10 octubre 2015

Capitulo 101 - It's only love



El sólo hecho de saber que ha llegado la hora puede volverte loca. Una mezcla de sufrimiento, alivio, nervios, miedo, alegría, ganas de gritar y asombro por sentir todo eso en un mismo momento simplemente puede hacer que te sientas desquiciada.  Y terror. En aquel momento también sentía terror: nada estaba saliendo como se había planeado. No sé si lloraba por el dolor físico, o por el dolor en el alma, porque aquello simplemente estaba saliendo mal, y si seguía mal, sería el fin. Todo estaba yéndose rápido, como cuando se da vuelta un reloj de arena y cae rápido y sin pausa. Todo estaba yéndose a la mierda.

–Ya está llegando Cyril. –me dijo una enfermera, sonriéndome para infundirme confianza. Cerré los ojos con fuerza.–Ni bien llegue empezaremos, ya falta poco, no te preocupes.

“No te preocupes”. Lo decía como si hubiera ido porque me dolía una muela. ¿Por qué la gente dice estupideces cuando peor estás?  Me concentré en tratar mentalmente el dolor que sentía. Eso me había comentado Jonathan que había leído en uno de esos libros de espiritualidad. En el momento le había contestado  que aquello eran idioteces, ahora lamentaba no haberle puesto más atención. Sentí las lágrimas calientes corriéndome por las mejillas. Sí, evidentemente, en todo ese lío, me dolía más el alma que el cuerpo. No quería terminar así, dejando solo en el mundo a un hijo, o…
El dolor me cortó cualquier pensamiento, haciendo que me incorporara. La enfermera de inmediato me puso una mano sobre la frente y algo me susurró pero ni la oí.
–Mamá…–dije en medio de una queja.
Oí otra voz, gruesa y áspera, la de otra mujer.
–Claro, para embarazarse no llaman a la madre, ahora para parir sí.
Abrí los ojos, de pronto ya no sentía nada más que rabia y ganas de pelearme y pegarle fuerte a quien había hablado. La mujer era otra enfermera, vieja, y seguramente amargada y llena de veneno.
–Oiga, que usted tampoco habrá llamado a su madre cuando…Bah, no creo que alguien ni siquiera la haya tocado, parece una víbora. –solté un quejido más lastimero y cuando me recompuse, seguí–Vieja horrible, su madre seguro sería bien pu…
–¿Qué está pasando aquí?
Vi a Cyril y le sonreí porque era un alivio verlo.
–Esa…–otra vez el dolor que me pegaba de todos lados–…esa vieja de mierda…
–Sara por favor, retírese.
La vieja obedeció sin decir ni una palabra más.
–Que la despidan, es una maltratadora…Cyril…–tomé aire–…esto no está saliendo bien.
–No, y por eso mismo ya mismo vamos al quirófano.
De la nada aparecieron dos tipos más y como cuatro enfermeras. Vaya, sería concurrido el asunto, por lo menos no me moriría sola o con la maldita vieja víbora a mi lado. Recordar me estremeció y tiré del guardapolvo de Cyril. Se inclinó y por primera vez tuve conciencia de que mi voz apenas era audible.
–Decile que lo amo. Por favor.







Vi cosas borrosas hasta que centré la vista y reconocí a la enfermera que me decía que no me preocupara.
–¡Ya volvió! –gritó y me sentí aturdida. ¿Volver? ¿De adónde?
–Hubiera sido mejor que no. –oí a Cyril cerca y giré la cabeza.
–¿Qué? –le pregunté.
–Cesárea ya. –dijo sin mirarme, porque tenía los ojos fijos en un aparatito–Si seguías desvanecida era mejor. Ahora te hará mal la anestesia, tendrá que ser mucha y…
–¿Desvanecida? –interrumpí, pero no me respondió. De pronto supe que la anestesia no me la habían dado porque tuve una oleada de dolor que prácticamente me partió en dos.
–¡Me cago en…! ¡Suspendan todo! –era la voz de otro hombre, que al parecer se había alterado mucho. No entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, sólo sentía mucho dolor y peor, dolor en el pecho. Me mordí los labios para no gritar y alterar más a toda esa gente que supuestamente debía calmarse para que yo no me muriera.
Cyril se inclinó sobre mí, y me sentí más desolada que nunca: jamás lo había visto tan mal. Ni siquiera cuando me había dado las peores noticias. Tragué saliva, preparándome para lo peor.
–Lo lamento, Mercy.
–¿Está muerto, no? –apreté los párpados y los dientes, no quería escuchar su respuesta.
–¿Eh? ¡No, no! Al contrario. Tu hijo quiere nacer de forma tradicional, y ya está a punto.
Claro que sabía que estaba a punto, si sentía cómo se me rompía todo por dentro. Y también sabía que aquello no lo iba a soportar, parir era extremadamente peligroso, eso lo recordaba bien pese a que mi mente estaba casi ida.
–No voy a poder…
Ya no pude hablar más, la necesidad de empujar aunque me fuera la vida en ello era mucho más fuerte. De pronto me olvidé que no podía con aquello, que los pronósticos me eran desfavorables y que el hecho de sólo pensarlo me iba a fulminar.  Si había nacido mujer, estaba preparada para soportarlo, y me alegré de llegar a esa certeza. Cyril me decía algo, y una enfermera también pero no lo escuchaba, sólo hacia lo que el cuerpo me pedía, o sea, tratar de que ese bebé naciera pronto, sano, y que tuviera una madre por muchos años. Volví a la realidad cuando caí rendida. Y cuando lo escuché, débil, muy débil, pero lo escuché. Mi hijo.
–¡Es un niño! –exclamó la enfermera a mi lado. Me tapé la cara para llorar, sin poder creer que aquello había sucedido.  De pronto vi que corrían de un lado a otro. Me incorporé como pude, busqué a la enfermera con la mirada, la noté nerviosa.
–¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? –por primera vez sabía qué era la desesperación de una madre–¿Qué? Quiero verlo, ¿qué pa…?
–Tranquila, lo han llevado porque es muy pequeñito. Le han puesto un respirador. Pero está bien, es sanito, no te preocupes.
Y dale con el “no te preocupes”. A esa mujer le iba a pegar cuando estuviera en mejores condiciones.
Cyril apareció con una sonrisa de oreja a oreja.
–En nada lo tendrás, lo están revisando bien. Es chiquito pero fuerte.
–Tampoco tiene a quién salir grande…
Rió y me tomó de una mano.
–Salió todo bien, Mercy. Seguís sorprendiéndome.
Iba a responderle pero una punzada, más fuerte que todas las anteriores, me cortó la respiración. Cyril me miró, otra vez los colores se fugaron de su rostro. La punzada no amainó, al contrario, se hizo más fuerte y cuando abrí los ojos ya estaban todos a mi alrededor otra vez. Algo me dijo que aquello no había terminado.
–¡Son mellizos!
–¿QUÉ? –me olvidé totalmente de las punzadas, me incorporé y miré a todos como si estuvieran locos.
La enfermera de las no preocupaciones repitió algo que jamás en la vida había imaginado que iba a escuchar. Que eran mellizos.
Me tapé la cara para ahogar el sollozo de desesperación que tenía dentro. Dos. Dos hijos. ¿Qué mierda estaba pasando?
–No, no, no, la puta madre, ¡no ahora!
Miré a Cyril, no parecía alterado por la existencia de otro hijo mío, sino por algo que le indicaba su aparato. Otra vez el dolor me cortó la visión, y de pronto sentí que Cyril me sacudía y me ponía más cables sobre el pecho.
–Mercy, Mercy, despertate. ¡Una dosis más de…!
No entendí qué dosis pedía porque otra vez todos mis sentidos se nublaron. Quise tomar aire pero no podía, abrí los ojos y sin darme cuenta me había puesto a llorar. No podía rendirme ahora, faltando tan poco. La bocanada de aire no llegaba y Cyril seguía diciéndome cosas que no entendía, y el otro médico también. Al fin un respirador vino a salvarme, y me llenó los pulmones y me aclaró un poco la cabeza antes de que otra puntada que ya ni sabía de dónde venía, me estremeciera como un rayo. Mi segundo hijo estaba ya coronando y, sacando fuerzas de donde no tenía y casi maravillándome por saberme tan dura, lo ayudé a que saliera a ver la luz. Esta vez no escuché nada, ni un pequeño llanto, ni una queja. Nada.
Me quedé esperando que pasara algo mientras todos iban tras mi hijo, ese hijo al que, pobre, yo no había esperado. No sé cuánto esperé, quizás unos minutos, quizás un milisegundo. Sólo sé que lentamente, todo dejó de existir y ya no supe nada de él.










Aquello estaba lleno de flores de lavanda, una auténtica alfombra violeta llena de aroma fresco y color. La primavera estallaba justo a mi lado, ante mis ojos y sobre mí, y no podía dejar de verla y sonreír. Una fina brisa suave y caliente me estremeció de pies a cabeza, la brisa de su aliento y un suave beso en la mejilla y sus manos rodeándome la cintura. Sonreí aún más.
–Richie, te estaba buscando.
–Estaba por ahí, ¿viste qué día tan precioso?
No le contesté, sólo me giré para darle un beso, que interrumpí cuando oí el estruendo.
–¡Mamá!
Nos separamos riendo antes de que una avalancha pequeña y enrulada nos llevara por delante. Un niño pecoso, de ojos azules tan profundos como los de su padre, me miraba con consternación. Me incliné hacia él, maravillada por la perfección de esa criatura.
–¡Louise se ha perdido! –exclamó angustiado–¡No puedo encontrarla! ¡Jugábamos a las escondidas y no está donde siempre se esconde!
Richard lo levantó como una pluma, riéndose.
–No se ha perdido, ¡hoy ha sido más lista para que no la encuentres! ¡Mirá, allá viene!
Me incorporé y vi, en medio de ese violeta furioso, la cabellera rubia de una niñita. Mi hija. Reía a carcajadas y sentí cómo el corazón se me apretaba de la emoción. Pero de un instante a otro, no la vi más, desapareció en ese mar.
–¡Louise! ¡Louise, hija! ¡Louise!



Un brazo pegó contra algo duro y frío y la respiración fue sólo un ahogo. Todo se había esfumado y sólo veía una pared blanca frente a mí y me encontré casi atada con cables. Al intentar tragar, recordé cuando una vez también había despertado así: una dramática resurrección donde estaba sola y rodeada de máquinas ruidosas después de tener una espantosa pesadilla que se había repetido no sé cuántas veces. Aún me duraba la terrible sensación, que fue en aumento al saberme viva pero no segura. ¿Todo lo que había pasado sucedió de verdad? ¿Mi despertar lo era o también formaba parte de otro sueño que terminaría mal? La garganta arenosa me confirmó que estaba bien despierta, y también el frío que sentía en el cuerpo. De pronto me sobresaltó una estampida, era la puerta abriéndose y dando paso a un tropel de gente vestida de blanco. Ya sabía lo que vendría, todo tipo de preguntas para saber en qué estado estaba, y cabezas negando con preocupación. Cerré los ojos para evitar verlas.
–Mercy.
Reconocí la voz de Cyril y de inmediato abrí los ojos. Quise hablar y me encontré con la sorpresa de que no podía porque estaba entubada.
–Tranquila, todo está bien, te sacaremos esto. A ver, hacé como si hicieras un esfuerzo muy grande para toser.
Le obedecí y me sacó ese caño espantoso de la tráquea. No sé si fue la impresión de ver eso o qué, pero me dio arcadas. A él le pareció normal.
Quise hablar pero me metió un respirador.
–Ya te estás enojando. –rió–No creo que puedas respirar por vos misma.
Noté que dos enfermeras me retiraban unos cables, por lo menos un brazo podía moverlo, el otro lo sentía entumecido. Aparté el respirador.
–Mis hijos.
No pude oír mi voz. Maldición, ¿ahora me había quedado muda?
Cyril sonrió, parecía que todo le causaba gracia y eso me llenó de furia.
–Pasarán un par de horas hasta que tengas tu voz chillona y me insultes a gusto.
Se fue, dejándome con las enfermeras. Para insultarlo no necesitaba voz, así que lo hice mentalmente. Después caí en cuenta de que no me había respondido. Ni una palabra de mis hijos. Una terrible señal.






Abrí los ojos sobresaltada, después de tener exactamente el mismo sueño. Todo estaba en silencio, seguramente sería de noche, no podía saberlo porque no alcanzaba a ver si había una ventana en aquel lugar, y además la luz parecía estar perpetuamente encendida. No sabía en qué momento me dormí, así que con certeza me habían enchufado calmantes o algún medicamento. Las preguntas me estaban comiendo la cabeza, no entendía nada, no había recibido ni una puta explicación y dudaba de mi cordura. 
Se abrió la puerta, levanté un poco la cabeza para ver quién era, una enfermera sonriente. Escuché el pasillo bullicioso así que de noche, no era. Como tenía los brazos libres, salvo por la línea del suero y otro cablecito extraño, me arranqué el respirador y le clavé los ojos.
–Quiero que me digan ya qué pasó. Y cómo están mis hijos.
La estúpida enfermera no borró su sonrisa estúpida y me miró como si yo, justamente, fuera estúpida.
–Todo está bien.
Uy, qué respuesta. Apreté las mandíbulas, estaba a punto de lanzarle una larga lista de saludos a su madre, su hermana, y a sus aparatos reproductores, pero me detuve cuando lo vi.
–¿Puedo pasar?
–¡No, todavía no!
Maldita perra, ¿por qué no dejaba pasar a Richard? Tan rápido como había aparecido, Richard se fue y me quedé más desconsolada que antes. La enfermera siguió con su sonrisa mirando una pantallita y anotando en una tabla, al rato se fue. Como era mi costumbre, me largué a llorar, harta y llena de rabia.
Estaba concentrada en eso y en todo lo que mi mente me decía, sus preguntas  y sus conjeturas, todas completamente dramáticas, que no escuché nada, sino que sentí. Su mano en mi frente.
–¡Rich! –exclamé, pero me di cuenta que tenía el respirador, así que otra vez me lo saqué  y repetí–¡Rich!
Me abrazó como nunca antes lo había hecho. Y otra vez lloré, más fuerte, más aliviada, más triste, más todo. Para mayor desconcierto, él también lloraba y me sentí más apenada todavía.
–¿Qué pasó? –pregunté cuando me miró a los ojos. Me quedé sin aire, no sé si por la falta del respirador, o por su mirada.
–Todo está bien. –sonrió.
Otra vez la misma respuesta, que no me daba tranquilidad.
–No, no, decime la verdad. ¿Qué pasó?
Con suavidad me puso el respirador y lo miré con mi peor cara.
–¿Qué pasó? –repitió–Pasó que te gusta darme muchos sustos.
Me saqué el respirador de vuelta.
–No estoy para bromas.
–Ni yo, ponete eso. –me lo puso otra vez–Hace dos días que estás así, la otra vez fueron como cinco…Empiezo a pensar que estar en coma es divertido, de otro modo no me explico.
Intenté quitarme el respirador pero me sujetó la mano.
–Lo bueno es que siempre despertás.
Dejé de forcejear, cansada. Se sentó a mi lado.
–Te dije la verdad, todo está bien. Te agarró algo…bueno, no sé bien qué, la verdad es que no tenía cabeza para escuchar a Cyril. –bajó la mirada, y me tomó una mano–Pensé que te ibas.
A falta de palabras, le apreté la mano. ¿Cómo me iba a ir? ¿Cómo dejarlo sintiendo tanto por él? Ni muerta lo haría.
–Se complicó todo muchísimo, bueno, creo que te acordás, ¿no? –asentí con la cabeza, cmo para olvidarme de todo eso–Bueno, el parto te hizo bastante mal, ya sabíamos que no lo resistirías pero ya ves que sí, acá estás.
Se quedó sin decir más nada, mirando a un punto cualquiera. Aparté el puto respirador.
–Richard, al grano.
Volvió a mirarme y sonrió.
–Lo siento, es que todavía no caigo. Tenemos dos…hijos. Joder, eran dos.
Por primera vez me reí, y fue algo muy liberador. Él dejó su consternación  y también rió.
–¿Me querés decir qué vamos a hacer con dos? Yo regalaría uno, pero…
Le di un golpecito en la mano, volvió a reír, pero de inmediato se puso serio.
–El problema es que son muy pequeñitos. Ahora están estables, pero estuvieron un  poco mal. Sobre todo…
–Louise, sí.
Abrió sus ojos de par en par.
–¿Cómo lo sabías?
–Me la pasé soñando con que le sucedía algo malo. Supuse que tendría que ver con que estaba mal de verdad.
–S…sí, pero ahora ya está bien y aumentó…¿Soñaste? ¿Pero q…?
–Espero no seguir teniendo ese sueño. Rich, de grandes serán preciosos.
Otra vez las lágrimas me brotaron. Al fin lo sabía, estaban bien, todo estaba bien, todo podía volver  a ser “normal”. Si es que eso era un parámetro en mi vida.
–¿Y Andrei? ¿Le pusiste ese nombre, no?
–Sí. –sonrió ampliamente–Andrei. Es fuerte, pobrecito le hicieron mil estudios y ni un llanto. Es fuerte como su mamá.  –me besó, fue volver al paraíso que tenía antes de terminar en ese hospital. Después volvió a ponerme el respirador, pero lo detuve.
–Por favor, quiero verlos.
–Mercy no podés salir de acá.
–Pero…
–No. Todavía estás delicada, y ellos también, y yo debo cuidarlos a todos.  Ya los verás, no te preocupes.



Pronto supe que ese momento del día era la tarde. Como estaba en terapia intensiva, la visita de Richard fue muy corta, la enfermera estúpida lo sacó enseguida para fuera, hasta que le permitieran entrar a la noche, otra vez por unos minutos. Las horas pasaron muy lentamente, pero no fueron lastimeras porque sabía que todo se estaba encaminado. Había tenido dos. No cargarían con el trauma de sus padres por ser hijos únicos, eran niño y niña, estaba bien y serían preciosos…¿qué más podía pedir? Sí, verlos, pero si quería curarme rápido no debía desesperar, así que me comporté como si tuviera paciencia, aunque por dentro no podía más de ansias.
Cerca del horario de visitas, apareció Cyril.
–¡Qué bien se te ve, mamá!–exclamó–¿Qué se siente saber que tendrás que criar a dos a la vez?
–Cyril, te odio.
–Ya lo sabía. Bien, creo que te preguntarás qué te sucedió, ¿no?
–Sí, aunque lo supongo. Otro infarto.
–Premio para la señorita.
–¿Y ahora cuánto de corazón tengo muerto? Si me hago mala ya sé porqué será, porque no tengo corazón.
–No tenés nada muerto, fue algo leve, no se compara con el primero. Estuviste así porque si a un infarto, por leve que sea, le sumamos un parto de urgencia, y a eso le sumamos que fue un parto de mellizos…pues el resultado es una conmoción que te cagás.
–Qué lenguaje tan médico usás.
–Te lo digo así para que entiendas la magnitud de todo. Y ahora una buena noticia: en dos, tres días máximo, estás afuera. Eso sí, los bebés un par de días más, no porque estén mal, sino para darte tiempo para comprar otra cuna.
Reí entre dientes mientras él lo hacía a carcajadas.
–Este es un castigo por hacerme renegar tanto.
Se fue silbando y mostrándome un ”dos” levantando los dedos índice y mayor. 





A los pocos segundos que Rich pudo entrar, se oyeron golpes en la puerta, y vi asomarse el flequillo de George.
–¡Y la bestia sobrevive y sobrevive, eh!
Richard le dio un codazo, pero George ni lo sintió.
–Es que mi deber en el mundo es joderte la vida, Harrison, y no me puedo ir sin terminar mi misión.
–¿Todavía no terminaste? ¡Si me has jodido mucho! Hablando en serio, es bueno verte bien otra vez. Hay muchos que quieren verte pero yo tengo prioridad porque tengo algo para vos. Me dijo él–señaló a Rich–que todavía no podés ver a tus bebés. Entonces, yo te traje a tus bebés acá.
Lo miramos confundidos, él rebuscó en un bolsillo de su chaqueta.
–Me hice pasar por un padre y entré en la nursery. Es increíblemente fácil robar uno. –rió–En un descuido les tomé estas fotos. Mirá, posan muy bien.
Me extendió dos fotitos, lo miré sin reaccionar, igual que Richard.
–¿Qué hiciste qué? –le preguntó.
–Eso. –señaló las fotos, riendo–Me pareció un buen regalo para Mercy.
Le sonreí, no esperaba jamás que George hiciera algo así por mí. Miré las fotos sin contener las lágrimas, esos bebés eran preciosos y sí que posaban bien.
–La de rosa es Louise. –señaló–Y el otro es Andrei. Lástima que están dormidos…
Richard le dio una palmada en el hombro y le susurró un “gracias”. Me sequé las lágrimas y le di la mano.
–Qué hermoso gesto, George.  Gracias. Y vaya que son lindos, ¿no? –se las mostré a Rich.
–Te lo dije, son un par de bombones.



Esa misma noche, mientras dormía, sentí algo. Abrí los ojos asustada y noté que alguien me sacudía con suavidad. Me restregué los ojos.
–¿Te acordás de mí?
Mi boca se abrió en una gran “O” cuando me di cuenta quién me sonreía. Samantha, aquella enfermera que me había atendido en mi convalecencia por tanto tiempo en el hospital.
–¿No te habías ido? –le pregunté sin recuperarme del asombro.
–Sí sí, me había ido a Londres pero me aburrí. Volví hace poco, ¿y ahora de qué me entero? Que Mercy Wells ha tenido dos hijos. Veo que te duró poco la pelea aquella con el muchachito, ¿eh? No sé porqué hiciste tanto escándalo.
–Eso quedó atrás, por suerte. –le sonreí–¿Qué estás haciendo acá?
–Vine a llevarte. Levántate y anda.
–¿Eh?
–Que te levantes. ¿O no querés conocer a tus hijos?
–¿Qué?
–Son las dos de la mañana, no anda nadie y vos estás bien. ¿Quién se va a dar cuenta de que te fuiste? Vamos, rápido, antes de que llegue alguien grave y me llamen.
Me dio una bata y sacó de la cama una de las mantas, con la que me envolvió porque según decía, hacía mucho frío. De la mano y mirando hacia todos lados me sacó al pasillo y como si fuéramos ladronas, caminamos rápido hacia un ascensor.
–¿No me hará mal…?
–Peor sería que bajes dos pisos por escalera. ¡Rápido, mujer!
Me metió dentro y bajamos sin decir media palabra. Cuando llegamos abrió otra vez mirando a todos lados.
–Ni un alma.
Otra vez de la mano me condujo hasta la nursery. Entró dejándome afuera, temblando de frío y nervios. Cuando salió lo hizo con total tranquilidad.
–Esto es lo bueno de hacer favores a tus compañeros, que te los podés cobrar. Me dijo la que está de guardia que entremos, pero por un ratito nada más.
Me hizo pasar y Dios, qué barbaridad de niños había allí. Pasamos por al lado de todas esas cunitas de bebés durmiendo plácidamente hasta que llegamos a otra sala más pequeña y apartada, donde había incubadoras.
–¿Apellido?
–Starkey.
–¡Allí! –señaló y otra vez me tomó de la mano–Bien, ahí tenés a tus hijos.
–Gracias Samantha, si no fuera por vos, quién sabe cuándo podía…
–¡Basta de agradecimientos y miralos!
Sonreí nerviosa porque lo estaba, supongo que era muy distinto ver a tus hijos ni bien nacía y no varios días después. La sensación era rara, entre miedo y felicidad. Leí los cartelitos con sus nombres  embobada y me acerqué más. Ambos dormían, Andrei era más grande pero pequeño comparado con los otros bebés de las otras cunas. Y Louise aún tenía un cablecito conectado a su nariz, y era más pequeña aún.  Pero aún así parecían dos gigantes fuertes. Apoyé las manos sobre las cunas, muriéndome de ganas por tocarlos, pero me tenía que conformar con verlos. ¿Qué podía decirles? No lo sabía, y tampoco quería ponerme a llorar. Al fin me salió un simple “Hola, hijitos”, algo que a mi lengua le sonaba muy extraño pronunciar. Siguieron dormidos, sin moverse.
–¡Chist! –oí y vi a otra enfermera–¡Viene la supervisora!
Alarmada, Samantha me agarró de un brazo y me tironeó. Susurré un adiós, y para mi sorpresa, Andrei estiró los dedos de una de sus manitos y Louise una de sus piernitas. Me dejé llevar por Samantha sin dejar de mirarlos. Quizás me habían oído, o no, lo importante es que los había conocido. Tenía dos hijos y eran esos. Qué distinta iba a ser mi vida a partir de ese día.


*****************
Como siempre, vuelvo después de muuucho tiempo (más de un mes, qué barbaridad) pero siempre vuelvo. ¿Qué tal? ¡Ahora hay dos personajes nuevos! ¡Y dos padres que se volverán locos! Bueno, espero que los críen como puedan jaja. 
Una cosa, faltan cuatro capitulos para que termine (este es un número oficial, saqué cuentas y lo instituí), pero no se preocupen mucho, viendo mi ritmo para subir, tienen fic hasta el año que viene jaja.
Y otra cosa más, ayer fue el cumple de este muchacho:

En este capitulo no salió por razones de espacio pero igual FELIZ CUMPLE JOHN!!!

Y ahora sí me voy, digamos que hasta el mes que viene. 





05 septiembre 2015

Capitulo 100 A la luz



Me gusta cuando estoy saliendo de mis sueños y escucho a los pajaritos cantando. Siempre tan inocentes, ignorando qué día de la semana es y qué hora, simplemente cantando, como si fuera lo único importante. También para mí, lo único importante era que cantaran. Aquella mañana era la del primer día de la era “Mercy es feliz” que podía extenderse por muchos años o por muy poco tiempo. Eso no era relevante en ese momento. Me desperecé y noté el brillo en uno de mis dedos, el brillo que uno de los poquitos rayos de sol que se colaban por la ventana le arrancaba a mi anillo. Anillo de casada, qué serio sonaba eso. Lo hice girar junto con el anillito del humor, siempre presente, casi fundido al hueso, gastado, pero fuerte.
A mi lado, Richard se removió y cuando la luz le dio directamente en los ojos los cerró con dolor.
–Hora de levantarse, bello durmiente.
–¿No tengo vacaciones por casamiento?
–Preguntale  a tu jefe.
–Pensé que ahora mi jefe eras vos.
–Pfff, qué dominado.
Soltó una risita y se acomodó para darme un beso en la mejilla. De inmediato cerró los ojos para seguir durmiendo.
–Mierda, olvidé traerte el desayuno. –dijo abriendo los ojos de repente.
–Primer día y ya sos así, no me quiero imaginar en veinte años. Sos un esposo desastroso.
–Y dominado.
–Y dominado, sí.
–En fin, ¿me perdonás, Mercy Starkey?
–Si me decís Starkey, no. Soy Wells.
–Estás imposible.
–Lo sé.
–Igual te quiero.
–También lo sé.
Otra vez una risita por parte de los dos, me abrazó contra su cuerpo.
–¿Te sentís bien? –preguntó cuando creía que se habia dormido otra vez.
–Como nunca. Y lo digo de verdad, no siento nada.
–Casarse es el mejor remedio entonces. Prometeme que si te duele algo, me vas a decir.
–Qué pesado, ya te dije que te informaré de todo.
–Bueno, ¿y qué? –de pronto se incorporó–¿Hoy qué hacemos?
–Mmm…¿dormir? Me gustaría decirte un muy entusiasta “¡Hora de irnos de viaje!” pero no podemos. Perdón. Creo que también soy una esposa desastre.
–Así es. Vamos a divorciarnos.




Después de idas y vueltas al fin nos levantamos bastante zombies; todavía nos duraban los efectos de la fiesta del día anterior. Para orear nuestra resaca, nos sentamos a almorzar en el jardín. No hablamos mucho porque ambos pensábamos lo mismo: Estamos casados. Esto es estar casado. Bien.
–Qué aburrimiento, tenés razón, pidamos el divorcio.
En lo que iba del día, habíamos dicho lo de divorciarnos unas quince veces y cada vez que lo mencionábamos nos partíamos de risa. Quién sabe, quizás en el futuro aquella simple frase fuera un arma para no separarnos.
El timbre nos sobresaltó. ¿Quién sería el desubicado que molestaba a una pareja de recién casados? La respuesta era básica: John.
–¡Hola hermana casada! Ay, qué bien te sientan las bodas, ¿eh?
–John andá a ocuparte de tu tía, durmió con mi tío.
–¿Qué? –se le desorbitaron los ojos–No me jodas, todavía me dura el trauma de ayer.
–¿A qué viniste John? –Richard seguía parado junto a la puerta, esperando a que se fuera.
–Jum, ahora tengo cuñado, ¡las cosas que hay que ver! En fin, vine para molestar, sí, eso está a la vista, pero también vine para ver cómo estabas. Como ayer te descompusiste…
–Si ni siquiera te enteraste.
–Me contó mi novia esta mañana cuando me desperté y pude coordinar mis neuronas.
–¿Alguna vez coordinaron?
–Más respeto, arbusto cuñado. ¿Y bien? ¿Cómo estás?
–Estoy bien, todo normal, no pasa nada. Lo de ayer fue puro cansancio.
–Perfecto, era sólo para saber eso. Cuidala. –señaló a Richard con el índice.
Se fue aparentando tranquilidad pero cruzó la calle y se colgó del timbre de Mimi hasta que la pobre le abrió.








–Esa nube parece un elefante pero sin trompa.
–Entonces no es un elefante, es una vaca.
–¿Una vaca? Nada que ver…
Si, nuestro primer día de casados estaba transcurriendo tirados en el césped y mirando nubes. Era tonto pero maravilloso a la vez. Ambos nos sentíamos felices, ¿para qué desear más que unas nubes sin forma? La felicidad era aquello tan sencillo y sin embargo qué lejos había estado tantas veces.
–Rich, ¿sabés qué pensaba? Cuando pase todo, podríamos viajar a alguna parte, pero donde no haya fans de ustedes.
–Tampoco hay tantas…
–¿Ah, no? Juliet me contó que el otro día tuvo que echar a tres de su tienda porque querían saber “quién era la novia de George”
–¿Tres te parecen muchas? Pobre George, sólo tiene tres fans.
–No te hagas, sabés que hay más. Te voy avisando que sé disparar.
–Carajo, ¿todavía tenés la pistola esa?
–Está guardada pero claro que la tengo.
Se echó a reír, lo miré seria.
–No es broma.
–Bueno, ¿vamos a tener nuestra primer discusión de casados por unas fans?
–Hablo en serio, ya sabés que hay por todas partes, por lo menos acá, y en Londres. Podríamos ir a un lugar donde nadie sepa quiénes son los Beatles ni su hermoso y amoroso baterista. También…
Me calló con un beso sorpresa.
–¿Eso fue porque dije que eras hermoso y amoroso?
–No, porque estás haciendo planes. Me gusta que estés pensado en cosas para el futuro.
Sonreí apenas. ¿Qué otra cosa me quedaba por hacer? ¿Arruinar mi primer día con lágrimas y lamentos por no saber si viviría en dos o tres meses? La fuerza me la daban él, esa cosita que se movía cada vez más rápido como un renacuajito en mi panza, y la imaginación que me llevaba a pensar en cosas que podríamos hacer juntos.
–¿Y cuál sería ese lugar que decís? –dijo sacándome de mis pensamientos.
–Japón.
–¿Eh? Estás loca si pensás que voy a ir a Japón.
–Algún día lo harás.
–Si en Japón escuchan música rara…Otro lugar, uno donde el nene pueda jugar.
–El nene, que sigo insistiendo en que es nena, puede jugar en Japón.
–Hay radiación por las bombas atómicas, es peligroso. A mi me gustaría un lugar con sol todos los días, y playa y todo eso. Así te ponés traje de baño.
–No pongas esa cara de degenerado, salí. –le di un empujoncito pero igual se echó encima mío.
–Uy, voy a aplastar a mi hijo, encima de mal esposo, soy mal padre.
–Y degenerado.
–¿Por querer ver  a mi esposa en traje de baño? Uy sí, muy degenerado.
–Rich, ¿sabés qué?
–¿Qué?
–Es lindo estar casada con vos.







Pasó una semana, y pasó muy rápido, demasiado rápido. Siete días que parecieron apenas una hora. Richard y toda la banda debían volver a Londres, demasiado habían atrasado sus cosas para que pudiéramos estar juntos. Si había algo que tenía decidido, era que mudarnos a Londres era fundamental. Atrás había quedado mi capricho de no volver nunca más, si quería estar con él tendría que irme, de lo contrario nos veríamos poco y todo sería un incordio para él. Todavía no sabia bien cómo me las arreglaría con el negocio, pero tenía tiempo para pensarlo, la mudanza sería después del nacimiento.
Ahora le tocaba irse, tenían algunas actuaciones en la televisión, presentaciones en radios, y por supuesto, actuaciones. Lo de las fans era cierto, de hecho, aunque se trató de que no se supiera tanto lo de la boda, por lo menos en Liverpool lo sabían todos y ya me habían contado de algunas que decían que se iban a suicidar porque Richard se había casado. Mejor, unas cuantas locas menos.
–Sólo serán diez días, y creo que si hacemos todo rápido, volveremos antes. –dijo sonriendo–Pasarán volando, ni te darás cuenta.
–No lo creo, voy a extrañarte. Mejor dicho, vamos a extrañarte.
Sonrió aún más y me dio un beso suave.
–Prometeme que te cuidarás mucho, llamaré todas las veces que pueda.
–Ay ya vamos, dejen de despedirse tanto.
–George, callate. Que seas un insensible no significa que todos lo sean.
–Ahora la bestia es sensible. Ah, todavía no me pagaste por mis servicios en tu boda.
–Que te lo pague Dios.
–Vámonos, señor casado. –John agarró de un brazo a Rich–Cuidate fea, te dejo a mi novia y a mi retoño para que te controlen, mirá si se te da por engañar a tu esposo. Si hacés eso, que por lo menos sea más alto y menos narigón. Adiós preciosa. –le dio un sonoro beso a Cris y la hizo pasar a mi sala.
–John, no hagas desastres. En serio.
–Me portaré bien, sí.
Saludó a su hijo y al fin abordaron el auto del mánager, que los esperaba, seguramente ya harto de tanta parafernalia.
–No te sientas mal, volverán en nada. –Cris me pasó un brazo por los hombros.
–Lo voy a extrañar.
–Y yo. Pero supongo que nos tendremos que aguantar. Se me hace que esto es sólo el principio.
Cerré la puerta y ella se sentó en el sofá, dejando a Jack sobre la alfombra. El bebé estaba comenzando a gatear, así que enseguida manoteó un peluche que estaba sobre la mesita.
–Dicen que hay algo que se llama Beatlemanía. La gente está loca, yo ya lo dije una vez: viviré con una ametralladora en la espalda.
–Decidí algo…–me senté junto a ella, le di las llaves a Jack para que jugara–Voy a Londres, a vivir.
–Vos también…
Bajó la mirada, se la veía realmente triste. Suspiró y apenas le dedicó una sonrisita a su hijo, que le mostraba el peluche.
–Ya no hay opción. Pensé que si me empeñaba, no iría, pero en vistas de todo esto…De todos modos falta todavía, quiero que el bebé nazca acá, no permitiré que sea de la capital.
–¡Si vos sos de la capital!
–Por eso mismo.
–En fin, supongo que en poco tiempo John decidirá lo mismo. No sé qué haré, cerraré la cafetería o qué se yo. Tampoco es que me muera por servir café y aguantar a empleadas ineptas que rompen todo, pero es que…no sé, era algo mío. Me voy a aburrir.
–¡Pongamos un negocio juntas!
–Ni en sueños.
–Yo quiero seguir con la librería. Podrías ser mi empleada y de paso me cobro venganza de cuando fuiste mi jefa.
–Como si te hubiera tratado tan mal.
Nos quedamos en silencio, mirando a Jack que trataba de sacarle un ojo al peluche. Ninguna de las dos tuvo ganas de impedírselo.
–Hace un día hermoso, ¿vamos a caminar? Jack está aburrido.
–¡Genial! ¿Podríamos pasar por la librería? En todos estos días no fui, quiero ver qué tal va todo.
Ni bien me puse de pie, pareció que toda la casa se daba vuelta. En toda esa semana había tenido esos mareos que no parecían otra cosa que la personificación de la realidad que intentaba infiltrase en mi pequeño mundo perfecto. A Richard no le había dicho nada, simplemente los había disimulado, pero esta vez no pude reprimir un quejido, aquello era más fuerte.
–Ah no, no…Creo que alguien deberá ir a la cama.
–Pero…
–Pero nada.
–Sólo es un mareo, no me siento mal.
–Bueno, te vas a la cama, Jack y yo te hacemos compañía.
Nos acostamos mientras todo seguía dándome vueltas y Jack se entretenía agarrándonos el cabello o queriéndonos meter los dedos en la nariz.
–¿Cuándo vendrá Cyril? Ey, ¿querés tener una madre tuerta? Quietos esos dedos, Jack Lennon.
Jack rió y yo también, y se lo agradecí porque estaba sintiéndome bastante mal.
–No sé…creo que…el lunes, o algo así me dijo…
–Mercy estás muy pálida, ¿lo llamo? Para el lunes falta mucho.
–No, no, tranquila, estoy acostumbrada a esto. Con quedarme quieta un rato todo se pasa.
No dijo más nada, sólo le susurraba al bebé, y yo cerré los ojos lentamente. Cuando desperté, el sol me estaba dando directamente en los ojos y lo primero que vi fue a Jack acurrucado junto  a mi como un gatito, tapado con su manta celeste. Parecía uno de esos angelitos de los cuadros, sólo le faltaban las alitas, aunque seguramente las tuviera, escondidas bajo su manta. Su madre vaya a saberse dónde estaba, así que me levanté con sigilo para no despertarlo. Encontré a Cris en la cocina.
–Se levantó la dormilona. ¿Dos horas de siesta te recuperaron?
–Creo que sí, me siento muy bien. –dije restregándome los ojos–Mmm…¿qué es eso que huele tan bien?
–Galletas. Las horneé para vos.
–Sos genial.
–¿Y Jack?
–Está durmiendo.
–¿Dónde?
–En mi cama.
–¡No! ¡Se puede caer!
Como un rayo subió las escaleras, la seguí preguntándome cómo una cosita tan chiquita podía caerse de una cama grande. Cuando la alcancé, Cris estaba levantando a su hijo. Sin dudas, el chico se había movido y mucho, en apenas dos minutos que lo había dejado solo. Estaba a punto de lanzarse al suelo cuando lo encontró.
–Mercy Wells, a tu hijo nunca lo dejes solo en la cama, si se cae sería un desastre que ni quiero pensar.
–Ni me di cuenta…perdón. ¿Puedo cargarlo?
–Nunca le des a tu hijo a alguien que está mareado.
–Ya no lo estoy.
No me hizo caso y bajé tras ella dándole la razón porque otra vez me sentía un poco fuera de equilibrio. Salí a la calle para tomar aire y revisando el buzón encontré una carta. Era de Astrid. Me emocioné al ver su nombre  y enseguida la abrí, también temiendo que hubiera malas noticias.
Pero todo lo contrario, me felicitaba por la boda y lamentaba no haber podido llegar, ya que su madre había enfermado bastante unos días antes y había sido hospitalizada. También John le había contado del bebé, así que deseaba poder venir pronto para verlo. No sabía si John le había contado sobre mi estado, pero allí no lo mencionaba. Prometía un regalo próximamente y nos invitaba a tener nuestra luna de miel en Alemania, ni bien Richard se desocupara. Hasta a ella habían llegado los rumores de que sus antiguos amigos habían dejado de ser unos desconocidos y que se estaban ganando fama en todo el país y más lejos también.
Cuando terminé de leerla, me percaté que aún estaba apoyada en el buzón. Levanté la vista y vi a Mimi saludándome desde su puerta. Cruzó, con una amplia sonrisa, algo raro en ella.
–Tu marido ya se fue, ¿no?
–Ehh…sí, esta mañana. –contesté perdida, lo de “tu marido” me había desconcertado.
–¿Y con quién te quedarás a dormir?
–Ehh…¿sola?
–De ninguna manera. Y en tu estado, jamás. Vendrás a dormir a mi casa.
Sonreí, Mimi nunca invitaba, ni proponía, todo lo que decía era una orden, pero sabía que lo hacía de puro buena.
–¡Hola suegra!
–¿Cris está acá? ¡Perfecto! Vendrán a cenar entonces, y después Mercy se queda a dormir. Además, quiero contarles una cosita…
Sonrió de forma extraña, podría decirse que pícara, pero siendo Mimi eso no cuadraba.
–¿No te dice nada por lo de suegra? –le pregunté cuando ya se había alejado.
–No, ¿por qué? Según ella soy su nuera, así que ella es mi suegra. Nos llevamos bien.








A la noche, ya estábamos plantadas en su casa. Tenía algo de miedo porque no sabía si alguna vez “suegra” y “nuera” habían estado juntas sin John de por medio. Eso quizás las habilitara para pelear y no era mi deseo ni el de ningún ser humano estar en una gresca de esas dos. Pero Mimi parecía demasiado ocupada en hacerle morisquetas a Jack que en establecer litigios en torno a su sobrino. Ambas la ayudamos con la comida, a la vez me daba consejos sobre cómo cuidar a un bebé. De pronto sonó el teléfono y ella fue a atender.
–Hola…Sí, están aquí. ¿Nunca vas a preguntar cómo estoy yo, no?...No, no me pelearé con nadie…Ajá ¿algo novedoso para contarme? ¿En cuál cárcel estás?....No, no puedo tenerte confianza, John...Ya, decime de una vez qué es eso que tenés para decirme….¿Qué? ¿Ustedes?
Ya estábamos a su lado tratando de escuchar algo y Mimi casi dejó caer el auricular de no ser porque yo se lo arrebaté.
–¡John! ¿Qué pasó? ¡Tu tía parece que se va a desmayar! ¿Qué hiciste?
–Dame con mi novia.
–¡Que no! ¡Decime qué pasó, o me vas hacer parir acá mismo!
–Van a tocar ante la reina, esto es una barbaridad…–dijo Mimi desde un sillón, mientras Cris le echaba aire con una revista y me miraba preguntándome si se había vuelto loca.
–Lo que escuchaste. –dijo John al otro lado de la línea, riéndose–Ahí lo sabés, vamos a tocarle algo a la reina.






Para Mimi aquello era un horror. Su sobrino, con su banda de delincuentes, tocando ante la reina. Quizás no era por respeto a su majestad, sino porque tenía miedo de que John hiciera alguna salvajada y la policía viniera a buscarla a ella o le tirara a su sobrino en su casa.
Con Cris nos mirábamos, todo parecía demasiado irreal. Los que tocaban para la reina eran los consagrados, definitivamente de algo nos estábamos perdiendo. A nosotras nos parecían los mismos de siempre, no un grupo capaz de pararse delante de la reina y cantarle.
–Después de todo es sólo una vieja podrida en plata.–dijo Cris, comenzando a comer.
–Pero una vieja con poder. –recalcó Mimi–Y yo lo conozco a John, no se va aguantar.
Cris esbozó una sonrisita, ella también lo sabía pero al revés de Mimi, lo estaba deseando.
–Hablando de que conozco a John, justamente por eso quería comentarles algo, antes que él se entere.
–¿Pasa algo, Mimi? –la miré preocupada, quizás fuera algo grave, y a su edad algo grave tenía que ver con salud.
–Ah no, para nada. Verán…Ustedes los jóvenes creo que dicen algo así como....”Estoy saliendo con alguien”.
Nos miramos y luego la miramos a ella. O la noticia del concierto para la reina la había trastornado, o la sopa que había hecho tenía algún ingrediente raro.
–No me miren así. ¿Acaso sólo ustedes tienen derecho? Yo también, y puedo hacer las cosas mucho mejor, sin consecuencias. –miró a Jack, luego a Cris, y luego a mi. Comprendimos enseguida su indirecta.
–Y…¿se puede saber quién es ese alguien? –me aventuré a preguntar.
–Oh sí, es tu tío.
–¡Lo sabía!
–Mercy, no le cuentes a tu madre ni a ningún familiar, es algo entre nosotros, aún queremos ver si funcionamos juntos y después de conocernos, dejar que vayan enterándose.
Wow, Mimi hablando de “salir” con “alguien”, de “funcionar”, de “conocernos”. Algo raro le estaba pasando al mundo, pero era algo bueno.
–¿No me van a decir nada?
–Por mi parte, la felicito.–dijo Cris–Hace muy bien, es una mujer buena y no tiene porqué estar sola. Y si este no le gusta, puede buscarse cuantos quiera.
–Mi tema es John.
–Ah sí, John es el tema de todas. –asentí–No se preocupe, creo que lo hemos curado de espanto. Seguro que se enojará, dirá algo hiriente o pegará cuatros gritos. Después se le pasará, se reirá, y todos felices. Eso sí, a mi tío le hará la vida imposible. Ya escucho sus gritos: “¡Pelaaaadooo!”
–Esto es inaudito, me siento una adolescente pidiéndole consejos a las chicas mayores. Gracias.










El lunes, bien temprano, el timbre en la casa de Mimi sonó. Supe enseguida quién era porque vi su auto rojo estacionado enfrente. Cyril saludó con una sonrisa a Mimi y sé que con su mirada y su amabilidad logró cautivarla, aunque quizás fuera porque Mimi andaba muy sensible por su enamoramiento. Antes de que ella lo acompañara a la habitación en la que yo dormía, bajé a recibirlo.
–Hola.
–Hola, señora. –saludó, serio.
Traté de hacerle una sonrisa antes de indicarle que me siguiera.
–No objetes nada sobre mi boda, por favor. –dije subiendo.
–No dije nada.
–¿Qué tal tus cosas con Flor?
–Bien, conocí a su familia. Son amish.
–¿Y eso…?
–Es malísimo. –rió–Ella se fue para estudiar, no quería esa vida, pero la dejan volver para visitar a su familia. Así que los conocí, no les caí bien no por cómo soy, sino por quién soy. Quieren que se case con uno de su comunidad.
–¿Pero ya te vas a casar?
–No, pero para ellos “salir” ya es sinónimo de boda. En fin, por lo demás, todo bien, a ella le importa poco y nada.
Me senté en la cama y él en una silla frente a mí. Mimi nos siguió con el pretexto de si él quería comer algo y cuando le dijo que no, se fue un poco a regañadientes. Sacó su libreta para anotar y leyó algunas cosas en voz baja. Habia decidido viajar al menos una vez por semana así yo no iba hasta Londres. Ya no era conveniente que viajara o me cansara mucho.
–¿Los mareos siguen?
–Cada vez más fuertes. Y algo de dolor de cabeza. Y me canso mucho, por todo.
Asintió y siguió anotando. Luego se quedó mirando un punto cualquiera de la habitación, se inclinó para apoyar sus codos en sus rodillas.
–Mercy, ya no falta nada para la cesárea.
–Cyril…por favor, que llegue aunque sea al séptimo mes. Falta poquito, una semana y algo y ya está, por favor…
–Sabés que los últimos estudios te dieron muy mal. Si esperamos más…No podemos. Tiene que ser cuanto antes, llamaré al obstetra para que ya ponga una fecha. ¿Querés que sea acá, no?
–Sí.
–Bien, ya directamente me quedaré en Liverpool, así que podrás consultarme cuando quieras, estoy en la casa de un primo, este es su número. –me tendió un papel.
–De acuerdo. –dije apenas inaudible.
–Ah no, no llores. Ahora es cuando más fuerte debés estar.







–¿Se pueden callar?
Todos miramos a la dulce Juliet, que había dejado su dulzura para ser una leona agazapada frente al televisor, que parecía querer sacar de adentro a su novio aunque todavía no había aparecido.
–Qué aburridas estas cosas de la reina. –se quejó Jonathan–Apuren, que mañana hay que trabajar.
–Juliet tiene razón. –dijo Mimi–Si no se callan, ni nos enteraremos cuando los anuncien. No puedo creer esto, y lo que sale en los diarios, que todos matan por verlos. Por Dios, si es sólo mi sobrino con esos otros tres. El mundo está cada vez peor.
–Ahí está la vieja, qué cara de vela derretida. ¿Verdad, bebé?
Jack asintió, por supuesto coincidía con su madre sobre su opinión sobre la reina.
–Me recuerda a una profesora que tuve en la universidad, tenia esa misma cara extraña. Ah, estuve pensando sobre la universidad y…
–¡Callate Wells! ¡Ahí están!
Y sí, claro que ahí estaban y todos sin poder creerlo. Seguramente todo Liverpool les estaría agradecido por recordarle a la reina que la ciudad existía.
Como eran toda gente con clase y seguramente habría mucha seguridad, no hubo el descontrol que nos estábamos enterando que sucedía cada vez que ellos asomaban la nariz.
–Mimi, John se está portando bien, ¿vio? No sé porqué tanta desconfían…
–Los que están en los asientos baratos hagan palmas y los demás sacudan sus joyas. –oímos.
–Oh, oh...–dijo Jonathan.
Cris estalló en una carcajada y todos la seguimos, salvo Mimi que se fue.
–Pobre Mimi, se cumplió su vaticinio. Amo a ese hombre.





Sentada en el sofá, miraba unos cuantos libros que tenía sobre la mesa. Desde hacía muy poco que había comenzado a darle vueltas a un tema. Si volvía a Londres podía hacer otras cosas que no hacía en Liverpool, como por ejemplo, volver a la universidad. Después de que me expulsaran y toda esa historia, no había querido verla ni en sueños, sólo era un mal recuerdo y tampoco tenía necesidad de estudiar porque tenía un buen trabajo con la librería. No sé porqué, cuando más complicada tenía la vida, quería volver  a estudiar, pero así lo sentía. De todos modos, era solamente un pensamiento. Dejé los libros de historia sobre la mesa, sopesando la posibilidad de un regreso a clases: lugares nuevos, compañeros seguramente insoportables si se enteraban con quién estaba casada, profesores que quizás me odiaran por eso, montañas de textos de tipografía tamaño mínimo y borroso para estudiar…Era una tortura, pero a la vez, ganaba terreno el entusiasmo por aprender cosas nuevas y porqué no, el orgullo de colgar un título en la pared.
–Hola, hola…
Desperté, sin saber que me había dormido, con un beso en la frente.
–¡Rich! ¿Ya volviste?
–La respuesta es obvia…-rió.
–¡Ay qué bueno y qué susto! ¡No te oí llegar! –lo abracé lo más fuerte que pude–¡Te vi! ¡Te vi en la tele!
–Bueno, bueno, pará con los gritos, te noto entusiasmada, ¿me extrañabas?
–¡Qué pregunta! ¿Por qué no me avisaste que volvían?
–Para que fuera una sorpresa. ¿Cómo está todo? ¿Y este pequeño? –puso su mano sobre mi vientre, sonreí.
–Está bien pero…vino Cyril y dijo que habría que sacarlo ya mismo. Todavía no tiene la confirmación de la fecha para la cesárea, me la dirá mañana.
Bajó la vista, su alegría parecía haberse esfumado. Le tomé la cara y le di un beso.
–¡Te vi! –exclamé otra vez, para que se olvidara del tema–Esa reina los miraba mucho, eh.
–Es que somos encantadores. Perdón por no traerte ningún regalo, sinceramente ni pudimos salir del hotel…Aquello es una locura, y esto también. Nadie sabe que veníamos hoy para que no se armara un escándalo. Se han vuelto locos, ni sé qué nos ven.
–¿Y eso te gusta o no?
–No sé…–se encogió de hombros–Está bueno, de todos modos no somos tan famosos ni hicimos algo genial…
–Rich, lo que hacen sí es genial y es bueno que lo reconozcan pero sí, me extraña que estén tan locos todos.
–A mí también –sonrió–En fin, espero que se les pase pronto y nos dejen en paz, eso sí, no quiero ser un desconocido otra vez, no, no.
–Apaaa…le tomaste el gustito a la fama.
–Está bueno, cuando seas famosa te gustará.
–No veo porqué lo seré…
–Formá una banda de chicas y le hacés la contra a John, ¿no es ese tu sueño? Vengarte por todas las veces que te dijo que no.
–No me incites porque sería capaz de hacerlo, nada más que por molestarlo. ¿Vas a comer? Con Mim aprendí muchas cosas en estos días, dejarás de estar desnutrido y de extrañar la comida de tu mamá.
–A eso lo dudo, porque mi mamá cocina muy bien. –rió–No, quedate acá conmigo, no cocines. ¿Estabas leyendo?
–Leer, lo que se dice leer…no. Sólo los miraba y pensaba. Tengo ganas de volver a la universidad, si es que nos mudamos a Londres.
–Ey, ¡eso sería buenísimo! Pero…¿no es que no podías entrar a ninguna?
–Yo qué sé…No tengo idea de en qué quedó todo eso, debería averiguar. Ya pasó tiempo y creo que tenían todo aclarado de que yo no era culpable de nada, pero quién sabe, quizás no me admitan. Si puedo recomenzar, ¿creeés que estaría bien?
–Si vos creés que sí, pues está bien. No sé mucho de esas cosas, pero si te gusta…Además sé que podrás con todo, y yo te ayudaría, claro. Entonces lo de Londres…¿ya está aceptado?
–¿Y qué remedio me queda?
–Lo sé…No te pongas mal, sé que es una idea que nunca te convencerá.  Gracias por seguirme, si esto se acaba volvemos a Liverpool y adiós.
–Dijiste que no querías que se acabara.
–A veces las cosas no salen como uno quiere, creo que ya lo sabe bien, señora…Wells.Sé que terminarás dándole una oportunidad a Londres, y si volvés a estudiar, allí te irá muy bien, nadie de los que te expulsaron de acá estará ni te molestará.






Habíamos cenado tranquilos, él contándome las cosas que les habían pasado, cómo había sido toda esa actuación ante la reina y los famosos que había conocido, y el impacto que les había dado enterarse de esa actuación. También la vergüenza por lo que John había terminado diciendo en el show, hasta había temido que los guardias los sacaran pero todos se lo habían tomado bien. Fuimos a dormir temprano, ambos estábamos cansados, él por el viaje y yo simplemente porque sí, porque vivía cansada. No sé en qué momento tuve un sueño espantoso en el que no entendía nada de lo que sucedía, sólo sabía que estaba asustada  y quería salir pronto de ese sueño y despertarme. Cuando lo hice sentí dolor y no sabía si era real o era el sueño mismo. Me restregué bien los ojos, y miré la hora, aún no eran las tres de la madrugada y el dolor que sentía no tenia nada que ver con mi sueño. Era un dolor sordo que nacía desde el vientre, iba hacia abajo, y terminaba invadiéndome el cuerpo. Respiré profundo, diciéndome a mí misma que eso pasaría, que sería un calambre o algo que me habría caído mal en la cena. El dolor remitió, comencé a adormilarme pero volvió más fuerte, más profundo. Aquello no podía estar pasando. No en ese momento. Tragué saliva y me tranquilicé porque el dolor volvió a remitir, y sentí una extraña calma que hizo que creyera que volvería a conciliar el sueño, pero no, otra vez, más fuerte. Encogí las piernas, me volteé, parecía que cesaba pero seguía ahí, un dolor extraño, que nunca había sentido. Apreté la almohada como si haciéndolo el dolor se calmara, y me brotó una lágrima cuando supe que no se calmaría, que iría cada vez peor.
–Ahora no bebé, ahora no por favor, no voy a poder…
La punzada que iba y venía pareció responder a mi ruego, o más bien se negó a cumplirlo, porque fue mucho más profunda y no pude más que soltar un gemido. Miré a mi lado, Richard dormía como un tronco, tuve tiempo hasta de admirarle el rostro antes de que el dolor me dijera que no era tiempo de suspiros de amor.
–Rich…Richie…
Abrió los ojos de inmediato, algo que no creí que iba a hacer debido a cómo estaba durmiendo. En la oscuridad intuyó mi rostro de desesperación porque enseguida se incorporó.
–¿Qué pasa? ¿Qué tenés?

–No…no lo sé pero…creo que va a nacer.




*********
Antes que nada, doy mis sinceras disculpas por haberme retrasado tanto en subir. Capaz que mucha gente pensó que había abandonado esto sin dar explicaciones, así que les pido perdón. No estuve con mucho tiempo y además, para qué mentirles, no tenía nada de ganas. ¿Por qué? Ni siquiera lo sé,simplemente no tenía ganas de escribir y cuando quise volver a hacerlo estaba tan desengachada de la historia que no acertaba una. Por eso este capitulo, a pesar de ser el número 100 no es la gran cosa, y también pido disculpas por eso, principalmente a la gente que me lee hace 100 capítulos y que no merece tanta tardanza y desprolijidad.
Ah, otra cosa, lo de los amish lo puse porque justo la tele estaba en el canal ese donde está el programa de los amish que quieren vivir en otra parte o algo así (nunca le puse atención, qué quieren que les diga) y dije "listo, que Flor sea amish". Pido disculpas también por eso, quizás alguien se ofende o algo, ya saben, fue por culpa de ese programa.
Y por mi parte nada más, salvo agradecer si siguen leyendo, ya saben, falta poquito para que finalice y deje de torturarlos.
Saludos!