su actitud me decía que a él le pasaba lo mismo. Le rogué con la mirada que lo hiciera de una vez, y al ver que no tenía una respuesta instantánea, me decidía ahí mismo a hacerlo yo. Era hora de terminar con todo eso, o de empezar.
Pero así como en dos segundos me había ilusionado, en dos segundos todo se vino abajo.
-¡Richard! ¡Richard! –miré por sobre su hombro y quise que la tierra me tragara. Hacia nosotros corría Geraldine, roja de furia. Antes que me diera cuenta, Richard me soltó. Esperé enseguida el cachetazo, o la tirada de pelos de Geraldine con una calma que me sorprendió a mí misma. Quizás era porque estaba segura de poder devolvérsela.
-¡Te busqué todo el día! ¿Dónde estabas?
La miró, cansado, y negó.
-Gery, te dije que hoy es mi día libre.
-¡Y por eso pensé que vendrías a verme!
-Te dije que iría a la noche.
-¿Y dónde estuviste?
-Por ahí.
-Por ahí. ¡Eso no es una respuesta!
-Geraldine...Estaba con mis amigos.
Lo miré de reojo y la miré a Geraldine. Sus ojos era veneno puro dedicado a mí.
-A Mercy la encontré recién. Podrías saludarla, ¿no?
-Hola –dijo con máxima sequedad, cruzándose de brazos.
-Hola –contesté igual, mirándola altanera.
-Bueno, vamos –Richard la tomó del brazo, pero ella se zafó, caminando delante de él y diciendo una lista de reproches.
Rich se giró y me dio una gran sonrisa  a la que respondí, agradeciéndole que haya mentido para no meterme en problemas –también- con Geraldine. Pero además noté que era una sonrisa de complicidad, como si juntos hubiéramos compartido una travesura. Bueno, quizás sí

Pese a que podría haber pasado algo más, y que todo se había arruinado, no estaba dispuesta a que eso me empañara la felicidad que tenía. Por primera vez en mucho tiempo, veía la vida con otros ojos. 

**********
Bueno, hasta aquí el capitulo 69 (69 jeje) espero que les haya gustado porque a mí me gustó mucho hacerlo y eso se da cada 70 años, como el cometa Halley jajaja.
Para darle mas "ambiente" les recomiendo que lo lean escuchando esto. Ah, ya lo leyeron, bueno, no importa. De todos modos forma parte de las canciones que están acá al costadito.
Ayy... esta banda me trae recuerdos de mi infancia-adolescencia jajaja.
Y antes de irme tengo que hacer una recomendación. Mi adorada Cris empezó con un nuevo fic (bueno, ya hace un tiempito que empezó) pero como soy muy burra me olvidé de promocionarlo antes. Es este:  http://dehistoriasybeatles.blogspot.com.ar/ Si tienen ganas de emociones FUERTES léanlo, no se van a arrepentir. Además va por el capitulo 5 recién. Háganme caso! jajajaj
Y ahora sí me voy, nos vemos en la próxima subida!

31 agosto 2013

Capitulo 68 Sueños y Fracasos

Chispas de sol se abrían paso en un cielo cargado de nubes grises y tristes. Cada día era necesario abrigarse más y daban ganas de pasarse todo el día en la cama, tomando chocolate caliente. Se acercaban las fechas odiosas del año, Navidad y Año Nuevo, tiempo de instalarme obligatoriamente en Londres para compartir las fiestas con mi familia. Ya sabía que los casi veinte días que pasaría allí serían tiempo muerto donde variedad de de parientes visitarían mi casa y me dirían lo grande que estaba y cuándo presentaría un novio. La ventaja de esos días sería que vería a Abby, ya que ella no regresaría a Liverpool para las fiestas.
Partí junto a un remolino de hojas secas hacia la casa de George. Era martes por la tarde y tocaba clase con él, aunque seguramente ni se acordaría.
Al verme me recibió con su habitual fastidio simulado.
-Me había olvidado que hoy es martes.
-Lo supuse –entré como si fuera mi casa y me instalé en un sillón, con Violeta apoyada en las piernas. Al otro lado de la sala, el mayor de los Harrison leía el diario.
-Hola lindura –dijo mirándome de reojo.
-¡No seas imbécil! ¡Andate!
-Ey George, tu hermano me saludó –lo reprendí -¡Hola!
-¡No le contestes!
El hermano se fue de la sala, muerto de risa, mirándome.
-¿Por qué le contestaste?
-Porque me saludó, y todavía no soy una maleducada como vos.
-No te saludó, te dijo “lindura”.
-Por lo menos sé que un Harrison tiene buen gusto. Vos me decís bestia.
-No lo saludes mas, ni lo mires, ni le hables, ni nada.
-¿Por qué sos así?
-¡Es que se encaprichó con vos!
-¿De verdad? ¿Le gusto a tu hermano? –me eché a reír a la vez que golpeaba el apoyabrazos del sillón -¡Es muy bueno!
-¿Bueno? ¡Estás loca!
-¡Vas a ser mi cuñado! –seguí riendo mientras él cada vez se ponía mas rojo de furia.
-¡Bestia!
-Ay ¿qué? No me digas que no es genial –traté de parar, secándome las lágrimas –Ayy...hacía mucho que no me ría así.
-Te estoy hablando en serio. No sé qué le agarró con vos.
-Y bueno, dejalo. Yo no pienso darle bola.
-¿No?
-No, ni loca termino emparentada con vos. No sabía que tenía tanto levante....
-Sos una tarada. Bueno, mostrame si has practicado.
En ese momento sonó el timbre y George abrió. Apareció Juliet, sonriente con un vestido a cuadros y una gran bufanda roja.
-¡Hola! –saludó antes de plantarle un beso a su novio –Perdón, no sabía que hoy tenías clase...
-Juli no hay problema, además ni siquiera empezamos –dije invitándola a entrar.
De la cocina se apareció la adre de George, con una sonrisa pintada en la cara.
-¡Hola querida! Llegaste justo, hice tus galletitas preferidas.
-¡Si! –George y Juliet gritaron al unísono.
-Ay estos chicos....Parecen dos niñitos....-sonrió la mujer, desapareciendo tras la puerta.
-Ey, no sabía que todo ya era oficial –dije mirándolos sorprendida.
-Es oficial a medias...-respondió Juliet –En mi casa sabrán todo el sábado.
-Sí, el día de la cena....-George se veía nervioso de sólo pensarlo.
-George, no te van a comer.
-Y vos qué sabés bestia, nunca estuviste en una situación así....
-No, pero igual no conozco a nadie cuyos futuros suegros se lo hayan comido.
-Es que mis papás...Uffff son difíciles.
-Miren, si por alguna razón no lo aceptan, ustedes sigan.
-Claro que vamos a seguir juntos –sonrió George, lleno de ilusión.
-Y si se quieren escapar o algo así...-me acerqué mas a ellos, susurrando –Yo les presto dinero.
Juliet abrió grande sus ojos, como si hubiera dicho un disparate.
-Mercy...¿cómo vas a hacer eso? –dijo al fin, tratando de recuperar la compostura.
-Ey Wells, supongo que no hablarás en serio....Además no tenés dinero.
-George, claro que sí.
Me miró pensativo y luego negó lentamente con la cabeza.
-No, el dinero para tu negocio no. Si tenemos que llegar  a ese extremo, no te pienso pedir dinero. Es tuyo, para tu proyecto.
-Sólo te lo ofrezco. Y no te preocupes, si lo necesitás, te lo presto y me lo devolvés cuando puedas.
Ambos sonrieron, y  se miraron de reojo.
-Gracias Mercy. De verdad, gracias por todo –Juliet me tomó de una mano –No sé cómo agradecerte esto.
-Y yo tampoco. Sos una genia Wells, muchas gra....
La madre de George entró con una bandeja cargada de galletas y todos fingimos hablar de cualquier cosa. Le guiñé un ojo a George, que sonrió agradecido.


Claramente, la clase no existió. Sólo comimos y hablamos, a veces de pavadas cuando la madre de George andaba cerca, y a veces de cosas serias cuando se alejaba. Salí de la casa tres horas después, y ya era de noche y hacía mucho frío. Caminaba apurada, pensando en qué me prepararía para cenar.
-¿Wells?
Me giré asustada, mirando a todos lados. Cruzaba la calle desierta una chica que no reconocí hasta que la tuve frente a mí.
-¿Sos Wells? ¿Mercy Wells?
-Sí. Y vos sos...¿Anna?
Sonrió y asintió.
-Hacía mucho tiempo que te estaba buscando.





En vez de volver a casa, terminé en una cafetería, junto a ella. Me había invitado porque tenía algo importante para decirme. Yo estaba sorprendida y algo asustada, pero también llena de curiosidad.
-Verás....-apuró el café que estaba tomando –Necesito hablar con vos. Seguramente sabrás que nunca me llevé bien con Marcia.
-Bueno...eso vi una vez en la universidad pero...
-Es algo de siempre –interrumpió –En realidad con Marcia somos parientas lejanas y ella se destacó toda su vida por lo puta que es. En todo sentido.
Asentí, aún sin entender qué tenía que ver eso conmigo.
-El tema es que siempre me ha tenido miedo, no sé bien porqué. Ahora que vivo en Liverpool por los estudios, mucho más. Mirá Wells, sé que a vos te echaron de la universidad, mejor dicho, que ella te hizo echar.
-Ehh...sí, en realidad, o sea...
-No me expliques, lo sé todo –sonrió –Sé exactamente todo lo que hizo para lograrlo. La escuché hablar por teléfono con una amiga, durante una reunión familiar. Supe todo lo que haría, pero no sabía a quién, y dos días después pasó lo tuyo. Por eso te estaba buscando, porque yo sé que no fue tu culpa. Si yo hablo, vos sos admitida nuevamente.
-Pero...¿se llevarán sólo por lo que vos decís?
-Si la familia de Marcia tiene poder, la mía más.
Abrí la boca, sorprendida. Era lo más parecido a El Padrino que me había pasado en la vida.
Pareció leerme el pensamiento y rió.
-Tranquila, no somos una mafia, pero nuestra palabra tiene peso. Así que mañana mismo contaré todo y entrarás en poco tiempo. Y lo más importante, estarás limpia.
-Pero...yo ya no quiero volver. Lo asumí, y ahora tengo otras cosas en mente.
Se puso seria y se inclinó hacia mí.
-Escuchame una cosa, Wells: a mí no me importa si vos querés volver o no. Lo que me importa es joder a Marcia, hacerla quedar pésimo delante de todos. ¿Vas entendiendo?
Luego de unos segundos donde quedé estupefacta, esbocé una sonrisa: claro que entendía, y es más, la idea me gustaba. Por algo decían que la venganza es un plato que se sirve frío.
-¿En qué querés que te ayude?
Anna dejó escapar una risita, asintiendo y aplaudiendo.
-¡Bien, muy bien! ¡Ésa es la actitud que me gusta! ¡Si ya parecemos gángsteres y todo! Muy bien, lo que haremos es lo siguiente: yo hablaré. Eso alcanzará para que monten un juicio académico o como le llamen. Ahí hablarás vos, y contarás todo lo que te ha hecho Marcia. Quizás dejen todo ahí, pero toda la universidad se enterará y no faltará gente que se apunte para declarar contra ella. Le ha jodido la vida a muchos, lamento decirte que no tenés la exclusividad. Eso hará que el juicio se arme de vuelta, rápidamente termine todo.
-Entonces colaboraré. También me gusta la idea de que me ofrezcan volver y rechazarlo.
-Perfecto. En unos días te estaré llamando –sacó de su bolso un anotador y un bolígrafo y le pasé mi número de teléfono.
-Genial.
-Un placer hacer negocios con usted, señorita Wells. –dijo riendo, luego de saludarme.


Cantaba a voz en cuello las canciones que pasaban en la radio, mientras hacía mi noble tarea de poner sobrecitos de azúcar y servilletas. Eran las tres de la tarde y todo estaba desierto, aunque en poco rato se abarrotaría de gente.
-PORQUÉ NO PUEEEDO ENCONTRAAARRR UN AMOORR COMO TUUU O COMO AQUEEEL SI YO SOOOY IGUAAAAAL
-¡Ay por favor pará un poco! ¡Vas a espantar a la clientela!
-Cris, no hay nadie.
-Pero tanpoco van a entrar si te escuchan gritar así.
-Sos una capitalista que no tiene en cuanta el desarrollo artístico del proletariado, ni el ocio, ni...
-Ya está, cortala.
-¡Ufa! Ah, mirá quién viene.
John entró cantando también y Cris se agarró la cabeza.
-¿Hoy es el día de los cantantes o qué?
-Algo así –respondió John con una sonrisa de oreja a oreja –Oh Cristina, oh hermana, vengo a traerles una gran noticia.
-¿Qué pasó? –pregunté asustada.
-Mercy, es una buena noticia, ¿por qué siempre pensás en desgracias?
-Estoy acostumbrada así.
-Te jodés.
-¡Dale! –dijo Cris, impaciente.
-La noticia es que...¡Vamos a grabar a Decca!
-Naaa....me estás jodiendo.
-Para nada. ¿Y, Cris? ¿Qué me decís?
-Bueno...¡es genial! ¡Al fin lo lograron!
-Ojo, es un audición o algo así....Grabaremos un par de canciones y nos dirán si nos toman o no.
-Pero es seguro que sí, ¿quién va a ser tan pelotudo de no hacerlo?
-¿Cuándo será? –preguntó Cris -¿Puedo ir?
-¿Vos? –John comenzó a reír -¿Por qué?
-No sé, me da curiosidad....
-Eso es porque vos sos nuestra fan número uno, aunque no lo quieras reconocer.
-Falta para eso...
Los miré, molesta. Se tiraban miradas cargadas de...algo indescifrable, que tampoco tenía ganas de descifrar para no encontrarme con cosas desagradables. No veía la hora de que se juntaran de una vez a resolver la tensión que tenían, así se dejaban de joder.
-¿Al final cuándo será? –pregunté.
-¿Eh?
-John, estás embobado –suspiré.
-Ah perdón, no te había escuchado –recuperó la compostura y se aclaró la garganta –Será el 1º de enero.
-¿Qué?
-Sí, ya sé, re choto....pero bueno, tampoco nos vamos a poner exquisitos con las fechas. Al fin tenemos una oportunidad que nos consiguió Einstein.
-Epstein.
-Bueno, ése. Es un raro, quiere que cambiemos nuestra forma de vestir y no sé qué más.
-John, para esa fecha no estaré en Liverpool, pero llamam...¡Pará! Van a Londres, ¿no?
-Si...¡Ay vos vas a estar allá!
-¡Si! ¡Entonces iré directamente a verlos!



Todo el centro de la ciudad estaba luminado con lucecitas de colores y arbolitos de navidad, que miraba con indiferencia mientras hacía las compras de último momento.
-¿Para qué vas a llevar arroz? –preguntó Cris, mirando una bolsa que llevaba en la mano. La había invitado para que me acompañara a comprar.
-Me gusta el arroz de Liverpool.
-Si serás tonta, el arroz es igual en todo el país. ¿Estás segura que querés ir a Londres? ¿No te querés quedar acá?
-No estoy segura y sí quiero quedarme, pero ya sabés, en estas fechas la familia manda.
Se encogió de hombros y me siguió hasta mi casa. Una vez que entró, se puso a investigar todo.
-Me pongo contenta, hay gente mas desordenada que yo. ¿Te ayudo?
-Sí, voy a necesitar ayuda para armar la maleta. Más que nada para cerrarla.
Juntas fuimos doblando y guardando la ropa, y poniendo con cuidado los regalos que había comprado para mi madre y Harry. Mientras, miraba el teléfono: no había tenido noticias de Anna en esos días, y si llamaba en los siguientes no me encontraría.
-Cris, el otro día me pasó algo raro. Digamos que me ofrecieron vengarme de Marcia.
-No, otra vez con esa idiota no. Ya te pasaron demasiadas cosas por su culpa.
-Si colaboro podré entrar otra vez a la universidad.
-Y vos....¿querés eso?
-No sé...Ahora estoy dudando. Una chica quiere que la ayude para que se descubra lo que me hizo Marcia, a mí y a otra gente. Y después de eso, podré volver a estudiar.
-Por mí, hacé lo quieras. Pero no te vuelvas a meter en problemas porque ahí sí me vas a conocer. Me entendiste bien, ¿no?
-A la perfección.



A la mañana siguiente, Mimi me acompañó hasta la estación y allí me entregó un regalo que le mandaba a mi madre y muchos saludos. Subí al tren y enseguida tuve que resignarme a viajar en un compartimiento junto a un hombre mayor y a una chica apenas unos años mas grande que yo, pero ya con un niñito bastante molesto. Por suerte, la criatura se durmió a mitad del viaje, y yo también. Desperté sobresaltada: ya no había nadie, habíamos llegado y el tren estaba desierto.
Bajé precipitadamente al andén, mi maleta salió rodando y cayó al piso, así que comencé una larga maldición, o putada, porque temía que se hubiera roto algo de todo que llevaba allí. Harry interrumpió mi enojo con su gran sonrisa.
-Esta vez no tendrás que caminar. Vine a buscarte en mi auto nuevo.
-¿Tenés auto nuevo? –pregunté abriendo grande los ojos.
-Así es, vení.
Lo seguí esquivando gente hasta que llagamos a la calle. Allí Harry señaló un Chevrolet verde, que brillaba pese a la ausencia de sol.
-Wow....esto sí que es lindo –dije acercándome -¡Qué llantas! ¡Qué tapizado! ¡Qué radio!
Harry comenzó a reírse a carcajadas al verme observando todo y haciendo exclamaciones ante cada cosa que tenía el auto. Yo seguía ajena a sus risas.
-¡Hasta el escape es lindo!
Guardó mi maleta en el baúl y me abrió la perta.
-¡Tiene olor a nuevito!
Subió él también y lo puso en marcha.
-Ahora te falta conducirlo.
-Ah no, eso sí que no. Me gustan los autos pero para verlos, conducirlos me da pánico. Jamás aprenderé.
-Eso porque no habrás tenido buenos maestros.
-Buenos o malos, yo no aprenderé nunca, el problema soy yo. Harry, te felicito, este auto está genial.
-Gracias Mercy, a tu madre también le gustó mucho. Bueno, lo eligió ella, así que...
-Mamá tiene buen gusto. Ah, pero tu auto tiene un defecto: es Chevrolet. Son duros y por lo tanto, saltarines. Los Ford son mas suaves.
-¿Y vos cómo sabés eso?
-Lo he escuchado y lo he comprobado.
Siguió riendo mientras conducía y yo le investigaba hasta el último rincón, hasta que llegamos a casa. Allí nos esperaba mi madre, con comida como para un ejército completo.


-Mamá, me voy –dije terminando el tercer plato.
-¿Qué? ¿Adónde?
-A ver a Abby.
-¡Pero si recién llegaste!
-Justamente por eso, porque recién llegué, quiero verla.


Abby vivía a cinco cuadras de la casa de mi madre. Era un edificio antiguo, que por fuera parecía poco mantenido pero por dentro estaba bien, salvo alguna que otra pared descascarada. Su departamento estaba en el tercer piso, el último.
Cuando abrió la puerta, no podía creer que era yo quien estaba allí.
-¡Entrá! ¡Entrá! –gritaba entusiasmada –Pero...¿qué hacés acá?
-Bueno, mi madre vive en ésta ciudad y estamos en fiestas....como que es obvio porqué ando por acá.
Se rió y me hizo sentar ante una pequeña mesa de madera, llena de papeles y rollos de fotos. Su departamento era chiquito, pero acogedor y cálido.
-¿Qué tal te está tratando Londres?
-Uff...Qué ciudad difícil. Pero igual me encanta. En el periódico me va muy bien, son buenos compañeros, y me ayudan mucho.
-Qué suerte. ¿Extrañás?
-Sí, cómo no hacerlo....-bajó la mirada, pensativa. -¿Querés té?
-Dale.
Preparó el té con rapidez, mientras yo rondaba por su departamento, mirando todo con curiosidad.
-Aquí está –dejó las tazas sobre la mesita y sacó todo el papelerío.
-Está bueno el departamento, me gusta.
-Es chico, pero cómodo. ¿Empezaste con tu negocio?
-Todavía no, aún no conseguí el lugar. De lo que he visto, nada me convenció.
-Es que es difícil encontrar. ¿Sabés cómo se llamará?
-Sí, pero no te voy a decir –sonreí, traviesa –Lo que sí te voy a decir es una noticia: el 1º de enero, los chicos vienen a Londres.
Me miró seria y luego miró su taza.
-Mercy, vos siempre hablando tan directa.
-Bueno, ¿para qué dar vueltas? Vienen a grabar a Decca, van a ver si los toman.
-Qué bueno.
-Tu entusiasmo me sobrepasa y me vuela la peluca. Ponete alegre por el resto aunque sea.
-Sí, lo hago. Se lo merecen.
Suspiré y negué con la cabeza, exasperada.
-¿No volviste a hablar con Paul? ¿No sabés nada de él?
-No, nada. Y tampoco me cuentes.
-Pero ahora tenés la oportunidad de verlo.
-Mercy, no voy a ir.
-Pero...
-Pero nada, no insistas. Estoy bien así, vos lo ves: vivo bien, trabajo bien....Paul quedó en Liverpool, y por mas que venga a Londres, eso no cambia nada. Decile que lo felicito.



Como suponía, las fiestas llegaron llenas de parientes pesados que invadían la casa a todas horas y preguntaban cuándo me recibiría. Elegantemente les explicaba que eso no sucedería nunca porque “había dejado” la carrera  y ahora tenía otros proyectos. No decía cuáles, pero ellos seguramente pensaban que sería casarme y llenarme de hijos.
El 1º de enero prácticamente huí de mi casa. Ya no aguantaba más, y dando pocas explicaciones salí a la calle preguntándole a todo el que se me cruzara dónde quedaban los estudios de la Decca.
Nadie supo decirme, así que tomé un taxi, que luego de cobrarme bastante caro, me dejó en la puerta del edificio. Miré mi reloj, eran mas de las cuatro de la tarde y no se veía a absolutamente nadie por allí. Me apoyé en la pared, a fumar y esperar, no me iría tan rápido habiendo pagado caro el viaje.
Llevaba casi veinte minutos así cuando vi que se acercaba alguien conocido. Era imposible confundir la figura robusta de Mal Evans, un amigo “grande” de los chicos. Si él estaba allí, los chicos también.
-Hola –saludó dudando –Vos sos Mercy, ¿no?
-Sí –asentí sonriendo.
-¿Qué estás haciendo acá?
-Vine a Londres por las fiestas. Y estoy esperando a los chicos.
-Aún no han salido, llevan horas metidos ahí dentro. ¿Me convidás un cigarrillo? Los míos me los fumé todos.
-Claro –saqué mi atado de un bolsillo y él tomó uno –Está haciendo mucho frío.
-Si...No sabés lo que fue el viaje, de locos. Tus amigos se congelaron.
Continuamos hablando, él contándome lo que había ocurrido y yo casi indignándome. A la vez miraba a todos lados: tenía la esperanza de que Abby llegara.
Al fin se abrió la puerta y apareció Epstein, seguido de los chicos. Mal y yo los miramos expectantes. Epstein iba dando explicaciones que no alcancé a entender.
-Hola bestia –dijo George con desgano.
-¿Qué pasó? –pregunté alterada.
-¿Qué pasó? Nada pasó. –John parecía furioso.
-Pero, ¿có...?
-No nos tomaron Wells –dijo Paul, con un tono que dictaminaba silencio absoluto sobre el tema.
Obedecí, quedándome callada.
-¿Quieren venir a casa? –me animé a decir.
-No, nos volvemos a Liverpool, de donde nunca tendríamos que haber salido.
-Pero John...
-Que no, no me jodas.
-Aunque sea vayamos a tomar algo.
Puso los ojos en blanco y golpeó un pie contra el suelo.
-Ay está bien, si tanto insistís.
-Chicos, tengo contactos que les darán otra oportunidad.
-Si Brian, otros contactos que nos dirán que no.
-John no seas así –lo miré severa –A todos los grandes les han dicho que no alguna vez.
-Linda manera de consolarme y linda manera de empezar este año....Puta madre que lo parió.
-No te desanimes, ya verás que en la próxima les va bien.
-¿Y si nos va mal?
-La tercera es la vencida.
-¿Y si...?
-Cortala con el pesimismo. Si te va mal por siempre, ¿dejarías la música?
-No, ni loco.
-Ahí tenés el premio.
Sonrió muy a su costa, y después me despeinó con la mano.
-Qué petisa tan loca sos, ni sabés lo que decís.
Le sonreí y me encogí de hombros, tenía razón.
-¿Vamos a comer? –dijo George –Mi estómago se está comiendo a sí mismo.
Asentimos y salimos caminando hacia la esquina, donde había una cafetería.
-Gracias hermana fea –John me pasó su brazo por mi hombro.

-De nada hermano feo.


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Después de un tiempo, reaparecí! Como siempre, sepan disculpar los retrasos y atrasos (sí, tengo un atraso. Meeentiraaaaa)  Lamento que, para mi regreso, les haya dejado un capitulo medio bobo, pero si ponía todo lo que tenía anotado que debía pasar, se iba a hacer muy largo, así que lo corté. El resto será para el próximo capitulo. 
Ah, otra cosa, se dieron cuenta que le cambié el look al blog, no? El otro me aburrió, y este tampoco me convence, así que dudo que sea definitivo. La piba de la portada no es Mercy ni por asomo, a ella cada un@ se la imagina como quiere. La puse porque no sé, esa foto me gusta mucho, tiene su algo de tristeza  y nostalgia y a la vez no. O por lo menos eso me parece a mí.
Bueno, me dejo de charlar y agradezco a quienes leen esto.
Un saludo y nos leemos pronto!